74º Festival de Cannes

Cannes lucha contra la relajación en la quinta ola de la pandemia

El festival incrementa sus advertencias de seguridad anticovid tras las constantes imágenes de la primera semana de acreditados sin mascarillas

Asistentes, el pasado día 11, a la proyección de 'JFK, caso abierto', en La Croisette, dentro del ciclo Cinéma de la plage, en Cannes.
Asistentes, el pasado día 11, a la proyección de 'JFK, caso abierto', en La Croisette, dentro del ciclo Cinéma de la plage, en Cannes.JOHN MACDOUGALL / AFP

Un perro pasea nervioso por la terraza de la sala de prensa situada en la fachada delantera del Palais des Festivals. Sin detenerse, al trote, olisquea entre las piernas y las sillas de los periodistas, y vuelve raudo al lado de un bombero de Marsella, que estos días trabaja en Cannes. Es uno de los dos perros adiestrados para detectar el coronavirus. Si antes el peligro era los explosivos —y ha habido años en que el certamen vivía casi en estado de sitio, con tanquetas militares por las calles y fuerzas de seguridad metralleta en mano en cada esquina—, en esta edición el miedo lo provoca un enemigo invisible. Y después de una semana de cierto relax en el festival, en su recta final, tras una llamada al orden del alcalde de la ciudad, David Lisnard, y el posterior discurso el lunes por la noche del presidente Emmanuel Macron, la organización ha apretado las tuercas.

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Desde el inicio, a todos los acreditados se les ha obligado a pasar un test de antígenos cada 48 horas o a portar un documento que acredite la pauta completa de vacunación, salvo en el caso de los estadounidenses, a quienes no se les reconoce la validez de sus vacunas. En el hospital de campaña levantado donde antes se encontraba la villa internacional del mercado de cine (evento este año completamente deslucido), previa reserva por internet, se realizan las pruebas de manera eficiente. Seis horas después, el resultado llega al móvil. Cada día se realizan unos 5.000 test, y de media hay tres positivos por jornada. El sábado, en una charla con EL PAÍS, Thierry Frémaux, delegado general del festival, mostraba su felicidad porque el viernes no se había dado “ni un positivo”. Y encaraba “tranquilo” esta segunda semana del certamen.

Los pocos positivos se confinan en sus alojamientos, aunque no hay un rastreo de sus pasos previos. Por primera vez, el certamen obliga a sacar las entradas a las salas 48 horas antes vía telemática, pero no son numeradas (como sí hizo el festival de San Sebastián, otro certamen de clase A como el francés, el pasado mes de septiembre), y no se puede saber con quién se ha sentado el positivo. Entre esos positivos hay acreditados españoles de la industria cinematográfica, que han cumplido con el aislamiento.

Más confuso ha sido lo ocurrido con los cineastas. El israelí Nadav Lapid presentó el pasado jueves su película Ha’berech, en una rueda de prensa en la que no usó mascarilla, tras haber pasado por la alfombra roja y disfrutar de su sesión de gala el día anterior. Por la tarde su novia dio positivo en covid-19, y aunque el cineasta pasó el test, se recluyó y siguió su promoción usando Zoom. La española Clara Roquet, directora de Libertad, presente en la Semana de la Crítica, no llegó desde Barcelona al estreno de su película en La Croisette por sufrir el coronavirus, pero tras la pertinente PCR negativa ha podido asistir a otros pases de su filme.

La actriz Léa Seydoux, que este año aparece hasta en cuatro películas en el certamen, se encuentra en París en cuarentena tras dar positivo, sin poder viajar a Cannes, según Variety, y acaba de confirmar que cancela su viaje al certamen. Seydoux —que ya estaba vacunada y es asintomática— estaba rodando One Fine Morning, la nueva película de la cineasta Mia Hansen-Løve, quien sí ha visitado el certamen para presentar su trabajo previo, Bergman’s Island, sin que nadie haya explicado si tuvieron contacto estrecho y por qué la directora sí ha viajado sin realizar cuarentena. Ese día, el domingo, el secretario general del festival, Francois Desrousseaux, aseguró a la prensa local que el máximo número de contagios que se habían registrado por jornada habían sido seis.

Gente esperando la llegada de estrellas a la alfombra roja de la sesión de gala, el lunes 12, de 'La crónica francesa'.
Gente esperando la llegada de estrellas a la alfombra roja de la sesión de gala, el lunes 12, de 'La crónica francesa'.REINHARD KRAUSE / Reuters

Desde el fin de semana, el certamen ha aumentado los avisos: antes de las proyecciones, desde el lunes, se escucha una advertencia que recuerda la prohibición de bajarse las mascarillas durante las sesiones, algo que sigue ocurriendo, especialmente entre los críticos y periodistas de mayor edad, que se la ponen solo en la boca. En las ruedas de prensa, después de siete días de cierta laxitud, los cineastas ahora por fin se sientan con mascarilla, que solo se bajan para responder a las preguntas. Y los moderadores insisten en el mismo comportamiento a la prensa, después de esas primeras jornadas en las que hubo discusiones entre reporteros que sí la llevaban y otros que las portaban en la barbilla. No hay desinfección ni en los cines, ni en las salas de prensa, ni se cumple —ni se requiere— ninguna distancia de seguridad entre periodistas ni entre espectadores.

El mayor problema está, sin embargo, fuera del Palais, en las colas multitudinarias para entrar al recinto (se comprueba uno por uno con lectores de códigos QR la pauta completa de vacunación o el test negativo) o a las salas cuyo acceso da directamente a la calle, y que por tanto están fuera de las regulaciones sanitarias. El lunes, el presidente Macron anunció un endurecimiento de las medidas sanitarias, como la exigencia del pasaporte de vacunación para entrar en bares, discotecas o restaurantes, para viajes en tren y avión, o para asistir a actos o eventos de más de 50 personas; esto es, cines y teatros. La orden entrará el vigor el miércoles 21 de julio, cuatro días después de la clausura del festival, que solo habría tenido que cambiar su política de acceso a las salas exteriores.

Fotoperiodistas en Cannes el lunes 13.
Fotoperiodistas en Cannes el lunes 13.CAROLINE BLUMBERG / EFE

En cuanto a la alfombra roja, una mina de ingresos publicitarios, los fotógrafos sí usan mascarillas. Las estrellas no, y muchas siguen firmando autógrafos o haciéndose fotos con el público, como Timothée Chalamet (que disfrutó con sus fans en la entrada a la gala de La crónica francesa). Adam Driver, incluso, se encendió un cigarrillo y fumó durante los aplausos después de la proyección de Annette, de Leos Carax, en la inauguración en la sala Lumière. Al día siguiente, Pierre Lescure, presidente del festival, aseguró que ese gesto y otros similares retratados en fotos con gente sin el cubrebocas eran “una excepción”.

Hasta en las redes sociales hay fotos de estrellas fumando y bebiendo sin mascarillas en recintos cerrados, o viendo la final de la Eurocopa, como Spike Lee, presidente del jurado, tras la cena de gala —al aire libre— que cerraba la jornada Women in Motion. Al menos él estaba solo, porque de esa misma velada aparecieron numerosos retratos de grupos de una decena de personas viendo el fútbol en un solo móvil.

Y con todo, el festival parece más controlado que lo que ocurre en las calles adyacentes, donde se mantiene la habitual nula distancia entre mesa y mesa en los restaurantes, la gente canta y baila en discotecas y karaokes en interiores, o se agolpa por las aceras a la caza de algún famoso. Eso sí, han desaparecido —más por la venta digital que por la covid— las hordas de gente arremolinada en los accesos al Palais que pedían invitaciones para películas. En las entrevistas en los hoteles que plagan la Croisette, el uso de la mascarilla depende del albedrío del entrevistado. Ahí ya no se chocan las manos, pero por lo demás, ¿quién se acuerda de la pandemia?

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