CÓMIC

El paraíso perdido (de los años de plomo en Italia)

El último cómic de Felipe Hernández y Antonia Santolaya es un recorrido sentimental y político por la historia de Italia durante los setenta

Imagen del interior de 'Del Trastevere al Paraíso'.
Imagen del interior de 'Del Trastevere al Paraíso'.

El 12 de diciembre de 1969, a primera hora de la tarde, una bomba de gran potencia estalló en Piazza Fontana, Milán. El atentado en la sede de la Banca Nazionale dell’Agricoltora provocó 16 muertos y 87 heridos. El estruendo de esa jornada de muerte y destrucción movió los cimientos de toda Italia. Formaba parte de la “estrategia de la tensión” que antes había funcionado en Grecia para calentar el ambiente del golpe militar de 1967. Se extendía a Italia la lógica, entre sectores del Ejército, la política institucional, la economía y la extrema derecha, de atomizar la situación social para hacer “inevitable” un golpe de Estado.

En Del Trastevere al Paraíso, Reservoir Books 2020, novela gráfica de Antonia Santolaya (La Rioja, 1966) con guión de Felipe Hernández Cava (Madrid, 1953), aparece toda esta atmósfera al hilo de la historia personal de Valeria Stoppa, trabajadora en la actualidad de una residencia de enfermos de Alzhéimer en Roma, con 67 años, que se ve amenazada por el sendero de su pasado. Una historia que discurre por la memoria perdida, las identidades confusas, la juventud y los conflictos generacionales. También por la reivindicación individual frente a las lógicas militarizadas de la década de 1970 italiana, donde la protagonista fue una de la muchas jóvenes que tomó las armas en busca de un paraíso que no tenía claro ni cuál era su puerta de entrada ni mucho menos su puerta de salida.

Tras la Segunda Guerra Mundial, una Italia maltrecha económicamente, parcialmente destruida y desgarrada socialmente, vivía una anomalía política en el contexto europeo de la Guerra Fría y la confrontación mundial entre bloques. Un país prácticamente dividido en dos mitades. Un sur empobrecido y tradicional, y un norte industrializado, con fuertes estructuras de poder que dominaban la economía y con grandes bolsas de emigración procedentes de sur del país. El norte mayoritariamente votaba al Partido Comunista Italiano (PCI), el más potente de Europa Occidental, el sur a la Democracia Cristiana (DC), que confesaba previamente sus movimientos políticos al Vaticano. El sur además era el epicentro de una mafia con tentáculos ocultos por todo el país. El PCI era “El Partido” y tenía en sus manos ciudades importantes, regiones de absoluto dominio, además del control de muchas empresas estatales, la dirección de los sindicatos más importantes, una enorme presencia militante en la cultura y de manera oficiosa un canal de la RAI, la radio televisión pública italiana.

En la sombras de ese equilibrio hostil, operó durante años la Red Gladio, una organización clandestina dirigida por la CIA estadounidense, dedicada a poner interferencias en la posibilidad de un Gobierno comunista en un país perteneciente a la OTAN. No fue el único actor externo que actuó en ese tiempo. Los servicios secretos de algunos países del Este de Europa también husmearon en la trastienda de la política interna italiana y participaron activamente en conjuras secretas. En ese clima de cortocircuitos, con ruido de sables de fondo, la explosión del mayo de 1968 provocó movimientos telúricos en la atomizada vida política y social del país. Las bombas de Piazza Fontana buscaban desestabilizar a una sociedad que vivía su propia convulsión “revolucionaria” siguiendo la estela de lo que ocurría en París y otras ciudades europeas.

La policía acusó en un primer momento a la extrema izquierda de estar detrás de los atentados de Milán. Entre los primeros detenidos se encontraba el trabajador ferroviario Giusseppe Pinelli, conocido militante anarquista milanés. Tras tres días de interrogatorio apareció muerto tras caer de un cuarto piso desde el despacho del comisario Luigi Calabrese. Después de años de investigaciones, la autoría de Piazza Fontana apuntó al “terrorismo negro” de los grupos fascistas, partidarios también de la “estrategia de la tensión” que se infiltrarían en sectores de la izquierda para ejercer violencia política y actos de terrorismo, como en Milán.

El “otoño caliente” italiano convulsionó en medio de un fuego cruzado de disparos con distintos protagonistas apretando el gatillo y activando bombas. Menos de un año después de los atentados se presentaría en sociedad un nuevo grupo de “propaganda armada”, las Brigadas Rojas. Influidos por los cantos de sirena de la revolución cultural china, las BR era un grupo marxista-leninista, que operaba bajo la lógica de la toma del poder mediante secuestros, atentados y ejecuciones. Nacida a la sombra de la Universidad de Trento y fábricas como Sit-Siemens y Pirelli de Milán o la FIAT de Turín se extendió por todo el país. Su acción más sonada fue el secuestro y asesinato del político democristiano Aldo Moro en 1978. Partidario de firmar un “compromiso histórico” entre los dos grandes partidos italianos, el asesinato de Moro supuso un retroceso en la posibilidad de entendimiento entre ambas fuerzas y el inicio de un “periodo de emergencia” que dio alas a los sectores más reaccionarios de todos los bandos. Para las BR fue el principio del fin, desaparecería sin apenas fuerza ni apoyo en la década de 1990.

“El libro es una ficción que hemos construido entre los dos”, comenta Santolaya sobre Del Trastevere al Paraíso en un café próximo a la madrileña plaza de Tirso de Molina, “Cuando supe de la posibilidad de la beca de la Academia de España en Roma, le propuse que trabajáramos juntos. Yo me fui allí a trabajar en el guión de Felipe y el resultado es una reflexión gráfica de la intrahistoria del guión y a posteriori es cuando con Reservar Books abordo de nuevo el guión desde una visión más narrativa y acorde con la época”. En 2016 la ilustradora —Premio Apel-les Mestres 2000, Mención de Honor en México Norma Ediciones 2010 y Premio Albúm Ilustrado Biblioteca Insular Gran Canaria 2011— disfrutaba de la beca otorgada por la Real Academia de España en Roma, trabajando sobre el guion de Felipe Hernández Cava, cuando precisamente escuchó en la radio una noticia relacionada con el juicio sobre el secuestro y asesinato de Aldo Moro.

“Quería trabajar con Felipe y además queríamos hacerlo sobre Italia y esos años que él conoce bien. Es Felipe el que me dice que tiene una historia que le gustaría contar y en el transcurso de escribirla se va empapando de muchas de las vivencias propias y de todos los de su entorno, incluida yo misma. Cuando estoy haciendo el trabajo en Roma, escucho por la radio que está el juicio por el caso Aldo Moro, coincidencia que ponía de manifiesto que el pasado regresaba al presente. Yo definí el personaje y él me mandaba notas de cómo lo imaginaba. Lo entendió perfectamente. Felipe va al individuo, lo observa y lo acompaña. Los detalles sutiles que introduce son enormemente ricos en el relato. Algo que era muy importante para contar la historia de Valeria, porque buena parte del relato es muy intimista”.

Página de 'Del Trastevere al Paraíso'.
Página de 'Del Trastevere al Paraíso'.

En la disyuntiva humanista del personaje, la apelación al paraíso no es casual. Referencia de un horizonte de liberación de las cadenas terrenales, para habitar un futuro en armonía espiritual, fue también parte del discurso del post-68 italiano que aportó algunas consignas —igual que ocurrió en París— de nueva factura. “La clase obrera va al paraíso” fue una de las muchas pintadas que caldearon los muros de fábricas y universidades. Con ese mismo lema Elio Petri dirigió la película ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1972, con banda sonora de Ennio Morricone. La historia de un trabajador modélico en el contexto de una fábrica en disputa. Uno más de aquellos años, como las universidades, los barrios o la cultura. La paleta de colores de aquella izquierda insurgente, que abarcó luchas feministas, radios libres, grupos culturales… se refleja bien en un libro que es a la vez un manual para conocer cada uno de los grupos, debates y detalles del momento, La horda de oro (1968-1977) de Nanni Balestrini y Primo Moroni, editorial Traficantes de Sueños, de 2006.

El trabajo de Antonia Santolaya deslumbra por su color, logrado a través de combinaciones de lápiz y acuarelas, que trasmiten una vitalidad especial al relato. “Pensé en dibujar en blanco y negro, pero los años 70 en Italia son también un estallido de color chirriante. Todo es muy brillante y hasta cierto punto pop. La vida en ese momento no estaba discurriendo en blanco y negro sino todo lo contrario. Era una apertura a muchas circunstancias sin experiencia. Además quería plasmar también los colores del Trastevere romano, el color característico del barrio”. En aquella década también emergieron movimientos contraculturales de enorme potencia. Valeria Stoppa no es ajena a esas circunstancias, son también las suyas y las de su circulo de amigos, en estado de equilibro existencial. Uno de ellos, Ivo, es el hilo conductor de las dudas y miedos de Valeria. Una figura que pisa tierra y camina en paralelo a la protagonista, como cómplice de una memoria encerrada. “En nuestras vidas hay un personaje que siempre está, es el amigo”, apunta Santolaya.

Página de 'Del Trastevere al Paraíso'.
Página de 'Del Trastevere al Paraíso'.

Felipe Hernández Cava —Premio Nacional del Cómic 2009 y guionista de referencia—, en un texto que acompaña al libro, desarrolla su propia declaración de intenciones. “Pertenezco a una generación que se dejó tentar por la posibilidad de congelar la interpretación del mundo, para, a partir de una visión plagada de certezas, transformar el mundo (a sangre y fuego, si era preciso)”. Para Hernández Cava es importante que “muchos de los estragos que causamos en aquellos días en que la cordura fue desterrada” no se “reivindiquen positivamente por una parte de nuestra juventud y por algunos adultos que se sintieron frustrados de que nuestros delirios no triunfaran entonces”. En esa relectura de los tiempos, un mito fundacional de aquella generación fue Ernesto Ché Guevara, que atraviesa el libro y la propia composición de valores desterrados de la protagonista. Una referencia que va directa, todavía hoy, a la fibra sensible de una parte significativa de la izquierda. La intención de Hernández Cava es enterrarlo como icono de generaciones presentes y futuras. Asunto que da para un debate propio. Pero, más allá del Ché, está Valeria. Un personaje creíble, complejo, con sensibilidad propia y muy trabajado en el trazo y la escritura afilada. Una persona en proceso de sanación de dolores íntimos, con la familia como horizonte de rencuentro casi místico.

El libro proyecta la necesidad de un examen de conciencia sobre los fracasos y delirios de una izquierda que quiso asaltar el cielo empuñando las armas. Ejercicio que, sin embargo, no se debe desligar del análisis de un tiempo de puertas cerradas en el que apenas había rendijas por las que entrase el aire. Deshojada la flor de las certezas, el ejercicio de recuperación de la memoria es necesario en su conjunto, no solo en parte, porque así solo se puede entender como una dolorosa fractura parcial de un tiempo. La droga de la violencia y el terrorismo, como la droga que entraba por las venas de otra parte de esa misma generación desencantada, era el resultado de un modelo social construido sobre una serie de injusticias y frustraciones todavía hoy no resueltas. En el caso de Italia, además, hubo actores sin nombre propio que conspiraron a favor de intereses ocultos, como el inductor de la acción de Valeria, personaje fundamental de la trama. Circunstancias sin las que parece difícil entender el conjunto de la fotografía. En ese sentido, el libro es parcial desde el punto de vista del contexto, más allá de una protagonista con una enorme fuerza interior y una mirada propia poderosa.

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Autores: Felipe Hernández, Antonia Santolaya
Editorial: Reservoir Books
Formato: Tapa dura (288 páginas) y eBook 


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En esa lógica de paraísos en confrontación, la religión y la fe tienen un peso importante en la idiosincrasia de los protagonistas y del propio relato. Lo dice Ivo en un momento del libro: “la humanidad se pasa la vida concibiendo paraísos de los que luego la gente no sabe cómo escapar”. Sean políticos o religiosos. La familia puede ser un lugar de encuentro consensuado a partir del afecto, o tal vez no. El sufrimiento de los padres de Valeria —y la dedicatoria de los propios autores— parece exhortar a una reflexión para evitar ese dolor. “El amor de Dios es el árbol de la vida en medio del paraíso terrenal”, decía Santa Teresa de Jesús. Para Antonia Santolaya “lo que has vivido te construye y tiene unas consecuencias no sólo para ti, sino también para tu entorno. Da igual la época, la épica del guerrero está muy valorada, pero… ¿qué hay dentro del ser humano?”. En una muestra pública de sus dibujos en Roma, una mujer se acercó y comentó a la ilustradora: “Yo soy tu Valeria. Parece que estás contando mi historia”. 

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