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John Cleese: “Los políticos tenían antes personalidad. Ahora son solo gente obediente”

El exintegrante de los Monty Pyton actuará en abril en Barcelona y Palma de Mallorca con su obra 'La última oportunidad de verme antes de que me muera"

El actor británico John Cleese, el pasado 17 de febrero, en Sydney (Australia).
El actor británico John Cleese, el pasado 17 de febrero, en Sydney (Australia). Getty Images

Antes de que empecemos con esto, tengo varias preguntas que hacer”, advierte John Cleese (Somerset, Reino Unido, 80 años). Acaban de operarle de un pie y atiende al teléfono tumbado en “una bonita casa de Miami”, recuperándose para reprender su gira por teatros, que lleva por título Last Time to See Me Before I Die (La última ocasión de verme antes de que muera).

Obviamente, el exmiembro de Monty Python, capaz tanto de interpretar tanto a Arquímedes como a Q de la saga de James Bond, apabullante y descacharrante presencia en la clásica Un pez llamado Wanda y creador y protagonista de la serie Hotel Fawlty, tiene prisa. “A ver, Hotel Fawlty. ¿Me escuchas?". “Sí”. “¿De dónde era Manuel en vuestra versión?”. “Mexicano”. “Por eso hemos vendido cinco noches enteras en Lisboa y solo una en Barcelona”, parece bromear sobre la parada que su gira tiene en la capital catalana el próximo 13 de abril. El 16 estará en Palma de Mallorca (actuando y buscando casa).

"El mundo se ha vuelto un lugar dominado por gente que vive resentida

“¿Por qué crees que lo hicieron de México en la versión catalana?”, insiste.Hotel Fawlty, creada por el propio este inglés en 1974 para la BBC, tuvo un amago de emisión en TVE en 1981. Allí, Manuel, el camarero del hotel maltratado sistemáticamente por un John Cleese disparatado y tiránico, fue durante dos episodios italiano. Se llamaba Paolo. TVE no supo qué hacer con eso y cinco años más tarde, la FORTA recuperó la serie. En el doblaje catalán Manuel era mexicano. ¿Por qué? Pues porque en la original era de Barcelona y alguien debió pensar que eso no era divertido. ¿Le molesta a Cleese? “No, qué va. En algún país Manuel llegó a ser iraquí. Ya ves. Siempre me ha gustado hacer bromas sobre el origen de las personas. En Inglaterra hacemos chanzas sobre los irlandeses, en Chicago sobre los ingleses. Ha sido siempre clave en mi humor, pero últimamente se hace complicado por todo esto de la corrección política”, dice el cómico a partir de algo que sucedió hace más de 40 años. “Pero es que ahora es distinto”, incide.

No voy a pagar impuestos en un país con un Gobierno que no respeto. Me voy a mudar a España

“Ahora todo el mundo está enfadado. Siempre vas a enfadar a alguien hagas lo que hagas o digas lo que digas. Europa está cabreada. ¿Soy un privilegiado por ser un hombre blanco inglés? Todo el mundo en Inglaterra es un privilegiado si lo comparas con los que han nacido en Bangladesh. ¿Qué conclusión saco de esta coyuntura? Pues que el mundo se ha vuelto un lugar dominado por gente que vive resentida”.En los últimos años, concretamente desde que se abrió cuenta en Twitter (5,7 millones de seguidores), John Cleese se ha convertido en un perfil ideológico incómodo para parte de sus millones de fans en todo el mundo. Estamos hablando de una señor que regularmente actúa en Singapur y que es capaz de colgar el cartel de “no hay entradas” en Holanda o Dinamarca. Cleese es padre y tutor de un tipo de humor basado en los resortes de lo más mezquino del ser humano.

“¿Apropiación cultural? Marco Polo robó la pasta a los chinos”

Durante casi toda su carrera ese papel de ser despreciable se lo ha encargado a sí mismo con resultados maravillosos. “Twitter no es nada diferente a lo que llevamos haciendo 2.000 años. Me gusta. Hago a la gente reír. Por la noche me pongo serio y entonces es cuando la gente me responde. He hecho incluso algún amigo en Twitter”, explica este ferviente defensor del Brexit y a la vez extremadamente crítico, casi hasta lo cruel, con un personaje como Donald Trump. “Por Dios, que se llama Don. ¿Cómo vas a elegir como presidente a un tipo llamado Don y esperar que no sea un payaso? Pienso en el juicio del impeachment y creo que casi todos los estadounidense deberían ser testigos. Eso sí, él no representa a EE UU. Es un país del que nos gusta reírnos, pero tiene cosas muy buenas. La mitad de mis amigos son estadounidenses. Son gente de luz, optimistas, bonachones”.

¿John Cleese valora la bondad? “Tengo 80 años y el pie en alto tras una operación. ¿Qué quieres?”. John Cleese encaja en el papel de librepensador, un rol que justo los que están de su lado han degradado en tiempos recientes. Esto le ha propiciado encontronazos incluso con algunos de sus excompañeros en Monty Python.

El año pasado Terry Gillian declaró que no compartía en absoluto la cosmovisión de su antiguo compañero de buenas ideas. “Estuve un tiempo apoyando al Partido Liberal Demócrata en Reino Unido. Quería que tuviéramos un sistema electoral proporcional. Pero me decepcioné. No solo con ellos, con todos los políticos. Antes un político era un tipo anclado en la realidad, conocedor de los elementos clave de la economía. Un profesional con personalidad. Ahora son solo gente obediente. Aún espero que un político británico haga algo para limpiar la prensa de mi país. Pero no hay señales de que nadie en la Parlamento vaya a proponer algo para arreglar eso. Así, no voy a pagar impuestos en un país con un Gobierno que no respeto. Me voy a mudar a España. Mi mujer vivió en Madrid seis años cuando era adolescente. Creo que vamos a buscar una casa en Mallorca”. Le van las islas. “Sin duda, hay un sentimiento de comunidad que no hay en otros lugares”.

Apenas 24 horas después de esta conversación fallecía Terry Jones, compañero de John Cleese en Monty Python, icono, como él, de todo lo que hace reír y pensar y viceversa. Perdimos la ocasión de verle antes de morir. Con John Cleese aún existe esa opción. “¿Apropiación cultural? Venga, si Marco Polo robó la pasta”, responde ante ninguna pregunta. Y luego se pone a contar un chiste sobre un irlandés que ha contado en todas las entrevistas de la última década. Héroe es aquel que no teme no siempre parecerlo.

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