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De visita por la Ibiza tardofranquista

Vicente Valero retoma en 'Enfermos antiguos' el tema literario de la convalecencia y evoca su infancia con los 'hippies' de fondo

El escritor y poeta Vicente Valero, en Madrid en febrero de 2020.
El escritor y poeta Vicente Valero, en Madrid en febrero de 2020.

La Ibiza de los años sesenta y setenta que describe el poeta y escritor Vicente Valero (Ibiza, 57 años) no se ajusta al gastado estereotipo de melenudos nudistas y relajación de costumbres. Los famosos hippies ibicencos ocupan un discreto segundo plano en Enfermos antiguos (Periférica), el nuevo libro con el que este autor recupera estampas de su infancia en la isla —la misma donde todavía hoy reside— y continúa la serie que arrancó en su anterior novela, Transiciones. “En los sesenta, el turismo aportaba un nuevo clima moral pero los lugareños mantenían unas firmes costumbres”, explica el autor una mañana de febrero en Madrid. Y un hábito muy arraigado, al menos en la rutina de su madre, era el de visitar a amigos y allegados que padecían alguna enfermedad. 

“La convalecencia: aquel modo de tiempo suspendido, aquella pausa que los cuerpos y mentes exigían, aquel arropamiento. Y estar enfermo de aquella manera, me parecía a mí entonces, no era bueno ni malo”, escribe Valero, ganador del premio Loewe de Poesía en 2007 por Días del bosque y autor de más de una decena de libros y ensayos como Los extraños, El arte de la fuga o Duelo de alfiles. En su nueva obra se detiene en las tertulias domésticas que propician las visitas y la mezcla de personajes, desde un cura hasta el médico, que acababan concurriendo en las reuniones, muchas veces con el enfermo en otro cuarto. “Quería recordar esa forma de estar enfermo durante semanas con amigos que venían, la sociabilidad que permitía en aquella comunidad pequeña y tradicional. Todo eso se ha perdido”, reflexiona.

Las visitas a las casas de los convalecientes que va hilando en las páginas del libro le permiten retratar, sin que falte el humor, aquella Ibiza tardofranquista desde la perspectiva de un niño, que, por ejemplo, rápidamente entiende que el estatus de enfermo ha ganado prestigio porque Franco padece flebitis y el papa Pablo VI también está malo. “Eso consolaba a los enfermos”, recordaba Valero. ¿Por qué decidió hablar de aquella España a partir de los enfermos? “Esas personas convalecientes representaban la sociedad que se terminaba, sus hijos protagonizaban el cambio, y solo faltaba la democracia para que fuera completo, pero a ellos esos cambios solo les producían desconfianza”, responde. “Mi madre no me llevaba a ver moribundos, de alguna manera me protegían de la muerte”. 

En el libro se refiere a una “civilización desaparecida”, esa que según afirma, estaba construida por personas que pensaban en “sobrevivir, no en prosperar”. Las casas que va recorriendo con su madre, los espacios, le llevaron a las personas, y a esas largas tertulias donde las mujeres, a diferencia de lo que ocurría en otros espacios que eran públicos, podían, no solo participar, sino ser protagonistas. De esos espacios no queda nada, admite Valero, quien, sin embargo, se resiste a caer en nostalgia fácil por la Ibiza perdida: “La infancia es un mundo que no existe. Cuando escribes sobre ella revives algo que ha muerto. Lo que me maravilla es haber sido niño”.

El nieto de una familia de exiliados que regresa a Ibiza y de quien el niño que narra Enfermos antiguos se hace amigo, permite a Valero hablar de las historias latentes y silenciadas tras la guerra. “La corriente reaccionaria en Baleares fue muy dura. Desde septiembre de 1936 ya era territorio franquista y los primeros exiliados marcharon a Barcelona y Valencia. Muy pocos volvieron”, apuntaba. Y un excéntrico profesor suplente con afición a sacar a los alumnos de clase y hacerles subirse a árboles, el verdadero hippie del libro, le permite subrayar cuánto de viejo traían los aires supuestamente nuevos.

Lo que sí era una novedad fue el turismo, y los muchos extranjeros que acaban viviendo en la isla. “No se veían como turistas en los sesenta porque iban a un sitio especial y pensaban que por eso eran especiales y en la isla les dejábamos que se lo creyeran”, dice irónico Valero. Al destacado teórico moderno, Walter Benjamin, que visitó Ibiza en 1932 y 1933 le ha dedicado este autor un par de libros. “Leyendo su biografía descubrí que había estado en la isla y había una laguna considerable y mucho que investigar”, explicaba. Se puso a ello y publicó Experiencia y pobreza. Walter Benjamin en Ibiza y la correspondencia de Benjamin desde la isla. “Él encontró un mundo arcaico, usos y costumbres del siglo XIX, una cultura popular muy rica patente en arquitectura, en canciones, en la artesanía”, explicaba. Aquellos años treinta fueron el momento en que Ibiza encandiló y marcó al arquitecto Sert o al artista y escritor Raoul Haussman. Y curiosamente ya se lamentaban de la masificación y la pérdida de autenticidad, por ejemplo, el propio Benjamin. “Se quejaba en una carta de la cantidad de gente y viajeros que en el 33 había en el pueblo, que no había quien lo aguantara y maldecía a los ibicencos”. Muchos años después Valero preguntó a quien había sido alcalde de San Antonio en aquel momento si recordaba cuánta gente de fuera había aquel verano de 1933 en el pueblo. “Guardó silencio. Lo pensó y me dijo que 25”, cuenta Valero. “Y Benjamin hablaba de las densas sombras que acechaban por los veraneantes y tenderos”.

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