Daniel Luque, la presión de un torero grande que nunca fue niño

El diestro sevillano analiza su trayectoria y su relación con el toro, la razón de su vida

Daniel Luque, a la verónica, el pasado 30 de mayo en la plaza de Aranjuez (Madrid).
Daniel Luque, a la verónica, el pasado 30 de mayo en la plaza de Aranjuez (Madrid).Verónica Domínguez

El diestro Daniel Luque (32 años, Gerena, Sevilla) es un hombre ilusionado, que disfruta de un momento especialmente feliz después de una muy larga etapa personal, marcada por la presión del triunfo y los avatares de una madurez tan rápida como insegura. Así se define él —”y un enfermo del toro”, añade—, cuando, por fin, cree que ha encontrado a la persona y al torero que quiere ser.

La cita es en la puerta grande de Las Ventas. Comenta que ha llegado quince minutos antes de la hora prevista, que los ha aprovechado para dar una vuelta completa a la plaza, y se ha sorprendido de lo grande que es; y lo dice con la inocencia del niño que nunca fue.

A los siete años se puso delante de su primera vaca, y desde entonces el toro ha sido y sigue siendo la razón de su vida. Era aún un niño de 12 años cuando viajó a México, a una escuela de nuevos valores de la que no guarda buenos recuerdos, disfrutó como novillero y sufrió como matador novel, presionado por la necesidad de triunfar y roto por la muerte de su madre meses después de que tomara la alternativa.

Pregunta. Se dice que se le agrió el carácter…

Respuesta. Sí, más bien es que estaba a la defensiva y no me fiaba de nadie, pero no me excuso en ello. Reconozco los errores que he cometido e intento avanzar como persona y como torero.

P. Pero eso es tiempo pasado.

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R. Sin duda, afortunadamente. Ahora vivo una etapa de consolidación; ahora viene lo duro de verdad. Todo lo demás son vaivenes de la edad, de unos valores que me inculcaron y, a veces, los cumples y otras no puedes. Pero la vida te ofrece curas de humildad para rectificar.

Luque nació en el seno de una familia taurina. Su padre, un hombre del campo y ayuda de mozo de espada con figuras del toreo, y su madre, una gran aficionada.

“Ese fue mi ambiente, en el que siempre me sentí muy protegido. Mi padre, consciente de la dificultad de la profesión, no le dio importancia a mi afición infantil, aunque después me apoyó incondicionalmente; mi madre, sí, me llevaba a tentaderos y luchaba conmigo”.

“He recuperado la ilusión; ahora disfruto cuando me veo anunciado en una feria”

A los 12 años, Luque tuvo un encuentro con el torero Julio Vega Marismeño, quien decidió ayudarlo y le ofreció la oportunidad de estudiar en una escuela mexicana. El cabeza de familia aparcó la profesión y cruzó el Atlántico con el hijo torero.

“Esos fueron mis inicios”, cuenta. “Sin haber salido nunca de Gerena, me vi subido en un avión camino de un país desconocido. Y no lo pasé bien, la verdad. Mi padre se sorprenderá cuando lea esto porque nunca se lo he dicho, pero aquella etapa fue muy dura. Yo era un niño y no fui bien recibido por los compañeros, que me consideraron un entrometido mimado. Era una escuela muy exigente, y me sentía muy presionado. Le dije a mi padre que aquello no era para mí, que necesitaba estar en mi casa, con mi madre —siempre fui muy madrero— y mis amigos.

P. La experiencia no fue satisfactoria.

R. No. Aprendí menos de lo que esperaba y me perjudicó en algunos aspectos de mi vida. Era una carga de responsabilidad excesiva. Había perdido mi niñez y notaba que también empezaba a perder mi juventud.

“Déjeme que le diga una cosa”, insiste Luque. “Los toreros somos muy infantiles porque no hemos sido niños. A veces, estoy con amigos de mi edad y debo acoplarme a ellos porque he madurado antes de tiempo. Siempre he estado rodeado de personas a las que he debido hablar de usted y me gustaría hablar a alguien de tú.

P. Y la temprana muerte de tu madre fue un mazazo.

R. Sin duda. Falleció el 31 de diciembre de 2007, meses después de mi alternativa en Nimes, en mayo. Vino a verme, ya muy malita, en un autobús, pegada a una bombona de oxígeno. Su muerte me afectó mucho. Mi padre intentó suplir su ausencia, pero una madre no tiene comparación con nada.

Daniel Luque, momentos antes de un reciente entrenamiento en una ganadería madrileña.
Daniel Luque, momentos antes de un reciente entrenamiento en una ganadería madrileña.Espacio Nautalia

“Yo era muy joven”, continúa, “tiré de casta, quería ser el hombre de la casa, le había dicho a mi padre que ya no tendría que trabajar más, y reconozco que esa fue otra carga demasiado grande”.

Los primeros años como matador de toros no fueron fáciles. Cuenta el torero que se codeaba con las figuras, cortaba orejas, pero no era capaz de alcanzar las metas propuestas.

“Perdí la ilusión, no disfrutaba, estaba cargado de dudas… Me cambió el carácter y llegó un momento en que me sentí solo. Quizá me estaba pasando factura la presión de tantos años, la necesidad de triunfar a toda costa… Fue una etapa tan complicada que hay temporadas que se me han quedado en blanco y no las recuerdo”. “Comprendí que no tenía más que dos caminos: o cambiaba o me iba a casa”, añade.

Dice que su entorno familiar, algún banderillero fiel como Raúl Caricol, su íntimo amigo el torero Juan Pedro Galán y algunos ganaderos cercanos le ayudaron a cambiar de mentalidad.

“Me resta mucho por vivir; aún no estoy en la mitad del camino hacia la meta que tengo en la cabeza”

“El mundo del toro es la profesión más honesta porque en cualquier momento te puede cambiar la vida”, prosigue. “A mí me ha cambiado para bien, pero mire dónde estoy: encerrado en una finca, dedicado por entero a la profesión, porque cuanto más reconocimiento tengas, más preparado y menos confiado debes estar”.

P. Ahora se le ve feliz.

R. He recuperado la ilusión; ahora disfruto cuando me veo anunciado en una feria, cuando voy al campo… Y esa sensación la transmites en la plaza.

P. Se ha ganado usted el reconocimiento de los aficionados y se le considera un gran torero.

R. Me resta mucho por hacer y por vivir. Soy muy joven y aún no estoy en la mitad del camino hacia la meta que tengo en la cabeza.

P. Ser figura del toreo, se supone.

R. Cuando escucho esas palabras, me pongo nervioso. Me parece algo tan grande que no todos los toreros lo pueden conseguir.

Daniel Luque salió por la puerta grande de Las Ventas en 2014, pero dice que no guarda un buen recuerdo de aquella tarde (“me sirvió para seguir toreando, pero no para dar un salto en mi carrera”). Muestra su profundo agradecimiento a la afición francesa, que lo valora como gran figura, y está dispuesto a no bajar del tren en el que ahora goza las mieles del triunfo.

“Me quedé atrás por mi incapacidad para evolucionar en la medida que avanzaba el toreo”, concluye, “y espero que no vuelva a ocurrir. Esta profesión es muy absorbente y no te puedes permitir ni un segundo porque te pasa factura; al menos, a mí”.

El torero vuelve a pasar por el entorno de la plaza de Las Ventas (“creo que nunca he estado en ella como espectador”, comenta), y antes de entrar en el coche cuenta que va a tomarse medidas para una montera nueva. “Es que solo tengo una y ya es hora de que le busque una compañera”.

Y lo dice con la ilusión de un niño grande…

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