Condescendencia con el paleto

Ron Howard patina en la adaptación de unas memorias sobre el Estados Unidos que le dio el poder a Trump

Glenn Close y Amy Adams, en 'Hillbilly, una elegía rural'. En el vídeo, tráiler del filme.

Basada en una memoir de J. D. Vance que en 2016 se convirtió en uno de los libros de año de Estados Unidos, Hillbilly, una elegía rural se centra en una historia de superación personal dentro de una familia disfuncional de la clase trabajadora de la América profunda. La “elegía” de Vance, un exmarine nacido en los Apalaches que acabó en la elitista Yvy League y que ahora dirige una empresa de inversión de Silicon Valley, se percibió como una panorámica desde dentro de los white trash votantes de Donald Trump. Dirigida por Ron Howard y estrenada después unas elecciones que le devuelven el control de la Casa Blanca al Partido Demócrata, la versión que interpretan Amy Adams y Glenn Close (madre y abuela del personaje principal) es una visión edulcorada y ligeramente condescendiente de un mundo de perdedores analfabetos y racistas a los que Hollywood pretende mirar con una comprensión altiva que no cuela.

El personaje principal estudia en Yale cuando recibe una llamada de su hermana para comunicarle que tiene que volver a casa porque su madre ha tenido una sobredosis de heroína. Es el punto de partida de un filme que se organiza entre tres épocas hasta trazar un árbol genealógico arraigado en los códigos de los colonos de las montañas. Una mistificación de una pureza rural cuya decadencia está más pegada a la marginalidad que a otra cosa.

Como no podía ser de otra manera, las interpretaciones de Glenn Close y Amy Adams destacan, pero se acaban enquistando por un exceso de autoconsciencia. Ambas hacen un notorio trabajo físico para parecerse a las dos mujeres reales, algo que el espectador comprueba con el álbum de fotos documental que cierra el filme, una costumbre de las películas “basadas en hechos reales” que empieza a ser cansina, perezosa y manipuladora. La caracterización de las actrices para parecerse a los personajes reales es una labor que solo vale como punto de partida y que, en el fondo, al espectador no le incumbe, porque eso no certifica la profundidad de su trabajo.

En un momento de la película, el adolescente que interpreta al J. D. Vance del instituto se queja porque su madre, una mujer violenta y adictiva, no le deja escuchar un discurso de Al Gore. El futuro votante demócrata también corrige con cariño a su abuela cuando se refiere con desdén a los indios mientras él habla de nativos americanos. Cuando en una reunión con claros representantes del establishment se refieren con desprecio a los suyos como rednecks, paletos, el protagonista salta con rabia y orgullo en defensa de sus raíces. Y así, una sucesión de golpes de brocha gorda que pretende conciliar las dos Américas con un todo-el mundo-es-bueno cuya impostada indulgencia resulta difícil de creer.