Reportaje:ARQUITECTURA

Un palacio con espíritu de plaza

En 1937, para la exposición internacional, la capital francesa decidió edificar en el quai Tokio, es decir, junto al Sena y casi a la otra orilla de la torre Eiffel, un lugar pensado para exponer arte moderno. El concurso lo ganaron los arquitectos Aubert, Dondel, Viard y Dastugue con un proyecto neoclásico. Le Corbusier y Mallet-Stevens figuraban entre las 127 propuestas perdedoras. No puede decirse que la modernidad empezara triunfando.

Tras la exposición vino la guerra, con la guerra, la Ocupación, y con la Ocupación nazi, el arte moderno se convirtió en entartete kunst, arte degenerado. Con la Liberación, Jean Cassou pudo al fin comenzar a organizar el famoso museo, pero París ya no era la capital mundial del arte, los grandes creadores se iban al otro lado del Atlántico.

Hasta 1969, los 20.000 metros cuadrados del Palais de Tokyo se los repartieron entre el museo municipal de arte moderno y el museo nacional de lo mismo. Aunque se decidió dotarle de él en 1969, el nacional no encontró nuevo cobijo hasta 1977 y, a partir de entonces, los 8.700 metros cuadrados correspondientes al mudado nacional -su nuevo domicilio es nada más y nada menos que el Beaubourg- tuvieron destinos distintos y contradictorios: museo de arte y ensayo -presentaba las colecciones de otros centros cuando éstos efectuaban obras- hasta 1986, centro nacional de la fotografía luego, más tarde estudio de la escuela de cine para acabar siendo pensado como palacio de la imagen y del cine, es decir, un lugar de la penumbra.

El famoso palacio nunca llegó a ver la luz o, mejor dicho, la oscuridad, a pesar de las múltiples obras que se efectuaron en el lugar, porque desde 1998 se supo que éste había encontrado una mejor sede en el edificio que Frank Gehry imaginara para el Instituto Americano para que éste descubriera enseguida que no podía mantenerlo.

A los bordeleses Anne Lacaton y Jean Philippe Vassal les pidieron, en 1999, que estudiaran qué podía hacerse con el sitio si se quería dedicarlo a la creación contemporánea. La idea de los comisarios del lugar, Jérôme Sans y Nicolas Bourriaud, es 'convertir el lugar en un equivalente de la plaza de Djemaa el-Fna, en Marrakech, sólo que aquí los encuentros se producirán bajo techado'.

Para Lacaton y Vassal, la referencia al mítico espacio marroquí significaba dos cosas: que había que espabilarse con poco dinero y dejar un margen muy grande para que pudiese existir lo imprevisto. 'La primera vez que vimos la construcción era sólo una carcasa desollada, a la vez angustiosa y bella'. Con un presupuesto de 3.600.000 euros deciden olvidarse de los acabados y preocuparse por lo fundamental: 'Resolver problemas de estructura, crear una base resistente para obras pesadas, poner el conjunto de acuerdo con las exigencias de seguridad y asegurar un mínimo de confort'.

La calefacción dependerá de

aparatos propulsores de aire caliente, como los que se encuentran en las naves industriales, la refrigeración de una sensata organización de la corriente de aire y de un despliegue de toldos que proteja del sol.

'Hemos aumentado la porosidad del edificio', dice Vassal, 'pues ahora, a través de las cristaleras, vemos la calle, los paseantes, los coches, el mercado bisemanal..., la presencia de la ciudad'. Para Lacaton, la opción era lógica 'si se desea que esto sea como una plaza, que pueda cambiar con el día, en la que los artistas puedan moverse con libertad'. La estética destroy, tan socorrida en el caso de las discotecas, se adapta de maravilla al Palais de Tokyo. 'No hemos querido borrar las acumulaciones de distintos proyectos que se han sucedido, queremos que también quede rastro de los que van a venir hasta ahora, y de ahí que nunca pensáramos en uno de esos interiores de blanco impoluto', explican los arquitectos.

Palais de Tokyo de París
Palais de Tokyo de ParísROBERT HOLMES

El sueño de recuperar la capitalidad

PICASSO, MAN RAY, Brancusi, Dalí, Kupka, Kandinsky, Max Ernst, Giacometti, Miró, Gris, Tzara, De Chirico y tantos otros encontraron en París el lugar donde vivir, donde discutir con sus iguales, donde vender sus obras. Los dólares y las fortalezas volantes se llevaron los artistas a Nueva York. El Palais de Tokyo quiere reanimar el atractivo de París como foco de creación y contacto, ganarse para la ciudad no sólo los millones de turistas culturales que acuden cada año, sino también los miles de jóvenes con ideas. 'El arte sirve para que los políticos no se duerman, para que los pueblos no se duerman', declaraba Catherine Tasca, ministra de Cultura, el día de la inauguración del Palais de Tokyo. Para el presidente del Centre Georges Pompidou, Jean-Jacques Aillagon, la existencia del espacio dirigido por Sans y Bourriaud es 'una gran noticia porque nos liberará de obligaciones excesivas. Nosotros no podemos acoger lo más innovador o experimental en materia de moda, arte, arquitectura, vídeo o danza, jugamos una carta de síntesis, de resumen generalista. Además, nuestras instalaciones tampoco son las más adecuadas para ciertas formas de expresión contemporánea, el vídeo no encuentra su lugar, algunas instalaciones son demasiado grandes'. El nacimiento del Palais de Tokyo es una iniciativa que depende en un 50% del Ministerio de Cultura mientras que el resto se lo reparten empresas privadas y los ingresos que ha de ser capaces de generar el propio lugar -tienda, restaurante, entradas, etcétera-, pero es una iniciativa que coincide en el tiempo con otro parto, el del Plateau, 600 metros cuadrados en un barrio popular que ocupan unos antiguos estudios de televisión. 'Organizaremos de cuatro a cinco exposiciones al año al tiempo que proyecciones, conciertos y otro tipo de manifestaciones de vanguardia', dice Eric Corne, la figura visible de los vecinos que lucharon para que el lugar no fuera absorbido en su totalidad por una operación inmobiliaria clásica. Su éxito privado frente a la especulación unido a la voluntad ministerial -Tasca dixit- de 'favorecer la eclosión de formas nuevas de arte, menos dóciles para con el mercado', ¿son síntomas sólidos de una resurrección de la creatividad parisiense?

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