Noches de verano

Un bravo para la gente del Grec 2020 y su empeño en salvar el festival

Inauguración del Festival Grec de 2020 en Barcelona.
Inauguración del Festival Grec de 2020 en Barcelona.Andreu Dalmau / EFE

Un bravo para la gente del Grec 2020 y su empeño en salvar el festival. Entradas casi regaladas: a 15 euros. Bofetadas para pillarlas, claro, sobre todo los primeros días. Un poco liada la nueva información: es lo que tiene esquivar los programas de papel. Otro problema puñetero pero necesario: el habitual aforo de dos mil butacas se ha visto reducido a ochocientas. La doble inauguración del certamen llegó en forma de collage. La primera, el 1 de julio, con un aire de cabaret de madrugada, al que no le hacía juego el título de A tocar!: lo único sosaino de la velada. Grandes personajes realísimos, de los que elijo una decena: Camille Decourtye y Blaï Mateu, los directores de Baró D’Evel. Tortell Poltrona, un Krusty de humor ultraácido. O en sabias palabras de Jacinto Antón, “hablando de la muerte como solo un clown de verdad podría hacerlo”. La pareja D’Evel sirvió una escena que se convertirá en clásico: el dúo en blanco y negro que se rompe a trozos abrazándose. Hay que verlo, si no lo vieron en Falaise. Hablando de bicolor: un juego similar pero proyectado sobre el muro frontal, con el inconfundible estilo de Frederic Amat.

Más: Imma Colomer, dando vida y emoción a un texto de Marina Garcés recorriendo el recuerdo de una eterna noche de verano. Y cuatro sorpresas: la bailarina María Muñoz; la maravillosa fadista Lina, acompañada por Refree al piano y a la guitarra por Nicolas Laforest. 4 de julio, nueva sesión, No passa cada dia que algú ens necessiti, dirigido por Carme Portaceli. Un texto demasiado largo con 18 intérpretes para un puzle bastante desnortado, mucha buena voluntad pero, ay, que pierde vuelo muy pronto. En realidad, una multilectura dramática (no hubo, me dicen, tiempo de memorizar), con referencias a Camus, Beckett, Shakespeare y Koltès, entre muchos otros. Me quedo con Nao Albet, revisitando la ingenuidad de su Vladimir en Godot; la naturalidad poderosa de las danzas de Sol Picó; o las canciones de The Sey Sisters, reveladas en La tienda de los horrores. Y también: Rosa Renom recitando un fiero fragmento contra el racismo, con texto de Angélica Liddell traducido al catalán, y Eduardo Farelo evocando un esperado pasaje de La peste. La gran función que he visto estas noches ha sido Assedegats, de Wajdi Mouawad y Benoît Vermeulen: una nueva propuesta de Oriol Broggi, en el Teatre de la Biblioteca de Catalunya. Los protagonistas son tres espléndidos intérpretes muy jóvenes, de nombres a retener: Guillem Balart, Sergi Torrecilla y Carla Vilaró. La traducción del título es “sedientos”, por la enorme sed de vida de ese trío, que nos contagia a nosotros. Teatro necesario, con una historia que tiene ecos de lo que está sucediendo. De momento, la obra estará en cartel dos semanas, hasta el viernes 17. Probablemente seguirá una breve gira por Cataluña, y un tiempo, a la espera del retorno otoñal. Conviene no perdérselo. Es de lo espectáculos más puros e intensos que ha hecho Broggi.

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