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Manuel Borja-Villel: “El museo actual está basado en la violencia y la precariedad”

El exdirector del Reina Sofía termina su controvertida misión para la Generalitat de Catalunya con un informe que cuestiona la ampliación ilimitada de las instituciones, reclama mejoras en las condiciones laborales y apoya la restitución de obras de arte

El historiador del arte y comisario Manuel Borja-Villel, a principios de febrero en Madrid.Andrea Comas

Referente internacional en la gestión museística y figura que rara vez pasa desapercibida, visionario para algunos y radical para los demás, Manuel Borja-Villel (Burriana, Castellón, 69 años) acaba de poner fin a su misión de dos años y medio como asesor de la Generalitat de Catalunya, que en 2023 le encargó repensar el ecosistema de sus museos públicos. El programa, bautizado como Museu Habitat, pretendía abrir un debate sobre su futuro en el siglo XXI. El encargo se cierra ahora con una memoria recién entregada, llena de conclusiones, que apunta a cambios estructurales: mejorar las condiciones laborales del sector, cuestionar la lógica de las ampliaciones infinitas, investigar el origen de las colecciones y contemplar las restituciones de obras.

Es el final de una etapa convulsa. El regreso a Barcelona del exdirector del Reina Sofía, antes al frente de la Fundació Tàpies y del Macba, despertó esperanza, pero también muchos recelos. Algunos museos catalanes interpretaron su nombramiento como una injerencia, con el MNAC en primera línea. El encargo incluía asesorar al museo sobre su futura ampliación, pero la negativa de la institución redefinió el perímetro del proyecto, que acabó centrándose en la exposición Fabular paisatges, inaugurada el verano pasado y también objeto de polémica. De vuelta en Madrid, Borja-Villel defiende su acción y sitúa la discusión en un marco más amplio: el de un sistema atravesado por la precariedad y las guerras culturales, con el avance de la extrema derecha como telón de fondo. En ese paisaje, insiste en un giro real en asuntos como la decolonización y el feminismo.

Pregunta. ¿Qué balance hace de un proyecto que generó críticas desde el primer día?

Respuesta. El proyecto ha sido ambicioso y, en parte, a contrapelo de los tiempos conservadores que vivimos. Mi valoración es muy positiva. Hoy volvería a aceptar el encargo. Las reacciones contrarias no han sido tantas. La exposición contó con un número importante de préstamos de museos catalanes, incluido el MNAC, y la red de complicidades ha sido amplia, dentro y fuera de Cataluña. Lo importante es que se ha situado un debate que no puede quedarse en un plano meramente discursivo.

P. ¿Qué persiguen sus propuestas y recomendaciones?

R. No se trata de decidir a qué hora abre el museo o cómo se cuelgan los cuadros. No son normas ni un decálogo. Se trata de “cerrar abriendo”. A veces, lo decolonial o el feminismo se han convertido en una moda, pero no basta con organizar exposiciones decoloniales si nada cambia estructuralmente. Debemos ir más lejos, repensar la institución e imaginar una gobernanza que favorezca la redistribución y la sostenibilidad. Existe una relación clara entre museo y muerte. Se dedican museos a pueblos exterminados o a animales expuestos en taxidermia. El museo funciona como un dispositivo que fija, clasifica y separa, incluso cuando pretende homenajear lo exterminado. Nosotros quisimos acercarlo a la vida.

P. ¿Cómo deben cambiar los museos para seguir siendo legítimos en este siglo?

R. El museo actual está basado en la violencia, la precariedad y las jerarquías. Hay que abrir otras estructuras: lo que llamo el “museo de lo imposible”, que pase por una reparación de historias violentas y obligue a cuestionar las colecciones, basadas en la propiedad y la acumulación. Es obsceno que ciertas instituciones acumulen cientos de miles de piezas, como si fueran Elon Musk.

“Los museos son estructuras coloniales, basadas en la rapiña sistemática. Es obsceno que ciertas instituciones acumulen cientos de miles de piezas, como si fueran Elon Musk”

P. Le reprocharon que, en un momento de tantos ataques a la cultura y a lo público, cuestionar el museo equivalía a debilitarlo. ¿Qué responde?

R. La cultura es crítica. Si no la tocas, ya no hace falta que nadie la destruya porque ya la estás destrozando tú mismo. Cuidar las instituciones es cuestionarlas siempre. Y no podemos olvidar qué es lo que cuidamos: estructuras coloniales, basadas en la rapiña sistemática. Denunciar que haya críticas es una posición conservadora, bajo su aspecto de sentido común.

P. En su memoria habla de potenciar la solidaridad y los cuidados. ¿Cómo se traducen eso en el museo, más allá de palabras que a veces suenan vacías?

R. Vivimos en una sociedad que está llegando al fascismo. Y el fascismo es un sistema que invierte los significados, como cuando algunos líderes hablan de libertad y luego practican lo contrario. El sistema del arte no es ajeno a eso: habla de afectos mientras mantiene estructuras hiperindividualistas y competitivas. Solidaridad y cuidados significarían, por ejemplo, que una institución restituyera de verdad lo que fue expoliado y trabajara para crear otro tipo de estructuras e instituciones de lo común alrededor de esa restitución.

P. Defiende museos que no sean templos sino lugares habitables. ¿Qué quiere decir exactamente?

R. No se trata de abrir bares u organizar clases de yoga. Eso es una banalidad. Que no sean templos significa que deben dejar de ser estructuras cerradas y fijas que pretendan representar esencias nacionales intocables. Una sociedad, una cultura o un patrimonio no son verdades inmutables: pueden transformarse en nombre de un saber compartido.

P. En su informe reclama mejorar las condiciones laborales y denuncia el “extractivismo” del sector.

R. La precariedad genera miedo, sospecha y rivalidad. Es contraria a la solidaridad y limita la investigación. Cambiar eso implica modificar leyes y reglas, pero se puede. También hay que dejar de asociar la cultura a lo inmobiliario y al turismo. En Barcelona esa lógica ha sido un desastre. Reincidir en eso es un gran error.

P. Sobre las restituciones, escribe: “Todo lo que se robó debe ser devuelto”. En España persiste la idea de que no hubo expolio.

R. Y por eso hay que descolonizar el pensamiento. Lo que deba devolverse, como el tesoro Quimbaya, no debería ser discutible. Al final, lo que se ha restituido es muy poco. Si hay obstáculos legales, habrá que cambiarlos. Y si no, deberemos asumir realmente la vergüenza de Europa y aceptar que somos estructuras coloniales y caducas. Por otra parte, hubiera expolio o no, hay que preguntarse con qué dinero se formaron ciertas colecciones. Eso tiene que ver con la memoria y con la reparación.

P. Es muy crítico con las ampliaciones de museos. ¿Las considera inviables?

R. Muchos museos se amplían siguiendo una dinámica parecida a la de este crecimiento indefinido que ya sabemos que es autodestructivo. Se amplía para que venga más gente, para mejorar flujos, para tener más ingresos, pero luego sabemos que eso nunca es así. En contextos donde todo depende directa o indirectamente de lo público, ampliar puede ser dispararse un tiro al pie: más gasto estructural sin financiación suficiente. Tras la pandemia pensamos que habría una política de decrecimiento, que habría que crear otro tipo de estructuras. La reacción ha sido la contraria.

P. ¿Qué espera que haga la Generalitat con sus conclusiones? Es un informe muy ambicioso, pero tal vez un poco utopista en el contexto actual.

R. Que no queden en papel mojado. Si seguimos con un modelo de museo del ladrillo, que es propio de los años noventa, nos metemos solos en una trampa. Se amplía y luego se dice que lo público es inviable, que no se sabe gestionar bien, y se entrega a manos privadas para que esa gestión se vuelva más eficaz. Es algo a tener muy en cuenta. Corremos el riesgo de que el arte se acabe convirtiendo en espectáculo o en una forma de lujo. Lo hemos visto en ciudades como París, que era casi exclusivamente públicas, pero donde en muy poco tiempo lo privado ha ganado mucho terreno.

P. ¿Las críticas a su proyecto impidieron el debate que buscaba?

R. No lo creo. De hecho, estamos hablando. Ha habido artículos muy buenos en distintos medios. Y durante los tres meses de la exposición no he dejado de recibir mensajes positivos. También ha habido gente que ha atacado el proyecto con encono: alguno ha llegado a escribir hasta cuatro artículos. Todo eso habla de la intensidad con que se ha vivido el proyecto. Yo lo valoro positivamente. Algunas ideas son de largo alcance y espero que se retomen. ¿Tiene que ir ligado el patrimonio a la propiedad? ¿Son los museos sostenibles? ¿Se puede descolonizar una institución que mantiene jerarquías y normas coloniales?

“Con las privatizaciones, corremos el riesgo de que el arte se acabe convirtiendo en espectáculo o en una forma de lujo”

P. ¿Admite que hubo torpeza en la comunicación de su nombramiento? Se le presentó como un “zar de los museos catalanes”.

R. Seguramente. Yo no participé en esa comunicación, pero esa imagen del “zar” generó un clima poco propicio. En realidad, mi forma de trabajar es la contraria. En la bienal de São Paulo de 2023 propuse una estructura absolutamente horizontal con otros tres comisarios. Y aquí, en Fabular paisatges, trabajé con otros dos.

P. “Por supuesto, no se buscaba interferir en las dinámicas de los distintos museos, ni aún menos indicarles qué debían hacer”, escribe. ¿Por qué se interpretó entonces como una injerencia?

R. Tal como se presentó, parecía que yo llegaba para decir a cada museo qué debía hacer. Eso sería contradictorio con el proyecto, que se oponía a esa idea iluminista, casi ilustrada. Tiene que ver también con una situación de precariedad: cuando el día a día ya cuesta, una petición que llega desde arriba para pensar en otras cosas que lo cotidiano genera cierta autodefensa.

P. ¿Hace autocrítica?

R. La ha habido en todo momento. En el informe se habla de cómo ciertas propuestas fueron modificándose en un proceso de interpelación constante. ¿Qué habría intentado hacer de otro modo? Tal vez vincular más el proyecto con lo que yo mismo y otros colegas y colectivos estábamos haciendo en otros lugares. Habría enriquecido el enfoque y quizá se habría entendido mejor. Y, a nivel personal, me habría gustado que la repercusión mediática no se hubiera centrado tanto en mí, porque la propuesta era absolutamente colectiva.

P. ¿Cómo fue su relación con el MNAC? Fuentes del museo indican que se entendieron bien en un primer momento, hasta que la relación se torció.

R. Hubo intentos iniciales de hacer alguna cosa juntos, pero no salió. La relación no fue ni buena ni mala: simplemente no existió. El encargo original cambió por decisión del patronato del museo o de su director, y me parece correcto.

P. ¿Fue traumática su salida del Reina Sofía en 2023, entre críticas por una reordenación de la colección permanente que despertó ataques de la derecha y la ultraderecha?

R. Fue dura y violenta. Y, más allá de lo personal, fue un ataque a una institución y a una forma de trabajar.

P. Atribuye las críticas a su persona en Barcelona a la famosa guerra cultural. ¿No fue una situación distinta?

R. Cada situación es distinta, pero hay patrones comunes: ataques personalizados, polarización, crítica a cualquier posición que se supone no defiende “lo nuestro”, sea lo español o lo catalán. Se ha producido una vuelta al orden sin ambages.

“Las consecuencias de un gobierno PP-Vox pueden ser graves. Sería un empobrecimiento cultural e intelectual radical”

P. ¿Teme un gobierno PP-Vox?

R. Las consecuencias en la cultura pueden ser graves. Si miramos lo que ocurre en EE UU, vemos ataques directos, pero también miedo. Las instituciones están muy calladas, a diferencia de lo que sucedió en 2016. En España podría haber un borrado muy rápido de los enunciados decoloniales y más precarización, más identitarismo, más jerarquías y estructuras verticales. Sería un empobrecimiento cultural e intelectual radical.

P. ¿Veremos un sistema cultural al servicio del poder?

R. Sí, uno en el que nada sea crítico con la idea de nación, con menos investigación y más subcontratación, externalización y privatización.

P. ¿No le tienta volver a dirigir un museo?

R. No creo que lo haga. Estoy escribiendo un libro sobre estos últimos años, desde la reordenación del Reina Sofía hasta la experiencia en Barcelona. En septiembre estaré en la NYU como profesor invitado, si no pasa nada antes... Nunca se puede decir nunca, pero hoy no me veo en la gestión diaria de una institución. Prefiero pensarla.

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