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El Museo Reina Sofía vuelve a ordenar su colección: de la Transición al presente para hallar futuros deseables

Manuel Segade, director del centro, imprime su enseña con un nuevo relato que reivindica las obras de arte, con más de 200 creadores, la mayoría españoles y una gran sala para esculturas

Una obra de Juan Genovés al inicio de la 'Colección Arte Contemporáneo: 1975-presente. 50 años de historia del arte desde España', en el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía, presentada hoy lunes. Álvaro García

En la cuarta planta del edificio Sabatini del Museo Reina Sofía se han vuelto a reordenar las salas y las obras de arte para contar el capítulo más reciente de la historia del arte contemporáneo en España. Todo cambia para, como explica Manuel Segade, director del centro, tratar de responder a la pregunta: “¿Cómo se llega al pasado desde el presente?”. Y el gestor ha empezado a buscar certezas en el periodo que va desde la Transición hasta la actualidad en un primer cambio en la ordenación de la colección permanente que ha titulado Arte contemporáneo: 1975-presente y que se puede visitar desde el 18 de febrero.

En 21 salas que ocupan más de 3.000 metros cuadrados, el equipo de Segade ha desplegado 403 obras de 224 artistas que se visitan de manera circular —el efecto laberinto tan criticado en este museo empieza a diluirse—, aunque no siguen una línea cronológica. “Ya sabemos que la realidad no es lineal, por eso en este relato hay anacronismos y convivencia de tiempos”, ha apuntado Segade. Así, se han planteado tres itinerarios que regresan una y otra vez a los años setenta, el punto de partida.

En ese espacio encapsulado en la parte alta del Reina Sofía se van cruzando los movimientos sociales y políticos, las tendencias artísticas y las referencias geográficas. Y al contrario de lo que fue enseña de la dirección anterior de Manuel Borja-Villel, que culminó su reordenación en 2021, muy centrada en los documentos —el director de “los papelitos”, le llamaban algunos en el sector—, en este caso hay una reivindicación de las obras, en su primera acepción, como la herramienta idónea para contar la historia del arte, ha enfatizado Segade.

Las primeras salas sirven de introducción a conceptos como “los afectos”, “los materialismos relacionales” y “la institucionalización de la cultura”. Para descifrar el significado artístico de estos términos, Juan Genovés, Picasso, Miró, Iván Zulueta y Nazario, entre otros artistas, hacen las presentaciones. Las piezas elegidas recuerdan que, en 2026, como en 1975, en un pliego de presente y futuro, es necesario proteger los logros democráticos. Los grabados quemados de Picasso en un atentado por parte del grupo paramilitar de los Guerrilleros de Cristo Rey devuelven al presente y descodifican narrativas de confrontación partidista muy actuales con mensajes tan arcaicos como: “Marxista, antipatriota, proxeneta, homosexual, pornógrafo e hijo ilegítimo […]”. Esta frase se puede leer en la cartela que ha cambiado el vinilo por el papel, en un ejercicio de sostenibilidad del que también forma parte la nueva iluminación del museo en lo que denominan la transición Led.

“La tarea del museo no es releer el pasado buscando un espejo para la sociedad actual, sino permitir que las preocupaciones del presente encuentren en aquel una multitud de respuestas”, define su proyecto Segade. “En épocas inciertas como las actuales, no se trata de imaginar futuros, sino de intentar reconocer en el presente aquellos futuros deseables que ya estaban aquí”.

Las piezas de Picasso también forman parte de un conjunto de 258 obras inéditas; es decir, más de la mitad de lo que se expone no se había visto hasta ahora. Hay, además, otro dato que define la intención de esta reordenación: 173 son artistas españoles y 51 extranjeros. Todas las historias que cuenta este capítulo del arte se hilvanan desde España. “Así, cualquier persona ajena a nuestro contexto, ya sea, por ejemplo, por su nacionalidad, se puede llevar una idea de la calidad y la potencia discursiva del arte contemporáneo español”, puntializa Segade y zanja, de esta manera, otro de los reclamos constantes a la anterior dirección, la falta de representación nacional.

Queda pendiente una deuda que el director asume: la representación de mujeres. Un 35% de las que se exponen son artistas, es la primera vez que se muestra el trabajo de tantas mujeres, pero como reconoce Segade, no se cumple con la ley de igualdad y de representación. El pecado original se encuentra en la colección permanente, la materia prima de este nuevo discurso, que cuenta con menos del 15% de mujeres. La solución, dice el gestor, seguir comprando. Ya para ese momento, tras casi dos horas de recorrido, el ministro de Cultura Ernest Urtasun se había disculpado y se había ido a otro compromiso.

El afecto como fuerza política y social

El primer itinerario saca los afectos del ámbito privado y los sitúa como un vector de los cambios sociales que se recogieron en el arte. “Las emociones se gestionan también en el sentido político de lo que produce una comunidad”, traduce Segade. “Por eso en estas salas hay una fuerte presencia de mujeres que pusieron el cuerpo no solo para desnudarse, sino con agencia y poder”. Ahí están las obras de Judy Chicago y Barbara Hammer, dos adquisiciones recientes, con la pionera española Esther Ferrer.

Hay también un gran espacio dedicado a la pandemia del sida y la adicción a la heroína —aquí traducida como la crisis de los afectos—, y el duelo que llega después en el trabajo de Luis Fernando Zapata, Miquel Barceló, Pepe Miralles y Cabello/Carceller, entre otros.

Un nuevo espacio para la escultura

“Este museo no tenía una gran galería de escultura”, señala pletórico el director en una gran sección en la que estas piezas han bajado de los pedestales, no son accesorias a las piezas pictóricas, sino que ocupan un espacio por derecho.

Se suceden las obras del estructuralismo de Juan Navarro Baldeweg con las de Susana Solona, Cristina Iglesias y Carmen Clavo. Los pioneros conviven con jóvenes escultoras como Teresa Solar y June Crespo en un espacio específicamente diseñado por el artista Xabier Salaberria y el arquitecto Patxi Eguiluz, encargados de romper con esa idea museográfica del cubo blanco y añadir otros elementos, como los paneles que compartimentan las salas de este segundo itinerario.

Cuando el arte excede al mercado

A partir de la sala 15 —no hay pérdida gracias a un folleto/plano amable y pedagógico y la nueva señalización de los espacios— comienza la tercera parte de la reordenación en la que se relata el sistema del arte español a través de figuras clave como las galeristas y coleccionistas Elvira González y Juana de Aizpuru. En esta parte se concentra el vídeo (han creado un cine para ver Arrebato, de Zulueta) y la fotografía de Ouka Leele, Joan Fontcuberta y Laia Abril. Además de la nueva figuración de Guillermo Pérez Villalta y Menchu Lamas. Así queda representado el artista multidisciplinar propio de inicios de 2000.

“Esto no es el resultado de mi gusto personal”, aclara Segade, “se ha planteado un relato abierto, permanentemente revisable” que su equipo, al frente del Reina Sofía desde 2023, ha construido con piezas “claves” de la colección. Por el momento, avisa, no se va a revisar, porque pretenden terminar de reordenar la colección completa en 2028 y porque, de alguna manera, tras tres años gestionando la herencia recibida, esta primera reordenación es la firma de su mandato.

Para entonces, Segade es consciente de que es posible que haya un nuevo Gobierno en España, pero no se muestra preocupado por cómo el influjo político pueda afectar a su relato museístico. “El arte contemporáneo es político de por sí. Sería muy inocente pensar que el arte no se refiere a su tiempo, otra cosa es que un museo no debe responder a una política determinada”, afirma. “Todas las obras que ahora se exponen y que seguiremos mostrando pertenecen a distintas etapas y fueron adquiridas por diferentes directores. Por tanto, representan la historia de más de 40 años de esta institución”.

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