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El fotógrafo del desmadre popular

Fernando Herráez publica ‘Ritos ibéricos’, su visión de las fiestas en España y Portugal de los años setenta

Mujer de rodillas alrededor del santuario del Santísimo Cristo de Gende (Pontevedra), en 1976. Ver fotogalería
Mujer de rodillas alrededor del santuario del Santísimo Cristo de Gende (Pontevedra), en 1976.

Fernando Herráez (San Fernando, 71 años) fue uno de los cuatro jinetes del Apocalipsis. Así se autodenominaba el grupo que formó, junto a Cristina García Rodero, Cristóbal Hara y el fallecido Koldo Chamorro, en los años setenta, cuando recorrieron hasta el último pueblo de España para documentar fiestas, procesiones, romerías… Pese a la calidad de su blanco y negro clásico, puro, Herráez no encontró quien editase ese trabajo, que abarca desde 1971 hasta 1980 y con el que le hizo más de 250.000 kilómetros a su Seat 600. "Yo mismo maqueté el libro, enseñé las fotos en ocho exposiciones por Francia, Alemania y Holanda, pero nadie mostró interés en publicarlo. Después lo intenté en España y tampoco, así que lo encerré en el cajón", dice Herráez en la sede de la editorial Libros.com, que gracias a una campaña de micromecenazgo va a publicar en marzo, por fin, su retardada obra, Ritos ibéricos. Es un libro con un centenar de fotos, "algo más de la mitad inéditas", señala.

Herráez quedó también fuera del foco editorial porque García Rodero había publicado el histórico España oculta, en 1989. "Mis posibilidades se volvieron nulas", señala. “A Cristina la conocí en 1974. Yo iba a la fiesta de los Moros y cristianos y me encuentro a una chica con dos Pentax colgando. '¡Qué raro, una chica aquí!', dije. Nos presentamos. Ella tuvo la suerte de encontrar a la persona adecuada para publicar su trabajo". Fue en Lunwerg, de la mano del editor Juan Carlos Luna.

Fotógrafo que estudiaba para farmacéutico, Herráez no solo lamenta que su obra sobre los ritos populares en la Península haya permanecido tantos años en el ostracismo. “¿Sabes la cantidad de trabajos fotográficos interesantes que hay en España y nadie ha sacado? En cambio, lo que viene del extranjero es siempre fantástico… Este país es siniestro para los creadores y si no eres adicto al régimen de turno vas de culo. Yo siempre he sido un ave solitaria, no me ha gustado ni un lado ni otro”, sentencia.

Fernando Herráez, en la editorial Libros.com el pasado enero.
Fernando Herráez, en la editorial Libros.com el pasado enero.

Con una formación basada "en los pocos libros que entraban en España desde Francia", empezó a viajar por Europa a mediados de los setenta. “Me alojaba en la sede de Magnum [en París] gracias a que conocía a Koudelka. Él me enseñó cómo hacer fotografía. Yo le miraba y estudiaba su técnica, de la que luego procuraba apartarme lo más posible. Fue de alguna manera el padre de nosotros cuatro. Él me presentó a Koldo y a Cristóbal, pero Koudelka y Cristina nunca se llevaron bien".

Fue en 1973 cuando Herráez había conocido al legendario checo. “Fui a hacer fotos a una romería en Andújar. Vi a un fotógrafo muy alto, con barba, desaliñado y gafas anticuadas. Volví a verlo en una Rapa das Bestas y me acerqué. Le ofrecí dormir en mi tienda de campaña a cambio de pagar la gasolina a medias". Ahí comenzó una relación que les llevó cinco años por España, Portugal y el centro de Europa. "Aún hoy nos vemos, conservamos una amistad… entre comillas", afirma. Sobre cómo trabajaba el hombre que retrató la revuelta checa, a Herráez le admira que solo tardase “cinco minutos en concentrarse, en olvidar que tenía una cámara en la mano". "En cambio, yo tardaba una hora. Koudelka no paraba de trabajar, pero la calidad de un fotógrafo está en cómo y cuántas fotos seleccionas”, afirma mientras golpea con los nudillos la mesa.

Romería de Ataúdes en Santa Marta de Ribarteme (Pontevedra) en 1975.
Romería de Ataúdes en Santa Marta de Ribarteme (Pontevedra) en 1975.

Aquellos cuatro jinetes del Apocalipsis acabaron tomando cada uno su camino. “Éramos muy diferentes, pero bien avenidos la mayor parte del tiempo. Nos enseñábamos las fotos, las discutíamos, las desechábamos… durante una época”. El cuarteto llegó a celebrar una reunión en casa de una galerista para formalizarse. “Cada uno tenía su concepto de las fiestas, pero los cuatro teníamos la idea de hacer la foto perfecta, con la que no hiciera falta un reportaje de 15 imágenes para contarlo todo. La intención era no preparar las escenas, aunque algunos del grupo lo hacían. Yo nunca". Años después volvieron a reunirse. Fue en el despacho de un alto cargo de cultura del presidente José Luis Rodríguez Zapatero. “Nos dijo que estaban interesados en nuestra obra, pero ¡quería que la cediéramos gratis! Nos levantamos todos. Corte de mangas por aquí y por allá”.

Sobre las fiestas y ceremonias de su libro, la cotidianidad que reflejó, las rememora así: "El momento de no reprimirse, de irse a un pueblo y poder follar con una tía, de beber… además, el aparato político y policial hacía esos días la vista gorda. Yo buscaba gente que se desmadrara y que no le importara hacerlo delante de una cámara”.

Después, Herráez formó parte de Cover, la gran agencia fotográfica española, fundada por Jordi Socias; hizo fotografía industrial y dio clases en la escuela de PHotoEspaña en Alcobendas a alumnos que han sido mecenas de Ritos ibéricos, un libro que es la punta del iceberg de su legado. “Tengo maquetados cinco libros sobre España, luego está mi obra personal y la paisajística… ¡pero aquí no interesa! Así que la gente no cree que lo voy a hacer, pero cuando tenga 80 años destruiré toda mi obra… si llego. Milagro sería que no lo hiciera. Si la fotografía no me ha dado en vida lo que yo quería, nadie se va a aprovechar después de muerto”.

La libertad descubierta en Portugal

Herráez recorrió también Portugal de cabo a rabo en los años setenta. “Fui por la Revolución de los Claveles (1974), aunque no llegué en el momento crucial, sino al año siguiente. Vi la libertad de los partidos políticos y me emocionó”. El fotógrafo recuerda que “se comía muy bien, la gente era simpatiquísima y yo no tenía problemas con la policía, no como aquí, que me detuvo varias veces”. Un fotógrafo era alguien molesto en aquellos años, aunque fuera durante las fiestas. “Una vez, en Irún, estaba en una tamborada con Koudelka. Vino un policía y nos quitó las máquinas, luego nos las devolvió, pero a un francés que estaba con nosotros le pidió dinero para dársela… A ese policía lo mató después ETA, curiosamente”.

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