El coronavirus confina al Carnaval de Cádiz

Sin agrupaciones ni actos en la calle, la pandemia obliga a una descafeinada celebración con eventos digitales mientras los artesanos lanzan un SOS

La pequeña Lucía Álvarez, de cinco años, celebra el Carnaval de Cádiz confinada en casa con Verónica y Carlos, sus padres.
La pequeña Lucía Álvarez, de cinco años, celebra el Carnaval de Cádiz confinada en casa con Verónica y Carlos, sus padres.Juan Carlos Toro

Entre la realidad y el deseo, al Carnaval de Cádiz solo ha encontrado el resquicio de imaginar un futuro en el que pueda volver a revivir el pasado. A estas alturas, la pequeña Lucía Álvarez, de cinco años, tendría que estar luciendo su disfraz de Cenicienta en una calle abarrotada de gente. El artesano Juan Diego Aragón debería estar coordinando camiones atestados de escenografías para las agrupaciones del concurso del Falla. La niña se ha tenido que conformar con disfrazarse en casa con sus padres; Aragón con quitarle el polvo a los decorados pasados que atesora en su taller. Esa pandemia de la que el Carnaval se libró in extremis el año pasado ahora sí ha impactado de lleno en la fiesta grande de Cádiz. Sin chirigotas, ni actos en la calle, la ciudad se ha tenido que conformar con una descafeinada celebración digital.

“Tristeza, añoranza, resignación”. Al comparsista David Márquez, alias Carapapa, le salen de corrido los sentimientos que le vienen en este Carnaval en que el Cádiz se ha quedado sin su tradicional Concurso de Agrupaciones del Carnaval. La madrugada de este pasado viernes debería haberse celebrado la final en la que comparsas, chirigotas, coros y cuartetos se juegan el primer premio. Pero el teatro Falla, como toda la ciudad, está enmudecida por un extraño silencio. Sin alumbrado extraordinario, ni tablaos y, sobre todo, sin público en las calles parece ni ser febrero, en una anomalía que no se vive desde que el franquismo prohibió la fiesta y luego la reconvirtió en una suerte de festejo primaveral censurado. “La esperanza es que esto empiece a mejorar y solo sea un año nada más”, añade Carapapa mientras suspira al otro lado del teléfono.

A ese mismo deseo se agarra el Ayuntamiento que ha reducido la celebración a una web municipal y una campaña, Conserva las ganas, en el que invitan a los gaditanos a recordar agrupaciones de carnavales pasados o a concursos de disfraces desde casa. De hecho, la concejal de Cultura, Lola Calzadilla, ha optado por guardar los 1,3 millones de euros que el Consistorio destina a la fiesta por si pudiese llegar a convocar “actividades relacionadas con el Carnaval de Cádiz en los próximos meses, si la situación sanitaria mejora”. Si finalmente no puede ser, el dinero irá a partidas extraordinarias en asuntos sociales, ante las delicadas situaciones a las que la pandemia ya empuja a muchas familias de la ciudad.

Juan de Dios Aragón y Sonia Espinosa, de la empresa de decorados ‘Achicarte’, conserva en su taller decorados de agrupaciones del Carnaval de años anteriores ante la ausencia de nuevos encargos.
Juan de Dios Aragón y Sonia Espinosa, de la empresa de decorados ‘Achicarte’, conserva en su taller decorados de agrupaciones del Carnaval de años anteriores ante la ausencia de nuevos encargos.Juan Carlos Toro

Aunque nunca se han hecho estimaciones oficiales, en la ciudad habitualmente se ha dado por bueno que la fiesta deja un impacto de, al menos, 20 millones de euros. La cantidad solo se refiere a los días de celebraciones que ahora mismo se tendrían que estar produciendo, pero el impacto es mucho mayor. “Estoy convencida de que es una cantidad mareante”, apunta Calzadilla. Solo a Aragón y a su empresa de artesanía y decorados Achicarte le ha supuesto una caída en su facturación del 70% y un perjuicio que pesa como una losa para el resto del año: “La gente está supertriste, sin expectativa laboral. El Carnaval era el book de nuestros trabajos que nos abría la puerta para otras cosas y ahora no hay nada”.

Y esa nada se extiende a costureros, maquilladores y escenógrafos que viven de las agrupaciones —120 fueron en 2020— que se presentan al concurso, este año suspendido. Cada una, gasta una horquilla de entre los 6.000 y los 20.000 euros en su puesta en escena que luego amortizan con creces con galas a lo largo de todo el año. Después de que la pandemia paralizase el país el pasado mes de marzo, algunos de los grupos se han quedado en preocupantes números rojos. La comparsa de Carapapa no es una de ellas y, de hecho, es de las pocas que sí ha optado incluso por montar un nuevo repertorio, con tipos —disfraces— y escenografías que tienen previsto estrenar en una actuación en abril.

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En su apuesta para este año, bajo el nombre Carretera y manta, ha tenido que recurrir a complejos ensayos online con los que está aprovechando para compartir en redes sociales el proceso de conceptualización y creación de una comparsa. “Nos está costando muchísimo, pero también nos está sirviendo para aliviar un poco el mono, desconectar de la situación y mantenernos unidos”, explica el autor. De momento, ya ha conseguido emocionar a seguidores de todo el país con un pasodoble dedicado a los sanitarios españoles. Y eso en el año en el que el virus confinó a las ganas de celebración de la pequeña Lucía y miles de gaditanos ya es mucho cantar.

La duda de 2022

Nadie quería hablar de ello hasta que la concejal de Cultura de Cádiz Lola Calzadilla le ha puesto el cascabel al gato. La edil ya ha anunciado que el Ayuntamiento trabaja en un plan b para el Carnaval de 2022 en el que contemplan aplazar la fiesta si fuese necesario. Su premisa parte de una obviedad para quien conoce la tramoya de la celebración. Para que cada concurso oficial de agrupaciones se pueda celebrar al principio de cada año, es necesario que los grupos comiencen a ensayar entre septiembre y octubre del año anterior. De ahí que el Consistorio tenga sus dudas en que la vacunación pueda hacer viable ya para este septiembre que agrupaciones de, como mínimo, 12 personas, se puedan congregar en locales cerrados durante días para poder afinar sus repertorios.


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Sobre la firma

Jesús A. Cañas

Es corresponsal de EL PAÍS en Cádiz desde 2016. Antes trabajó para periódicos del grupo Vocento. Se licenció en Periodismo por la Universidad de Sevilla y es Máster de Arquitectura y Patrimonio Histórico por la US y el IAPH. En 2019, recibió el premio Cádiz de Periodismo por uno de sus trabajos sobre el narcotráfico en el Estrecho de Gibraltar.

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