LOS DEPORTISTAS Y LA JUSTICIA

Ronaldinho y otras estrellas entre rejas

El exfutbolista brasileño es el último icono deportivo que ingresa en prisión, tras casos de gran repercusión mediática como los de Pistorius, Mike Tyson, O. J. Simpson o Marion Jones

El atleta Oscar Pistorius, durante un juicio en Pretoria (Sudáfrica) en 2013.
El atleta Oscar Pistorius, durante un juicio en Pretoria (Sudáfrica) en 2013.STR / EFE

Al deporte, inevitablemente, se le tuerce el gesto cuando ve desfilar a Ronaldinho esposado en dirección a la prisión, después de haber sido interceptado hace algo más de una semana en el aeropuerto de Asunción, Paraguay, tratando de acceder al país con pasaportes ilegales. La sonrisa de Dinho es ahora una media sonrisa, por más que nunca le abandone su fiel acompañante, la pelota, y golee y regatee estos días lúgubres entre reclusos. Es el declive del que un día fue el rey del fútbol, otro de esos genios a los que la fama y la gloria pervierten y oscurecen, porque su encarcelamiento no hace sino engrosar un significativo listado de héroes que un día tocaron el cielo y luego descendieron a los infiernos. La historia se repite.

Son unas cuantas, no pocas, las figuras que por una u otra razón terminaron entre barrotes. Ronaldinho, que el próximo día 21 cumple 40 años, es triste protagonista en medio de este presente coronavírico, pero la historia del deporte lamenta otros episodios; la mayoría de ellos, mucho más truculentos que el del brasileño, al fin y al cabo otra víctima más del dejarse llevar y el mal asesoramiento. Recuerda el fútbol a un buen puñado de jugadores que se las tuvieron con la Justicia, algunos de renombre como el mismísimo George Best.

Al Quinto Beatle, así se le llamaba, fue consumiéndole el alcoholismo y en 1984, cuando ya era una sombra de lo que fue y enfilaba la retirada, fue arrestado por golpear a un policía que le interceptó conduciendo borracho. Permaneció 12 semanas en la prisión de Ford (Sussex) y al salir siguió dándose a la mala vida. Nada que ver con otro diablo rojo, Eric Cantona, que fue detenido y pasó solo unas pocas horas en el calabozo en 1995 porque su abogado, Maurice Watkins, logró que el juez rebajase la pena de dos semanas que había impuesto al francés por patear a un hincha del Crystal Palace que había emitido insultos contra él y su familia.

La nómina de villanos en el balompié es extensa, con un reseñable protagonismo británico –ahí está la violencia de Vinnie Jones, Dennis Wise, Joey Barton, Lee Bowyer o Paul Gascoigne– y la reciente referencia de Rubén Semedo. Exjugador del Villarreal y el Huesca, estuvo encerrado hace dos años en la cárcel de Picassent durante 141 días, por secuestro, lesiones y posesión de armas. Mientras, Vinicius Rodrigues Borges, Breno, zaguero del Bayern, pasó dos años y medio en prisión por quemar intencionadamente su vivienda cuando todavía militaba en el laureado club muniqués. Y al otro lado del charco, tuvo mucho eco el nexo de René Higuita con el cártel de Medellín y su amigo Pablo Escobar. El portero, que jugó en el Valladolid a principios de los noventa y dejó una impronta eterna con el escorpión de Wembley, fue condenado a siete meses por haber intervenido en el secuestro y la posterior liberación de la hija de un conocido.

En 1999, a cuatro años y seis meses lo fue Edmundo, delantero brasileño que formó dupla en la canarinha con Romario y apodado El Animal, pero pasó solo un día a la sombra gracias a un habeas corpus –el recurso jurídico que determina de forma inmediata sobre la legalidad de un arresto–. En 1995, el exjugador de la Fiorentina embistió a otro coche a la salida de una discoteca en Río de Janeiro y murieron tres personas en un homicidio involuntario, según dictaminó el juez. Menos airoso salió el español Juanele, talentoso atacante gijonés que llegó a jugar el Mundial de 1994 con España y que estuvo un año en la cárcel entre 2015 y 2016 por reincidir en los malos tratos hacia su pareja.

Mucho más lejos fue el atleta Oscar Pistorius, en uno de los episodios más estremecedores que se recuerdan. El velocista, que nació sin tibias y como deportista se convirtió en un ejemplo de superación, compitiendo sobre dos prótesis futuristas de carbono (de ahí lo de Blade Runner) y llegando a ser el primer atleta amputado en competir en unos Juegos Olímpicos (Londres 2012), se encuentra en prisión por el asesinato de su novia en la madrugada de San Valentín de 2013. Entonces empuñó una pistola semiautomática y tiroteó a la modelo Reeva Steenkamp. Después de varios giros rocambolescos del caso y de varios volantazos en los tribunales, Pistorius, de 33 años, fue condenado en 2017 a trece años y cinco meses de prisión.

Antes, en 1994, estalló el caso O. J. Simpson, el más mediático de la historia relacionado con una estrella del deporte y que reabrió la herida del racismo en Estados Unidos. Ese año, el icono del fútbol americano (NFL) fue acusado de asesinar a su exmujer y otro hombre en Los Ángeles, y al curso siguiente, con el país dividido, protagonizó el denominado Juicio del siglo, seguido por más de 150 millones de telespectadores. Finalmente fue absuelto pero en 2017, con 70 años, abandonó la prisión de Nevada en libertad condicional después de nueve de condena, tras ser juzgado por secuestro y robo a mano armada por unos hechos acontecidos en 2008.

La NFL también ha dejado el rastro cercano de Sam Hurd (tráfico de drogas) o Michael Vick (peleas de perros), y el béisbol estadounidense también aporta nombres como los de Chad Curtis (14 años por abusos sexuales, aunque al parecer saldrá a finales de este año), el dominicano Raúl Mondesi (ocho por malversación de fondos públicos) o el venezolano Ugeth Urbina (siete en la cárcel, por intento de asesinato al defenderse de unos ladrones durante un asalto en 2007). Y en la NBA también existe una espiral delictiva (Denis Rodman, Javaris Crittenton, Eddie Johnson, Jayson Williams…), de la que escapó a tiempo Allen Iverson. En 1993, cuando tenía 17 años, intervino en una pelea de tinte racial y pese a ser menor de edad fue condenado a cinco años. Al final ingresó en un correccional, recibió una beca y terminó alcanzando el estrellato. Hoy día luce en el Salón de la Fama, como uno de los jugadores más creativos de todos los tiempos.

El boxeo, mientras, es uno de los nichos más conflictivos. Los problemas de Sonny Liston con la ley fueron recurrentes y Rubin Huracán Carter, al que Bob Dylan le dedicó un tema (Hurricane, 1975), pagó junto a su amigo John Artis por un triple homicidio que no cometió en el contexto racista de los sesenta en EE UU; tras 19 años encerrados, en 1974 dos testigos reconocieron que habían sido presionados para identificar en falso a los acusados. Los Mayweather, padre e hijo, también fueron procesados (tráfico de drogas y violencia doméstica, respectivamente) y no hay púgil más desfigurado por su reincidencia que Mike Tyson, cuya vida se traduce en una pelea constante: alcohol, drogas y tres años a la sombra (bajo una pena de seis) por violar a una joven de 18 años en 1992.

En un profundo agujero se metió también el golfista Tiger Woods, aunque su caso quedó en una detención por conducir ebrio, en 2017. Y en el atletismo también hay héroes y heroínas manchadas. La estadounidense Marion Jones, icono a comienzos del nuevo siglo, ingresó en una celda durante seis meses por mentir a los investigadores sobre su dopaje y estafa; fue desposeída de los cinco metales olímpicos que ganó en Sídney 2000, y con sus trampas se convirtió en una vergüenza nacional; después de retirarse intentó un lavado de imagen en el baloncesto, sin resultado. El que entonces era su novio, Tim Montgomery, plusmarquista de los 100m y sancionado dos años por doparse, fue condenado en 2008 a cinco de prisión por la venta de heroína y pagos con cheques falsos.

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