la crisis del coronavirus

Luz Casal: “No estábamos preparados para esto; estábamos preparados para la muerte. Pero esto es inusitado”

La cantante llama cada día a decenas de personas para hablar “con gente que está sola”

Luz Casal durante el confinamiento, según las imágenes que ha ido colgando en Instagram.
Luz Casal durante el confinamiento, según las imágenes que ha ido colgando en Instagram.

Cualquiera de estas tardes, de seis a ocho menos cinco, puede usted recibir en su teléfono la llamada de Luz Casal. La cantante, que le ha puesto música a los versos de Rosalía de Castro e hizo del rock el emblema de su nacimiento como intérprete, ha hecho esto otras veces, con personas que ella supo que estaban mal, hospitalizadas o endebles, pero ahora sabe que todo el mundo puede estar afectado por el peor mal de esta época, en España y en el mundo.

Así que desde que se decretó la alerta general que ahora domina hace, a esas horas precisas, todas las llamadas que puede y habla con las personas que le atienden al teléfono. El asunto es la salud, cuando esta se halla afectada, o la vida, que es lo que de todos modos sigue. Es, dice ella, “una manera de leer vidas”.

Sesenta o setenta llamadas cada día, “con gentes que no conocemos, unos son fans y otros no”. Ahora se acumulan las llamadas que ella misma recibe, y de las que Paco Pérez Bryan, su marido, va seleccionando números hasta convertir esta historia en una conversación infinita. “Están”, dice Luz Casal, “los que se sienten afortunados porque no están infectados, porque dentro del confinamiento están con su familia o con sus hijos, y los que verdaderamente están mal, porque son frágiles, porque están enfermos realmente, porque están cuidando a gente enferma, porque entre un enfermo y el otro hay una puerta de la habitación donde uno está confinado y el otro no…” En fin, explica la cantante, “hay barbaridades, historias humanas. Está, por ejemplo, la médica que se halla confinada en una habitación de hotel, porque ha cogido el virus, pero está deseando recuperarse para volver, están los administrativos, los enfermeros, los cajeros…”

Cada caso tiene su historia. “Es poco el tiempo que puedo dedicarles, pero, verdaderamente, en síntesis, sacas conclusiones fortísimas en todos los casos. A lo mejor llamo y llega al teléfono alguien que no se cree que seas tú… ¡Es una broma!, gritan… Una tremenda experiencia, que no solo te deja con la conciencia de que cumples un deber de apoyo, sino porque sirve para que tú entres en la realidad de cada uno y, sobre todo, para que ellos se sientan escuchados”.

Anteayer, por ejemplo, “hablaba con una mujer que debía de ser muy joven, por la voz, y que tenía una hija de tres años, y me decía: ‘No es solo que estoy aquí sola con mi hija, sino que estoy en tratamiento por depresión. No sé manejar la situación’. Se te encoge el corazón… Y, te digo una cosa: yo acabo como apaleada, tío. Llevo seis días que estoy como cuando tienes una pena, una tristeza. Soy feliz, me siento bien, y soy afortunada, pero la acumulación de todos estos casos y todas estas llamadas emocionalmente me dejan muy tocada. Tanto los que son fuertes, y me dicen que hay que adaptarse a la situación y sobrellevarla, como aquellos que están desesperados. Todas son historias humanas que tocan muy hondo”.

―¿Cómo se le ocurrió, Luz?

― La cosa derivó porque me ha pillado esta contingencia fuera de la casa habitual, y no tengo un piano. La única opción era cantar a capella, cosa que me resulta un poco simple… No me veía predispuesta a hacer eso. Iba dejando los libros que acabo de leer, o una determinada letra en la que trabajaba, o un determinado programa o espectáculo… Todo eso lo iba poniendo al margen, pensando en qué ayuda podía prestar. Sé que a través de las canciones hay mucha gente que tiene un vínculo conmigo poderoso. Unos porque han encontrado el amor gracias a una canción mía, otros porque yo les di su primer concierto, otros porque eran muy pequeños cuando me oyeron por primera vez, otros porque son mayores, o porque les caigo bien, o porque soy morena, qué sé yo… Y con Paco hablamos y decidimos que esta sería una buena manera de ponerme a disposición de la gente, llamándolos personalmente, teniendo alguna idea que los pudiera identificar, porque eran de Cádiz o de Cuenca o por cualquier cosa que los distinguiera… Es un ser humano llamando a otro, y hablando de la vida, y del dolor, porque eso es la vida, dolor. Dentro de mi círculo íntimo estamos bien, soy muy afortunada. Pero de los que llamo casi todos están peor que yo.

―¿De lo que escucha encuentra que hay soledad, miedo…?—

― Hay fortaleza, a pesar de que hay gente desesperada. Hay gente a la que se le está muriendo el marido, y lloran, y te piden perdón por llorar, y les dices que no, que tienen que llorar… Está la fortaleza de la gente, y está su humanidad, y está no solo esa esperanza de salir de esto, que por supuesto existe, sino además una sensación de que después de vivir esto seremos mejores, menos deshumanizados. Creo que ese puede ser el resumen: desesperación y esperanza de que esto pasará y seremos mejores. No estábamos preparados para esto; estábamos preparados para la muerte. Pero esto es inusitado, un virus que nos aparta de los que queremos y que se lleva a nuestros seres queridos. Para eso no estábamos preparados ninguno.

―Usted canta Negra sombra, de Rosalía de Castro, que ahora tiene resonancias graves. ¿Habría que ponerle color a esta sombra?

―Sí, todo el espectro de colores. Yo tengo preferencia por el rojo, pero también me gusta el negro. Como visto mucho de negro, ahora quiero vestirme de blanco. A la vida hay que echarle color, y sería mejor decir colores, para que sea la vida más amena, para que puedas abarcar todas las posibilidades que hay. Color, colores, y pequeños detalles, hacer, por ejemplo, que estas llamadas ayuden a otros y también me ayuden a mí.

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