Opinión
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Pintadas y pintoras del XIX español

Buena parte de los cuadros de la exposición ‘Invitadas’ fueron premios en las exposiciones nacionales, aunque a menudo hayan sido ignorados

'La reina doña Juana la Loca, recluida en Tordesillas con su hija, la infanta doña Catalina', de Francisco Pradilla y Ortiz, óleo de 1906.
'La reina doña Juana la Loca, recluida en Tordesillas con su hija, la infanta doña Catalina', de Francisco Pradilla y Ortiz, óleo de 1906.MUSEO DEL PRADO /

Que nadie se llame a engaño frente a la pintura del siglo XIX y sus representaciones de las mujeres, muy abundantes en Europa por otra parte. Bajo la apariencia previsible y a menudo oficialista —la segunda mitad del siglo tiene fama de tediosa—, se esconden claves esenciales para desentrañar cierta situación social que explicaría, entre otras cosas, la escasa fortuna crítica de las mujeres dispuestas a salir de las categorías impuestas. Son las escritoras, artistas e incluso copistas; jóvenes que, reflexionaba Rilke en su autobiografía, salían de una casa venida a menos, dispuestas a ver el mundo e incluso a ganarse la vida. En todo caso, mejor el museo que la iglesia como excusa para salir a la calle. Mil veces mejor.

Y es aquí donde empiezan los problemas —y la abundante iconografía— porque las primeras salidas de las jóvenes a las calles, lejos de casa, traen consigo libertad para las mujeres, si bien al tiempo acarrean disgustos, hijos fuera del matrimonio, deshonor para las familias… Es un cambio de paradigma que —sucede cada vez que las mujeres damos un paso adelante— conlleva el castigo, lo saben los pintores prerrafaelistas. Salir al mundo es caer. Y caer es perderse. A veces, si se es afortunada, la familia recogerá de vuelta en el redil a las ovejas que han dado un mal paso. Si no, el deshonor y la muerte perseguirá a las insurrectas.

La pregunta surge insidiosa: hasta qué punto caían tantas mujeres, como hace pensar la iconografía del XIX, desde la Rusia de Perov hasta la Inglaterra de Rossetti y se ha hecho visible en Invitadas, en la abundante proliferación de desnudas y caídas en España. Bien visto, las hijas de las clases trabajadoras han salido a buscarse la vida siempre y, seguramente, han caído presas de los desaprensivos y de la necesidad, entonces como ahora. ¿Y si toda esta iconografía de la segunda mitad del XIX, donde se refleja la idea de las mujeres que salen al mundo y los peligros que les acechan, tuviera más que ver con un aviso, una advertencia, una preocupación no tanto por los resbalones de las jóvenes, sino por su incipiente libertad?

La pregunta, más que lícita, queda contestada en el caso español y puede corroborarse en el recorrido por tantos cuadros nunca antes vistos, arrumbados en los viejos almacenes. Estas representaciones debieron de interesar al gusto dominante: buena parte de los cuadros expuestos fueron premios en las exposiciones nacionales ―por eso se conservan en el Prado―, aunque a menudo hayan sido ignorados. Viendo lo que podría leerse como una advertencia del poder a esa rudimentaria libertad de las jóvenes, se desvelan los obstáculos con los cuales tuvieron que luchar aquellas que desbordaban las expectativas y decidían seguir un camino diferente al impuesto, entre ellas las artistas. Por esta razón es emocionante ver a Adela Ginés o Antonia Bañuelos restauradas y colgadas en las paredes del Museo del Prado. Después del recorrido de advertencias desde la mirada dominante, entre desnudos y caídas, la sensación es que, pese a todo, lo han conseguido. Al fin.