‘Sueños en Oslo’: el Oso de Oro de la Berlinale es un disparate creativo
Este drama noruego no tiene la menor capacidad visual ni de lenguaje cinematográfico, e ilustra una historia relamida y explícita hasta lo exasperante

Al grano: el Oso de Oro del festival de Berlín 2025 concedido a Sueños en Oslo, película del noruego Dag Johan Haugerud, es probablemente el premio más inconcebible de los grandes certámenes del cine reciente. Primero, por su calidad: es mala a rabiar. Y segundo, y casi más sorprendente, por su estilo, en las antípodas de lo que los más prestigiosos festivales suelen seleccionar y galardonar, y de lo que la mayoría de la crítica especializada suele ensalzar en este tipo de eventos: un trabajo sin la menor capacidad visual ni de lenguaje cinematográfico, que ilustra una historia relamida, explícita hasta lo exasperante y no solo hablada sin un instante de descanso, sino sobre todo contada a través de una inexplicable y persistente voz en off que literalmente desgrana todo lo que piensan a cada momento los personajes. Una (mala) novela (mal) filmada, podríamos decir, si no se diera el hecho de que ni siquiera parte de un libro, pues se trata de material original para cine.
Pero el cine nunca fue esto.
Quizá algunos se pregunten e incluso afirmen que, en su sexto largometraje como director, ahí puede estar el mérito de Haugerud: en su singularidad, en su anomalía, en hacerlo al revés de como suele hacerse, en aportar un modo de narración que se escapa de cualquier convencionalismo. Aunque igual lo que habría que preguntarse, y quizá responderse, es que el hecho de que nadie filme y narre así es por una simple cuestión: porque resulta horrendo para el ojo, para el intelecto y para el oído.

Durante la primera media hora (larga) de metraje, la voz en off de una chica de 17 años no para un momento. No tiene cadencia ni poder interpretativo. Tampoco calidad literaria. No hay pausa, no hay aire. Y desgrana de un modo pueril el proceso de enamoramiento de su nueva profesora de francés, ilustrándose los textos a través de una puesta en escena plana y de una fotografía de matices otoñales un tanto velada. La educadora es guapa y tiene un gesto simpático, pero como apenas la escuchamos hablar tampoco sabemos lo que piensa. Hasta que poco a poco se va viendo que toda esa voz en off del tercio inicial es un escrito que la alumna ha elaborado volcando sus sentimientos, y desgranando las nueve citas que tuvo en casa de la maestra. Unos encuentros en los que esta le enseñó, pásmense, a tejer jerséis de lana.
Tras este, llamémosle, primer acto, Haugerud abandona por fin (aunque solo a ratos) la voz en off, y se inicia una segunda parte, aún más ridícula y dialogada hasta el desmayo, en la que la arpía de su abuela y su despistada y cansada madre, tras leer las decenas de folios en los que se ha vertido la pasión de la chica, pasan por un doble proceso, que va de lo sorprendente a lo disparatado: primero están convencidas de que ha habido abusos sexuales por parte de la profesora; y después empiezan a buscar un editor que publique el escrito como libro.
Del tercer acto apenas diremos que, porque al director le viene en gana y sobre todo porque le conviene, el hasta entonces encantador personaje de la profesora muta en algo bien distinto. Dicho esto —y ahora los que tienen la palabra son ustedes, lectores y posibles espectadores—, al estadounidense Todd Haynes, como presidente, y al resto del jurado, les pareció la mejor película de la pasada Berlinale. Y, si les gusta, pueden ver en la plataforma Filmin los dos anteriores trabajos de Haugerud, Amor en Oslo y Sex, que acaban conformando una trilogía. Parece una oportunidad única.
Sueños en Oslo
Dirección: Dag Johan Haugerud.
Intérpretes: Ella Øverbye, Selome Emnetu, Ane Dahl Torp, Anne Marit Jacobsen.
Género: drama. Noruega, 2024.
Duración: 110 minutos.
Estreno: 21 de noviembre.
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