Emmanuele Carrère
Crónica
Texto informativo con interpretación

Últimos cartuchos: nueva entrega de las crónicas de Emmanuel Carrère desde el juicio por los atentados de París

Esta semana, el autor de ‘El adversario’ y ‘El reino’ refiere los alegatos finales antes del veredicto

Dibujo de Martin Vettes, abogado de Salah Abdeslam, durante su alegato el pasado 24 de junio.
Dibujo de Martin Vettes, abogado de Salah Abdeslam, durante su alegato el pasado 24 de junio.BENOIT PEYRUCQ (AFP)

Capítulo 37

La semana pasada fue la de los acusados “secundarios”, que paradójicamente, corren un gran riesgo. Algunos esperan la absolución, todos temen seguir en la cárcel o algo peor: volver a la celda. Suspense. Por su parte, todos los peces gordos del sumario, Ayari, Bakkali, Krayem, Abrini, Abdeslam, tienen mucho que temer y casi ninguna esperanza. Saben que van a recibir una condena severa, lo saben sus abogados, los alegatos parecen los últimos cartuchos. Los más admirables no son forzosamente los más eficaces, pero ¿qué posibilidades tienen de serlo cuando los cargos son tan graves y no se dirigen a un jurado popular sino a cinco magistrados profesionales que te ven venir y conocen de antemano todo lo que vas a decirles? Me ha gustado lo que ha dicho Stanislas Eskenazi, el abogado belga de Abrini: “Les ruego que se quiten la toga una vez calificados los hechos. Condenen como seres humanos, no como jueces. De lo contrario, esto no será un tribunal penal”.

1. El lanzador de cuchillos

Al ser tan previsibles las apuestas penales, gozábamos de libertad para apreciar el talento. En las pausas del juicio nos preguntábamos: “¿Te ha gustado?”. Cada uno ha tenido sus penalistas preferidos, cito aquí dos de los míos. El primero es Isa Gultaslar, otro abogado belga, defensor de Sofien Ayari. Es un grandullón flaco, de cara afilada, que durante todo el juicio apenas ha abierto la boca. Cuando le toca el turno, nos sorprende entrando en un terreno donde ningún otro ha entrado. No es del todo una defensa de ruptura al estilo de Vergès, pero casi. Ha empezado hablando de la historia de Hamza, un muchacho sirio de 13 años que en marzo de 2011, al comienzo de la “primavera árabe”, escribió en una pared: “Llegará tu hora, doctor”. El doctor era Bachar el Asad que, como sabemos, es oftalmólogo. Detenido por la policía, Hamza fue torturado a muerte y devuelto a su familia con el rostro amoratado, el cuerpo quemado, el cuello roto, el sexo cercenado. Es la manera como Gultaslar nos recuerda que el origen de lo que se juzga en el Viernes 13 es la barbarie del régimen sirio, y que lo que impulsó a alistarse en el ISIS a tantos jóvenes musulmanes, como su cliente, no es necesariamente la crueldad ni el fanatismo, sino una legítima indignación política. La causa de los atentados, dijo, no es la religión, sino la guerra. Francia está involucrada en Siria y eso se llama estar en guerra, y los crímenes cometidos en París por los yihadistas no deberían competer al Derecho antiterrorista nacional, sino al Derecho internacional de los conflictos armados. Habría, pues, que recalificarlos como crímenes de guerra. ¿Existe la menor posibilidad de que, a ocho días del veredicto, se examine esta recalificación eventual? ¿Arreglaría la situación de Sofien Ayari, ya mal encaminada? Me extrañaría, pero hemos asistido a una impresionante lección jurídica, de geopolítica y de malabarismo oratorio. Al final de la audiencia circulaban rumores sobre este Gultaslar al que muy pocos conocían antes de que tomase la palabra. Habría formado parte del comité de apoyo belga a Oussama Atar antes de que este se convirtiera en el jefe de las operaciones exteriores del ISIS: esto es cierto y acentúa su faceta Vergès. Antes de ser abogado, Gultaslar era un lanzador de cuchillos que actuaba en las ferias. Me lo contó Georges Salines y comprendí que me había tomado el pelo cuando me atreví a preguntárselo al propio interesado. Con una cordialidad jocosa me respondió que no y que tampoco había exhibido osos en ferias de Bután. Aun así, es de esas personas sobre las que pueden plantearse esta clase de preguntas, y le han aplaudido cuando después de la audiencia ha hecho su entrada en la brasserie Les Deux Palais.

2. Camaradería

Como yo no estaba aquel día, no sé si aplaudieron a Orly Rezlan en Les Deux Palais, pero se lo merecía. Es una de las abogadas de Mohamed Bakkali y debo confesar que me resultaba antipática. Voz desagradable, tono agrio: en su alegato no ha intentado seducirnos más que en sus otras intervenciones a lo largo de la audiencia. Pero a medida que hablaba, su austeridad, la fuerza de su convicción, su cólera monocorde, hiriente, han ido aumentando sin levantar la voz hasta alcanzar una cualidad tan realmente hipnótica que Soren Seelow, el especialista de terrorismo de Le Monde, se ha aventurado a emplear el adjetivo “aplastante”, y era apropiado. El alegato de Orly Rezlan era aplastante. Y también impecable, y al igual que el de Gultaslar aportaba algo nuevo, algo que no habíamos oído y que no era evidentemente una excusa, sino un elemento explicativo. Gultaslar ha insistido en la indignación política, Rezlan en la mala conciencia que acompaña a cualquier constante práctica religiosa. ¿Somos buenos musulmanes? ¿Hemos apoyado suficientemente a los hermanos en el sufrimiento? Cuando otros sufren y combaten, ¿no es vergonzoso estar escondido? Estos cuestionamentos no son ignominiosos, pero Rezlan no se ha detenido ahí. En lugar de citar a Camus, como ha sido citado hasta la náusea, ha ido a buscar una referencia esclarecedora en Historia de un alemán, de Sebastian Haffner, uno de los grandes libros sobre el ascenso del nazismo. Haffner era un joven jurista, mira por dónde, que ha contado e intentado comprender por qué tantos jóvenes de su edad, que no eran psicópatas y ni siquiera extremistas, se dejaron arrastrar por la maquinaria del odio. Dice que para muchos de ellos el resorte fue la camaradería. Compartes un ideal, comulgas con la indignación, adherirse a los valores del grupo es mostrar que eres buena persona. Es delicado sostener que se puede participar en atentados o en un genocidio porque tienes buen corazón, pero sí es sostenible que lo haces porque eres un buen camarada.

3. La auténtica cadena perpetua

Para acabar intervinieron Martin Vettes y Olivia Ronen, los dos jóvenes abogados de Abdeslam. Máxima afluencia. Su exposición fue buena, muy buena, y la de Ronen, en su último cuarto de hora, realmente inspirada. Sus alegatos han sido largos, valientes, pero el verdadero combate de ambos, el que tiene posibilidad de prosperar, es contra la cadena perpetua irreductible que pide la fiscalía. Una leyenda afirma que Robert Badinter arrancó la abolición de la pena de muerte a cambio de la instauración de esta “auténtica perpetua”: entras y ya no sales nunca. No es verdad, Badinter siempre rechazó la sustitución de un suplicio por otro. Y si esta pena máxima se ha dictado cuatro veces desde 1994, fue una sentencia impuesta a sádicos o grandes pervertidos de una peligrosidad extrema, como Michel Fourniret. Abdeslam merece una condena severa, nadie dice lo contrario, pero Abdeslam no es Fourniret. No lo son tampoco Abdelhamid Abaaoud ni Oussama Atar. Condenarle a esta perpetua, que es aterradora, sería en nombre de la ejemplaridad burlarse de la proporcionalidad de las sentencias, gracias a lo cual Ronen ha concluido: “Si acatan a la fiscalía, habrá ganado el terrorismo”.

4. Dos reparos

No me gustó este final. Oponerse a los fiscales es la función de la defensa. Ronen la asume con vehemencia, muy bien. Pero su alegato, por lo demás espléndido, ha sido de cabo a rabo más insultante que mordaz, y me ha parecido una lástima. Se puede considerar excesivamente severo el requerimiento del trío Hennetier-Braconnay-Le Bris. Yo también espero que no prosperará en lo relativo a la “auténtica” cadena perpetua. Pero no se puede decir que hayan sido mediocres, demagogos y aún menos la palabra que Ronen ha pronunciado: “Innobles”. No, la verdad. Al contrario, el alto nivel de la acusación ha sido uno de los logros del Viernes 13. Y, ya que pongo reparos, pondré otro. Las últimas palabras del presidente han sido para advertirnos de que el veredicto, previsto para el miércoles 29 de junio, a partir de las 17.00, se emitirá sin duda a altas horas de la tarde. “Sé muy bien”, ha añadido, “que esta espera será penosa para las partes civiles y que no facilitará la tarea de los medios de comunicación, pero no tenemos elección”. Muy bien, asimismo. Lo que me parece una lástima es haber olvidado que esta espera será también penosa para los acusados.

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