74º Festival de Cannes

La autoficción, una enfermedad que lastra Francia

François Ozon y Emmanuel Carrère presentan en el festival, en distintas secciones, dos películas basadas en historias reales narradas previamente en libros en primera persona

Desde la izquierda, André Dussollier, Sophie Marceau, François Ozon y Géraldine Pailhas, a la entrada ayer por la tarde de su sesión de gala en Cannes.
Desde la izquierda, André Dussollier, Sophie Marceau, François Ozon y Géraldine Pailhas, a la entrada ayer por la tarde de su sesión de gala en Cannes.GONZALO FUENTES / REUTERS

La Francia de los pisos de parquet crujiente y la Francia que le limpia los baños a la alta burguesía. La Francia que habla de la última exposición en una galería parisiense y la que habita en pisos minúsculos en Calais, rodeada de migrantes africanos que intentan cruzar al Reino Unido. En Tout s’est bien passé, François Ozon pasea la cámara por grandes habitaciones de intelectuales de éxito para hablar de la eutanasia, que sigue legalmente prohibida en su país. Para ello adapta la última obra de autoficción de Emmanuèle Bernheim, escritora fallecida en 2017, y con la que Ozon coescribió los guiones de Swimming Pool, Ricky y 5x2. En Between Two Worlds (título internacional para una película que en Francia se titula Ouistreham), Emmanuel Carrère, líder de la literatura de autoficción europea, adapta en su segundo largo como realizador una novela de la periodista francesa Florence Aubenas, popular por sumergirse en todo tipo de ambientes para investigar para sus libros (llegó a estar secuestrada cinco meses durante la Guerra de Irak). La primera película era el plato fuerte del día del concurso de la sección oficial; la segunda inauguraba la Quincena de Realizadores, que ayer miércoles inició sus proyecciones.

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Bernheim era hija de un famoso coleccionista homosexual de arte y de la escultora Claude de Soria. Además de su propia carrera como escritora de éxito, su pareja era Serge Toubiana, uno de los pesos pesados del cine francés: critico, director de la Cinémathèque Française durante 13 años... Todo un paisaje de intelectualidad francesa de izquierdas, a la que Ozon solo pone en duda en un momento del filme. Tras un derrame cerebral, el padre de Bernheim pidió a su hija favorita que le ayudara a morir, y Tout s’est bien passé ocurre entre un 15 de septiembre y un 27 de abril, los días que transcurren desde el ataque hasta la ejecución del plan en Suiza. Mientras la película se mueve en ese parquet que cruje, avanza indolente. Sin embargo, cuando el francés se lanza a los sentimientos, cuando deja que André Dussollier cree a ese padre altivo, distante durante la infancia de sus dos hijas, que lidió con su homosexualidad mientras vivió con una mujer “con el corazón de cemento”, y permite a Sophie Marceau completar el retrato de la escritora ansiosa de cariño del progenitor, la película fluye.

No está a la altura formal, casi hitchcockiana, de Gracias a dios (con la que guarda directa relación en su mención a las asociaciones que ayudan a seres humanos que no encuentran en la ley respuesta a sus plegarias) o de En la casa, ni a la melancólica belleza de Verano del 85, pero en algunas de las secuencias de Tout s’est bien passé, las más cercanas a la resolución vital de los diferentes conflictos emocionales, asoma el gran director. Y así al menos la han entendido en Cannes, donde ha sido recibida con aplausos.

Desde la izquierda, Hélène Lambert, Juliette Binoche y Léa Carne, en 'Between Two Worlds', de Emmanuel Carrère.
Desde la izquierda, Hélène Lambert, Juliette Binoche y Léa Carne, en 'Between Two Worlds', de Emmanuel Carrère.

Si en su último libro, Yoga, Emmanuel Carrère daba por finalizada su exploración literaria de la autoficción, en su cine aún le quedan fuerzas. Between Two Worlds se desarrolla en Calais, donde el último premio Princesa de Asturias de las Letras estuvo escribiendo un gran reportaje sobre la crisis migratoria. Hasta allí llegó también Florence Aubenas, pero para contar la vida cercana a la pobreza de la gente que trabaja con sueldos miserables, y para ello se hizo pasar por una licenciada en Derecho, que tras 23 años de matrimonio se divorcia y busca un trabajo precario en lo que sea: y lo que sea es mujer de la limpieza en empresas que entran de noche en oficinas, casetas de cámpings o en los ferris que cruzan el canal de La Mancha. Juliette Binoche da vida a esta mentirosa de forma ejemplar, con Carrère dirigiendo de forma pulcra en pos de lo que en realidad le interesa contar: ¿qué pasará cuando las compañeras, ya amigas de la protagonista, de paños y productos de la limpieza, que arrastran horarios infames e ingresos que suenan a humillación, descubran quién es esa recién llegada? Como en Yoga, cuando las cartas se ponen boca arriba, toca reflexionar acerca de qué está permitido en pos del triunfo del arte o de la denuncia de injusticias. Y hay que decirlo: Between Two Worlds llega más lejos que Yoga.

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