Arquitectura

Muere el arquitecto brasileño Paulo Mendes da Rocha a los 92 años

Exigente con los diseños y cuidadoso con la gente, el profesor y creador paulista, premio Pritzker en 2006, deja un legado y un ejemplo austero, rotundo y público

Paulo Mendes da Rocha, arquitecto, durante la entrega de premios de la Fundación Mies Van Der Rohe, en Barcelona en abril de 2001.
Paulo Mendes da Rocha, arquitecto, durante la entrega de premios de la Fundación Mies Van Der Rohe, en Barcelona en abril de 2001.

En el descuidado corazón histórico de São Paulo, el centro cívico Sesc 24 de Maio está coronado por una piscina pública y panorámica. Que sea pública y tenga las mejores vistas sobre la ciudad es un gesto audaz e inesperado, también una prueba de la juventud mental que jamás perdió Paulo Mendes da Rocha, que ha muerto este domingo, en São Paulo, a los 92 años. El Pritzker paulista (lo obtuvo en 2006) firmó la reforma de esos antiguos almacenes hace un lustro, cuando le encargaron la restauración del edificio protegido por patrimonio cultural. Aunque era conocido por la austeridad de sus edificios brutalistas, la expresión del hormigón armado y la sequedad de sus diseños, ya había demostrado —con la restauración de la paulista Pinacoteca del Estado en 1998— que sabía convivir con lo existente. Ese museo, como el posterior Muelle de las Artes (que concluyó en 2011 en Vitória, la ciudad donde nació) o como el anterior Museo de Escultura de Brasil (MUBE), finalizado en São Paulo en 1995, sumaban a su audacia la religión particular de Mendes: jamás levantó un edificio que no tuviera en cuenta el espacio público. “Ninguna ciudad puede resolverse con un museo. El supremo museo es la propia ciudad”, decía.

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Las dos legendarias escuelas de arquitectura brasileña hablan del lugar, casi de la geografía. Frente a la sensualidad, la expresividad y las curvas que catapultaron a Oscar Niemeyer a la fama mundial como cabeza de la escuela carioca, la paulista, donde Mendes da Rocha aprendió de Vilanova Artigas, defendía la relación con la gente, el marco para la vida, la fuerza del hormigón y también su austeridad, la necesidad de que la frondosa vegetación conviviera, arropara y sombreara las rampas, los porches y los voladizos de hormigón armado. Eso son los edificios de Mendes: escenarios para ser invadidos por los usuarios y por la naturaleza.

Estadio del club brasileño Atlético Paulistano, obra del arquitecto Paulo Mendes da Rocha.
Estadio del club brasileño Atlético Paulistano, obra del arquitecto Paulo Mendes da Rocha.

Sus primeros trabajos —el Gimnasio Club Paulistano (1960), deudor de Le Corbusier y de la modernidad europea— tenían ya la semilla de la que sería su arquitectura: entender que es la relación con el lugar, y no con las ideas, lo que arraiga y mantiene vivo un edificio. Eso demostró en su propia casa Butantä (1964), radicalmente austera, magníficamente iluminada y amorosamente sombreada por la vegetación. Y, años después, también en la tienda Forma (1994), donde el espacio público convive con el comercial. La misma fuerza del hormigón servía treinta años después dejando fuera del tiempo cualquiera de sus diseños.

Cuando Paudo Mendes recogió el Premio Pritzker en 2006, no habló de geometría sino de gente. Reivindicó que la paz sea la piedra angular de la arquitectura. “Tengo la impresión de que antes de que la ciudad se vuelva fea, son las personas las que se afean”, escribió en La ciudad es de todos (que José María García del Monte recopiló en la colección La Cimbra que publica la Fundación Caja de Arquitectos).

Capilla de San Pedro, obra de Paulo Mendes da Rocha.
Capilla de San Pedro, obra de Paulo Mendes da Rocha.EFE

Mendes fue expulsado, junto a buena parte de los profesores, de su cátedra de la Escuela de Arquitectura de São Paulo. Corría 1964, y no se cansaron de protestar contra el golpe militar que había tomado los mandos del país. No volvió a dar clase hasta 1988. Aun así, y salvando incontables problemas, consiguió levantar en Osaka el pabellón que representó a su país en la Exposición Universal de 1970. Por eso su legado es hoy tanto lo construido como lo enseñado. Y lo escrito (o protestado). A pesar de que diseñó varios museos —incluso el dedicado a los coches en Lisboa (2015)—, siempre se mostró suspicaz frente a los centros culturales “que desvirtúan lo que es verdadero en la idea de cultura. Detrás de esos centros veo solamente una idea elitista que sirve para imposibilitar transformaciones más prometedoras de la ciudad”. ¿Qué proponía él? “Revitalizar los emplazamientos creando nuevas industrias no contaminantes”. Marxista convencido, como Niemeyer vivió en una casa de ensueño al tiempo que escribió contra las urbanizaciones privadas: “¿Privada de qué? Es privada porque es privativa: les pertenece solo a ellos. Pero también les priva de muchas cosas, como de que el estudiante de medicina se pueda enamorar de una bailarina. Eso no sucede en una urbanización privada”.

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