El lago del desamor

El actor Giorgi Bochorishvili y el paisaje de Georgia se adueñan de la pantalla en un sutil tú a tú entre masculinidad y naturaleza

Giorgi Bochorishvili, en 'Horizon'.
Giorgi Bochorishvili, en 'Horizon'.

Horizon es un melodrama contenido, alejado de la caja de kleenex y de los excesos dramáticos. Cuenta la ruptura de una pareja joven, padres de dos hijos, y el estado de fracaso y depresión que esa separación provoca en el marido. Un ni contigo ni sin ti de consecuencias devastadoras para él. Dirigida por la ya más que prometedora directora georgiana Tinatin Kajrishvili, la película arranca en la ciudad donde la pareja culmina su ruptura con una frialdad tan amigable como tensa e incómoda. Él huye al lago de Paliastomi, cerca del Mar Negro, a una guarida de cazadores de patos salvajes, un paisaje de una belleza melancólica y brutal. A partir de ese momento, el actor Giorgi Bochorishvili y el horizonte de agua grisácea y vegetación ocre y dorada cargan con el peso de la película para adueñarse de la pantalla en un sutil tú a tú entre masculinidad y naturaleza.

Horizon es una película silenciosa en la que el dolor no se resuelve a gritos. Su protagonista es un hombre corpulento e introvertido incapaz de expresar con palabras su quiebra. Una tensión innombrable recorre toda la película. Todo el rato estamos esperando que ocurra algo horrible. Ocurre, pero no lo que esperamos. Quizá resulta paradójico que sea una mujer directora quien retrate al hombre como víctima (al contrario de lo que suele ocurrir en este tipo de dramas), que incluso en un inesperado giro final resuelva con enorme crueldad el papel de la exesposa. No es que Kajrishvili tome partido entre uno y otro. Esta película no va de eso. Su historia es solo la de él y a la directora no le interesan ni las lágrimas, ni las miserias de la pareja. Un amago de forcejeo violento al principio provoca la estampida del protagonista.

En el lago donde el hombre se refugia convive con una pareja de ancianos que se consuelan mutuamente de su soledad y una campesina que les cuida. Una suerte de nueva familia capaz de devolverle cierto sentido a la vida. Frente a la familia real que se aleja (los niños, la mujer joven, el nuevo pretendiente de ella) se asoma una nueva formada por amables desconocidos. Todas las secuencias entre los dos ancianos y el callado intruso son una maravilla.

La delicada manera de construir a este personaje sin rumbo se resuelve con detalles visuales brillantes. El paisaje es la película: la furia del Mar Negro frente a la calma chicha del lago, la lancha para cazar patos, el perro, el paso de las estaciones y la vieja cabaña. Hay una secuencia en la que él (diseñador de interiores) ordena unas botellas de cristal vacías sobre una desvencijada biblioteca. La luz de las botellas, del cristal, de los libros y hasta de la madera hablan por él mejor que él mismo. Un hombre vencido que se refugia en algo que aún permanece puro: la belleza de unos viejos trastos y un horizonte, aunque sea helado.