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“Mitad caballero, mitad campesino”: el olvidado Anders Zorn reclama su lugar con una gran retrospectiva en Madrid

La Fundación Mapfre dedica su primera exposición pictórica del año al pintor sueco, referente del arte de finales del siglo XIX y principios del XX y luego relegado de los relatos modernos

'Remero turco' (1886), de Anders Zorn. Acuarela sobre papel..Zornmuseet, Mora

Al llegar a la recepción de su hotel en alguno de sus múltiples viajes a Estados Unidos —lo contó el ya desaparecido Chicago Chronicle en un texto de 1890—, el personal le preguntó al entonces muy reconocido pintor sueco Anders Zorn (1860-1920) sobre sus orígenes. El joven y pálido bigotón se volteó a su séquito y preguntó: “¿De dónde vengo?“. Alguien sugirió catalogarlo como un hombre ”de todas partes“, pero la propuesta fue rechazada. Zorn se dirigió al empleado y contestó: “De ninguna parte”. No era mala respuesta para describir a un tipo cosmopolita que había recorrido el mundo, de Egipto a Rusia, de Palestina a París, de Centroamérica a Turquía. Y, sin embargo, lo más seductor de su apasionante vida fue su fidelidad a un pasado campesino y rural que cualquier otro artista en su posición elitista hubiera ocultado. Esa dualidad, que lo llevó a ser descrito por su círculo como “mitad caballero, mitad campesino”, impregna una obra, durante décadas olvidada, que ahora protagoniza la primera muestra pictórica del año en la sede madrileña de la Fundación Mapfre: Recorrer el mundo, recordar la historia.

La exposición, que abrirá el 19 de este mes y se podrá visitar hasta mayo, reúne alrededor de 130 obras del artista y es la primera retrospectiva que se le dedica en España. Como bien ha explicado la comisaria, Casilda Ybarra en la presentación a los medios este martes, “va a ser todo un descubrimiento para el público porque está muy poco representado en las colecciones españolas”. En realidad, en las del mundo. El sueco es desde hace tiempo el tipo de artista de enorme talento, pero olvidado, que se encuentra en el segundo plano de las colecciones de los museos. Esas obras que se contemplan con breve placer camino de los grandes nombres. La última vez que tuvo presencia en España fue en una exposición en 1992 que lo ponía en diálogo con la obra de quien fue gran amigo suyo, Joaquín Sorolla.

Desde luego, su realidad no siempre fue esa, al contrario. Zorn fue un artista tremendamente versátil que se convirtió en referencia artística en su época, de finales del siglo XIX a principios del XX, con una producción centrada en desnudos, retratos de sociedad y escenas de la vida tradicional sueca. Y con una carrera, que la muestra en Madrid presenta en orden cronológico, también polifacética. Empezó con la acuarela, una técnica que terminó dominando y que ocupa casi toda su primera producción hasta 1887. La exposición de la Mapfre empieza con una de ellas: De luto, que con solo 20 años presentó en la Academia de Bellas Artes de Estocolmo donde estudiaba y, como explica la comisaria, “fue celebrada como un soplo de aire fresco en la escena artística”. Un parteaguas en su vida que “le dio la seguridad y la confianza para abandonar los estudios en la Academia, ser un artista totalmente libre y empezar a recorrer el mundo”.

Del sitio al que iba, aprendía. A España llegó “atraído”, cuenta Ybarra, “por esa imagen romántica que se había difundido por toda Europa sobre nuestro país. Y, en concreto, le interesó la imagen de la mujer española”. Entabló una buena relación de amistad con Sorolla y con Ramón Casas y se enamoró de Velázquez, que terminó siendo una referencia y fuente de inspiración para él. Al menos una de la nueve ocasiones que visitó el país lo hizo, según le escribió a su mujer, ­porque echaba de menos al maestro sevillano.

Luego se asentó en París —es un decir, porque no dejó de viajar— en 1888 y pasó de la acuarela al oleo. “Él era muy consciente de que la pintura al óleo era la pintura de los grandes maestros y para medirse en la capital del arte moderno quiso empezar a trabajar en este medio”, cuenta Ybarra. Y no le fue mal. Su estilo, donde predomina la pincelada diagonal muy desecha y una paleta muy contenida con un gran dominio de la luz, lo llevó a alcanzar casi enseguida un gran éxito. “Recibió en París los más grandes reconocimientos que un artista pudiera desear: la primera medalla en la Exposición Universal del 89, el Grand Prix en la de 1900, y la Legión de Honor. Allí también tiene su gran exposición retrospectiva en 1986″, sigue la comisaria.

Con esa técnica, y su imagen de artista cosmopolita, moderno e internacional consolidada, se convirtió en uno de los retratistas favoritos de la élite y terminó retratando a decenas de grandes personalidades: tres presidentes estadounidenses—Howard Taft, Roosevelt y Cleveland—, magnates, aristócratas, actores y cantantes de ópera. También fue el gran retratista de la sociedad sueca y de su familia real. “En sus retratos apuesta por la individualidad de su modelo al darle un entorno que le es absolutamente particular. Son obras que tienen naturalidad y espontaneidad”, cuenta Ybarra. Una sala completa en la Fundación da cuenta de ello. También, aunque la muestra no se centra en eso, es considerado uno de los grandes maestros del grabado en la historia del arte moderno y uno de los revitalizadores de este medio en Suecia.

Pero nunca olvidó sus raíces. Ese “de ninguna parte” al que se refirió en el hotel, era en realidad Mora, un pequeño pueblo rural en el centro de Suecia del que no se cansó de destilar su esencia mientras retraba por encargo a las grandes personalidades de su época y se codeaba con el círculo intelectual más elevado de la sociedad. Sus allegados decían que ahí, en una tradicional cabaña sueca, alejado de la ostentación, era donde más feliz estaba. Volvía cada vez que podía y se asentó en él definitivamente en 1896 para nunca más irse. “Ahí cultivaba dos de sus temas predilectos: el de las bañistas en aguas nórdicas y el de las tradiciones y costumbres populares de Suecia”, cuenta Ybarra. Tradiciones que veía que estaban a punto de desaparecer y quería congelar para preservarlas. “Con eso encabezó una lista de toda una generación de artistas suecos que impulsan la identidad del país a través de la revitalización de la cultura tradicional, y de la apreciación del paisaje sueco”, sigue la comisaria.

¿Qué paso y cómo paso de ser una referencia en el mundo del arte de su época, a ser prácticamente olvidado? “Básicamente, su obra quedó relegada por toda la revolución de las vanguardias”, responde la comisaria. Hace apenas unas décadas ha empezado a haber un resurgir de su figura y ciertos museos del mundo han vuelto a él, en su país natal, en París o en Nueva York. Lo cierto es que es una obra singular y moderna. “Sigue tocando cuestiones que nos interpelan hoy, como nuestra mirada hacia Oriente o la representación del desnudo femenino en la historia del arte”, termina Ybarra. Esa doble mirada que sostiene su trabajo, lo global y lo local, parece volver a resonar con fuerza.

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