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Tribuna:La guerra civil en Málaga / 4
Tribuna
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Frenesí de muerte y destrucción

Hasta entonces yo no había sentido necesidad de tomar partido en la guerra. Las emisiones sevillanas me hicieron cambiar de idea, inclinándome considerablemente a la izquierda.El grado de ferocidad estaba en relación inversa con el nivel de honradez y de civilización. Además, aunque de momento no le di demasiada importancia, la propaganda de los rebeldes se mostraba decididamente hostil con los países democráticos. El liberalismo, proclamaban, constituía un primer paso hacia el comunismo: Roosevelt e incluso Chamberlain eran rojos o estaban muy cerca de serlo. Se proclamaba a Hitler y Ntussolini dirigentes de la nueva Europa. Parecía claro que la España nacionalista se pondría del lado de Alemania e Italia en la guerra que se avecinaba y estaría en condiciones de cerrar el Mediterráneo a nuestra nota. Sin embargo, no fueron éstas las consideraciones que me decidieron. Mis simpatías naturales van siempre hacia el más débil y no con los opresores. Mis sentimientos, aunque no siempre mi razón, se inclinaban sin duda hacia la izquierda. Esto significaba que yo debía tomar partido por la clase obrera, tan cruelmente pisoteada, aunque me faltaba fe en sus planes futuros.

Esta decisión creó inevitablemente unas tensiones muy penosas en mis relaciones con don Carlos Crooke Laries, un falangista que tenía alojado en mi casa. Era mi huésped, su vida estaba en peligro y era un hombre muy valiente, pero existía también en su carácter una veta tan cruel y destructora que a menudo me resultaba difícil controlarme al escuchar sus comentarios. Esto no se debía a que fuera falangista. Yo sabía que José Antonio, el fundador de la Falange, era un hombre humanitario con una preocupación real por la situación de la clase trabajadora y había leído uno de sus libros con interés. Si don Carlos hubiera sido un hombre de este tipo habría simpatizado con sus ideas aunque disintiese de ellas, como me sucedía con los anarquistas. Pero mi huésped no tenía nada de idealista.

El caso de Juan Navaja

Había en Churriana un hombre al que conocía bien y estimaba mucho llamado Juan Navaja. Era el panadero del pueblo, pero también actuaba como corredor de fincas y en otras actividades. Era él, por ejemplo, quien organizaba la romería anual, compareciendo en ella con traje andaluz y una de sus sobrinas cabalgando con él a la grupa. Había algo tradicional y anticuado en todo su aspecto: podía ser un personaje de los Quintero o incluso de Lope de Vega. Discreto, mesurado, desinteresado en sus consejos, encarnaba todas las virtudes del hombre de bien de un pueblo andaluz. En tiempos normales hubiera sido el hombre más respetado y querido del pueblo, pero aquéllos no eran tiempos normales. Se mantuvo firme contra las opiniones más ex tendidas y como católico practicante y conservador moderado, había actuado como agente del partido de Gil-Robles, la CEDA, aunque, como hombre prudente, se había negado a continuar y al encenderse los ánimos en las últimas elecciones llegó incluso a no votar, Este apoyo a la derecha le perjudicaba. Pero lo que en realidad le ponía en peligro era haber prestado dinero con bajo interés a diferentes personas. Pocos días después oímos que había sido capturado y fusilado. Al parecer se había escondido en una cueva no muy lejos del pueblo, donde su familia le traía comida, pero que uno de los hombres a los que había prestado dinero le siguió, denunciándolo a continuación.

Un amanecer hubo un ataque aéreo contra Málaga. Mi mujer y yo estábamos viéndolo desde la ventana de nuestro dormitorio cuando una tremenda explosión en la zona del puerto hizo vibrar el aire y una densa columna de humo se alzó hasta el cielo. Una bomba había hecho impacto en los depósitos de gasolina y aceite que abastecían la ciudad.

Aquella noche la BBC nos dijo que «probablemente Málaga había sido destruida por completo». Poco después del desayuno fui con mi bicicleta a ver los daños. No todos los depósitos de gasolina se habían incendiado. Algunos estaban todavía intactos porque eran subterráneos y cientos de obreros trataban de cubrirlos con arena húmeda corriendo un gran riesgo personal. El calor era terrible; se habían desnudado y trabajaban en calzonzillos. Con el rugir de las llamas y las densas nubes de humo aquello parecía una escena infernal. Aunque se había salvado algo de la gasolina todo el aceite pesado estaba perdido y siguióquemándose con una prodigiosa columna de humo por espacio de dos o tres días. Al volver a casa tuve que contemplar una penosa ecena. Unas familias de gitanos habían estado acampadas muy cerca de la carretera general con sus mulas y sus carros. Pocos días antes me había parado para hablar con ellos. Una bomba hizo explosión en el centro del campamento mientras comían. Sus cuerpos destrozados y manchados de sangre y los cadáveres de las mulas yacían entre las ollas ennegrecidas, Eran más de cuarenta y sólo había sobrevivido una niñita.

En todas las revoluciones hay un momento de delirio y borrachera cuando se rompen las cadenas del pasado y hace su aparición un futuro dorado. Todos, hasta los enemigos del orden nuevo, son cama radas; todo el mundo ama a los demás. Este instante había sido ejemplificado en Málaga por las carreras desatadas de las patrullas motorizadas al día siguiente del alzamiento, pero la ciudad misma no había hecho la menor manifestación de júbilo. Las calles vacías, las casas carbonizadas y humean tes y los rostro sombríos expresa ban la exasperación de la gente ante el ataque del que habían sido objeto. Sólo las banderas rojas y las colgaduras en la casas y en los vehículos hablaban de una revolu ción en marcha. Una revolucíón triste en la que nadie parecía saber qué hacer o adónde ir.

también se oponían a estas ejecuciones no autorizadas, de manera que Málaga se vio cubierta de carteles pidiendo en nombre de la CNT y de la FAI, así, como de los socialistas y comunistas, poner fin a estos crímenes que, «manchan el buen nombre de la revolución». La

Desaparecen las Banderas rojas

De repente se produjo un cambio por lo menos en las apariencias Casi en una noche desaparecieron las banderas rojas o fueron reemplazadas por otras de la república. Esto se.hizo por orden del Gobierno y estaba encaminado a impresionar favorablemente a las potencias democráticas, de cuya actitud se pensaba, iba a depender el resultado del conflicto. También se hicieron algunos intentos para impedir los fusilamientos no autorizados que, a medida que la rebelión militar progresaba, iban en aumento. Se colocaron guardias a las puertas de los hoteles y se pudo circular por el centro de la ciudad incluso de noche. Pero las ejecuciones continuaban. Después de cada ataque aéreo se sacaba de la cárcel a cierto número de hombres y se les fusilaba como represalia. Esto lo exigía la opinión pública y había que aceptarlo. Pero los asesinatos cometidos por los pequeños terroristas eran otra cosa. Estos «incontrolados», como empezaba a llamárseles, aunque se les mantenía álejados del centro de la ciudad, dominaban en los barrios extremos y en los pueblos de alrededor. El gobernador civil, que se había visto obligado a enviar al frente las reducidas fuerzas de la policía, no podía hacer otra cosa que un llamamiento a los comité de los sindicatos, que eran los dueños de la ciudad. Estos respondieron afirmativamente, porque razón de que las ejecuciones continuaran era la naturaleza de la FAI No se trataba de un grupo organizado, sino que consistía en cierto número de grupos sin cohesión y sin una autoridad central. Probablemente la mayoría de sus miembros desaprobaban por completo estas ejecuciones, pero el único medio de controlar a los grupos que las instigaban hubiera sido el uso de la fuerza. Y esto les desagradaba extraordinariamente La primera víctima en todas las revoluciones es el valor morál.

La matanza de Ronda

El más terrible de los crímenes cometidos por estos grupos ocurrió entonces. Tres camiones de las juventudes de la FAI, armados hasta los dientes, llegaron hasta Ronda e insistieron en que el comité de aquella ciudad entregara a sus prisioneros. También habían incluido, al parecer sin la menor comprobación, los nombres de otras personas facilitados por delegados secretos. Una vez en su poder los arrojaron por el tajo desde los jardines públicos. Quinientas doce personas murieron de esta manera, entre el las algunas mujeres.

Otro terrible suceso fue la llegada de los refugiados de los populosos pueblos de la cuenca del Guadalquivir. Empujados por el ejército del general Varela, que avanzaba hacia el este desde Sevilla para abrir las comunicaciones con Córdoba y Granada, habían asesinado a los prisioneros de la derecha, a menudo de las formas más terribles, antes de abandonar sus casas. En un sitio los habían encerrado en la iglesia, prendiéndole fuego. El Gobierno nácionalista publicó después un libro sobre las atrocidades de los rojos en Andalucía del que hice una recensión para el Nen, Statesman. Tuve que admitir la autenticidad.de sus relatos porque yo había hablado con personas que estuvieron presentes. Estas matanzas se produclan de acuerdo con un rígido esquema. Les dominaba lo que los flamencos en el reino de Felipe II habían calificado como furia española: Los españoles tan humanitarios ordinariamente, tienden en momentos de entusiasmo a un frenesí histérico de muerte y destrucción.

A primeros de agosto me tropecé un día con sir Peter Chalmers-Mitchell cuando se apeaba del tranvía. Iba vestido con un inmaculado traje blanco de alpaca, sin que faltara el detalle de la corbata de lazo: el único hombre en Málaga, con la excepción de los cónsules extranjeros, que se atrevía a ponerse un símbolo tan burgués. La última vez que lo vi no habíamos hablado de política y me sorprendió oír no sólo que simpatizaba extraordinariamente con la revolución de los trabajadores, sino que tenía varios amigos entre los anarquistas, incluidos algunos terroristas. Al mismo tiempo había escondido en su casa a una de las familias más de derechas de la ciudad. Los Bolín eran unos nouveaux riches cuya fortuna procedía de minas de hierro en el norte. Uno de ellos, Luis Bolín, era el jefe de prensa de los nacionalistas. (Recientemente ha publicado un libro, traducido al inglés, en el que pone de manifiesto que al cabo de treinta años sigue creyendo en su propia propaganda.) Otro hermano estaba en la cárcel de Málaga y sir Peter le visitaba todos los días, llevándole jabón, chocolate y calcetines limplos. Me invitó a tomar el té con él en su pequeña villa, en la colina sobre el elegante barrio de El Limonar. Para llegar allí tuve que pasar por el Camino Nuevo donde vi los cadáveres de una docena de sacerdotes aproximadamente, colocados en fila como los halcones y comadrejas que los guardabosques cuelgan de los árboles. Los ricos y los beatos tenían que verlos y darse por enterados.

Los Bolín me dieron la impresión de ser típicos representantes de su clase -ordinariamente lo peor en cualquier país- pero me compadecí de ellos por las tensiones a las que se veían sometidos. La señora de Bolín podía enterarse cualquier día del fusilamiento de su marido, y sin embargo sir Peter se dedicaba a instruirles sobre los peligros de la riqueza y la felicidad de no tener dinero. No se hacían idea, les aseguraba sir Peter, lo remunerador que resultaba guisar la propia comida y fregar los propios suelos. Sin embargo, quien cocinaba era la señora de Bolín y no el inmaculado sir Peter, que no cabía imaginar ensuciándose las manos con cualquier tipo de trabajo doméstico.

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