Un paraíso disfuncional

El segundo filme del chileno Jorge Riquelme Serrano es un retrato atroz sobre una familia tarada

Alfredo Castro y Paulina García, en 'Algunas bestias'.
Alfredo Castro y Paulina García, en 'Algunas bestias'.

Algunas bestias es una mirada tan atroz sobre la familia y el abuso de poder que el espectador puede llegar a sentirse literalmente enfermo después de verla. El segundo largometraje del chileno Jorge Riquelme Serrano es un mórbido retrato de unos personajes en una encerrona en la que no sale nadie bien parado, tampoco el espectador, obligado ser testigo de un cuadro tan disfuncional y repulsivo que dan ganas de hacer lo que no logra conseguir ningún personaje: salir pitando.

La película arranca con el plano cenital de una isla al sur de Chile de apariencia, al menos en la distancia, idílica. La familia protagonista, un matrimonio, la hija, el yerno y los dos nietos, una chica y un chico en la adolescencia, llegan a la isla para pasar una noche en una casa que la hija y el yerno quieren reconvertir en negocio. La pretensión es convencer a los abuelos in situ para que pongan el dinero que les hace falta. El viaje sin embargo se trunca cuando el encargado de cuidar la propiedad decide huir dejándoles solos en una casa que esconde tantos vicios ocultos como la propia familia.

Dos intérpretes de la talla de Alfredo Castro y Paulina García, aquí en la piel de los jefes del clan, llevan la batuta del gigantesco mal rollo de esta familia disfuncional. En la película hay dos partidas de cartas (ese divertimento tan pequeñoburgués) que concentran toda la tensión dramática. En la segunda partida, con todos los miembros de la familia en la mesa, al fin aflora la hipocresía y mugre de esta familia de tarados. Jorge Riquelme Serrano, que hasta entonces ha ido componiendo con frialdad una atmósfera opresiva y claustrofóbica, mete el acelerador dramático con la brutal reacción de la abuela ante un gesto de aparente inocencia: la nieta le ha cogido el pintalabios para maquillarse la boca. Un gesto de coquetería que desata un huracán de ira cuyo fondo estancado por desgracia conoceremos minutos después de primera mano. Una recta final de una sordidez total, sostenida por una decisión tan explícita y desagradable que hace tambalear los logros de toda la película.