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Museos sostenibles

La pareja de arquitectos franceses Lacaton y Vassal, que acaba de ganar el Pritzker, diseña una especie de futuro desde el pasado en el presente

Anne Lacaton y Jean-Philippe Vassal en Montreuil, a las afueras de Paris, el pasado 16 de marzo.
Anne Lacaton y Jean-Philippe Vassal en Montreuil, a las afueras de Paris, el pasado 16 de marzo.JOEL SAGET / EL PAÍS

Llevan más de treinta años pensando desde lo sostenible antes de que el término se popularizara. Han mejorado y sacado espacio en lugares donde nadie hubiera creído que existía de partida. Porque se han pasado décadas robando espacio al espacio, inventando un modo diferente de rediseñar museos y casas desde una posición inesperada; pensando en opciones para ahorrar energía; soluciones sencillas a través de la técnica de invernadero —altísimos estándares tecnológicos en construcciones muy simples de partida—, que encontraron en las áreas agrícolas de Burdeos y en las cuales se fijaron de forma inmediata, desde el principio de su carrera.

Han buscado soluciones de montaje y conservación impensadas para eventos artísticos como la documenta 12 de Kassel y han diseñado propuestas radicales pero respetuosas con el edificio para el Palais Tokyo de París. A veces han sido comprendidos en sus soluciones simples con mucho de vernáculo. Otras —sucedió en Kassel—, sus propuestas innovadoras han tenido que enfrentarse con las exigencias de lo consuetudinario a la hora de conservar las obras artísticas. Pese a todo, ahora que los museos se plantean maneras alternativas de conservación más sostenibles, Lacaton y Vassal parecen una especie de futuro desde el pasado en el presente.

La pareja de arquitectos franceses acaba de ganar el que se considera el premio más importante de arquitectura, el Pritzker, y con este galardón se hace justicia a una trayectoria profesional sin fisuras que jamás trabajó para ganar premios. La aspiración de estos dos arquitectos ha sido mucho más modesta: mejorar los espacios, del arte también; trastocar los valores que han gobernado la arquitectura; repensar el espacio sin alharacas; hacerlo habitable. Jamás parecen haber estado obsesionados únicamente por su impronta; suturando, remendando, mejorando lo que existía de partida, desde un museo a un edificio de vivienda social que se preservaría optimizado. Siempre sin jerarquías, cada vez con el mismo ahínco porque, al fin y al cabo, todos son lugares donde pasamos la vida.

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Hace una década hubiera sido un premio complicado de imaginar, aunque los que conocían sus propuestas y proyectos —de estrategas dispuestos a optimizar y nunca destruir lo que funciona— los veían como una apuesta luminosa. Fueron, bien es cierto, pronto visibles aquí a través de Luis Fernández Galiano y la revista dirigida por él, Arquitectura viva, que desde muy temprano supo entender y apoyar la propuesta contundente de estos arquitectos.

Quizás se debía al temprano interés del propio Fernández Galiano, quien ha publicado recientemente dos volúmenes, Las grandes esperanzas (1976-1992), en la misma editorial. En el primero, Empeños sostenibles, se reproducen varios de sus artículos que hablan, ya en la década de los ochenta, de cuestiones que hacen pensar en los invernaderos. Con este premio a Lacaton y Vassal se reconoce una trayectoria discreta, lúcida y comprometida y se abren posibilidades para reflexionar sobre unos museos sostenibles antes de la sostenibilidad.

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