74º Festival de Cannes

‘Libertad’, la adolescencia como catapulta vital

La española Clara Roquet impacta con el estreno de su primer largometraje en la Semana de la Crítica. Centrado en un verano en la Costa Brava, ha estado guardado un año esperando esta edición de Cannes

Clara Roquet, en el rodaje de 'Libertad'.
Clara Roquet, en el rodaje de 'Libertad'.

Será el último veraneo en la casa familiar de la Costa Brava. Y para Nora, que atraviesa una plácida adolescencia, supondrá una explosión de descubrimientos y rebeldía: mientras se resquebraja el mundo exterior por culpa del alzhéimer de su abuela y el posible divorcio de sus padres, su amistad con Libertad, la hija de la criada colombiana de la familia, recién llegada de Sudamérica, alterará su interior. Con esta idea, tan sencilla en apariencia como compleja en su plasmación audiovisual, Clara Roquet (Malla, Barcelona, 32 años) cimenta Libertad, la película española que ha provocado admiración en su estreno en la Semana de la Crítica. Un estreno tan ansiado —lleva un año esperando, ya que fue seleccionada para Cannes 2020 y el equipo prefirió esperar a otra posible selección en esta edición— como deslucido por la ausencia de Roquet, que espera en Barcelona a finalizar su cuarentena por coronavirus.

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Si de algo huye Libertad, es de convertirse en otra película dirigida por una cineasta catalana sobre su infancia o adolescencia. Roquet ha usado como referentes otros creadores, como las argentinas Julia Solomonoff o Lucrecia Martel. Por teléfono, desde Barcelona, resignada a su destino y esperando poder llegar a Cannes el fin de semana, confiesa: “Por un lado es frustrante, por otro estoy viendo, y hay cosas peores. Relativizo, aunque a veces pienso que entre el retraso del estreno y este positivo en coronavirus, la pandemia me odia”. El recorrido terminará con el estreno comercial el 19 de noviembre. “Yo lo único que quiero es compartir la película, ver las reacciones del público, porque me invade la sensación de que aún no existe. Las películas se hacen para ser proyectadas, si no, son fantasmas”. La cineasta espera que muchos se vean reflejados en sus personajes. “Todos conocemos a cuidadoras que se han hecho cargo de nuestros mayores. Lo plasmé en mi corto El adiós, y ya sentí que conectaba con los espectadores. Además, hay algo universal en las amistades de verano”. Porque si hay una época repleta de abismos de pasión, esa es la adolescencia. “Claro, es una etapa bisagra, en la que estás construyendo tu identidad, y muchas veces ese proceso pasa por rebelarte ante la imagen construida por tus padres”, asegura.

Sobre los referentes, Roquet confiesa riendo: “Julia Solomonoff fue profesora mía en la universidad de Columbia, y de hecho hice de canguro para sus hijos. Ahora es superamiga”. Acerca de Martel, cuenta que está obsesionada con La ciénaga: “Es inevitable que haya ecos de ella en Libertad, porque la he visto tantas veces... Hubo un momento en que paré, como con el cine de Víctor Erice, porque me alejaba de mi propia mirada. Las imágenes que hay en tu mente acaban siempre en tu trabajo”.

Interés por las transferencias

Si las adolescentes de la película están en pleno proceso de cambio, las madres de ambas y la abuela de Nora también transitan caminos con baches. “Me interesan mucho dos aspectos: las relaciones entre madres e hijas y la transferencia”, desgrana. “La transferencia de identidad, de trauma, de incomunicaciones...”. Para ello describe un esquema cuadrado, con los vértices ocupados por madres e hijas, en los que los roles se intercambian entre las adultas, una situación de la que nacerán diversos conflictos, incluso sociales. “Pero me gusta que esté tamizado por la melancolía, que ese tono acompañe a las imágenes, y que incluso nos planteemos si estos son los recuerdos pasados de Nora, que rememora así aquellos días de cambio. Entre madres e hijas la relación puede ser tan bella y fuerte como irritante”. ¿Y cómo es la de Roquet con su madre? “Estupenda”, estalla en carcajadas. “Le advertí que todo lo que veía era una ficción. Sí son autobiográficos algunos recuerdos de veranos en la Costa Brava, de ciertas texturas”. Su familia cría caballos, y eso se puede ver en cómo fotografía la naturaleza: “En el corto Les bones nenes filmé con caballos, por mis vivencias, y me quedó claro: nunca más repetiré esa experiencia”.

Como guionista, Roquet ya posee un currículo significativo. Ha colaborado en las escrituras de 10.000 km (2014) y Los días que vendran (2019), ambas de Carlos Marques-Marcet; de Petra (2018), de Jaime Rosales; de L’ofrena (2020), de Ventura Durall, y con Antonio Méndez Esparza ha adaptado Que nadie duerma, la novela de Juan José Millás, para la próxima película de Méndez Esparza. “Yo veo mucho en esos libretos, porque pongo todo lo que tengo al servicio de cada guion, y a la vez me mimetizo con la forma de escribir de esos directores, entiendo que trabajo para ellos, para su mirada”, relata. Y han sido todos hombres. “Así es la industria. Ahora mismo estoy escribiendo con Elena Martín, y estoy muy contenta”, y entra sin ser preguntada en la gran cuestión. “A mí no me importa que me pregunten por el hecho de ser mujer en el cine español. Seguiré hablando de ello hasta que alcancemos la paridad”.

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