Muere Juan Padrón, creador de Elpidio Valdés y ‘Vampiros en La Habana’

Es difícil hacer un cálculo de cuánto le debe Cuba al cineasta, dibujante y humorista, fallecido en La Habana a los 73 años

El dibujante cubano Juan Padrón, retratado en Madrid en 2017.
El dibujante cubano Juan Padrón, retratado en Madrid en 2017.CLAUDIO ÁLVAREZ

Decía hace unos días Juan Padrón que, en los tiempos revueltos que corren, como en la guerra, hay que andar siempre con dos o tres tragos encima, pero sin llegar a emborracharse: “Si te pasas, la cagaste; si te quedas corto, es insoportable”. Este era su humor y su filosofía de vida, igual que el trabajo bien hecho, la sencillez y la inteligencia sin ego eran su marca de agua, de donde salieron películas de culto como Vampiros en La Habana y personajes como el coronel mambí Elpidio Valdés y el general Resoplez, que hicieron la vida feliz a generaciones de cubanos.

Es difícil hacer un cálculo de cuánto le debe Cuba a Juan Padrón, quien falleció el martes en La Habana a los 73 años. Da igual la ideología del cubano al que se pregunte. Sus dibujos animados, sus chistes e historietas, sus vampiros en busca incesante de placeres terrenales —beber, ir a la playa, fornicar— calaron de tal modo en su país que hasta niños y mayores se pusieron a hablar en la calle como sus personajes. Todavía expresiones como “Corneta, toque a degüello”, del general Resoplez, o “Dame un cigarrito ahí, Rey del Mundo”, de uno de los borrachos de Vampiros en La Habana, siguen empleándose en la vida diaria, y eso que han pasado décadas —50 años en el caso de Elpidio— desde su creación.

Historietista, humorista, dibujante, animador… Todo eso era Juan Padrón, pero mucho más. De él decía el gran director del cine cubano Tomás Gutiérrez Alea que era “el mejor cineasta” de su país. “Juan lo hace todo, el guion, los personajes, el tiro de cámara, las voces…, es un genio, no hay nadie como él”. Cuando Vampiros en La Habana (1985) se exhibió en Estados Unidos, el deslumbramiento fue total. La película, que cuenta los avatares en La Habana de los años treinta de varios grupos de vampiros por el control de una fórmula que les permitía hacer vida normal y tomar el sol, se convirtió en un fenómeno de culto. Fue comparada por los críticos con El Gato Fritz o El submarino amarillo, y ello se debió a que Padrón creó un modo singular de hacer animación, imprimió una personalidad a sus historias —tanto por su estilo como por su humor— que lo hicieron único e identificable. Si existe una escuela de animación cubana —como existe una escuela cubana de ballet—, se debe a Juan Padrón.

Padrón era capaz de decir marca y año de cualquier coche norteamericano de los años cuarenta y cincuenta que pasara a su lado. Esta técnica la aprendió en los tiempos de su infancia en el central Carolina, cerca de Cárdenas, en la provincia de Matanzas, donde nació en 1947. Desde pequeño empezó a hacer peliculitas familiares de acción y también se entregó al arte del dibujo, pese a las reticencias de su padre. “Un día me dijo: ¿'Así te piensas ganar tú la vida, haciendo muñequitos?'. Después, cuando empecé a ganar bastante dinero, se calmó”, solía contar entre tragos de whisky —la llamaba “la bebida del proletariado británico”, por si algún iluminado manifestaba alguna reticencia revolucionaria por preferirlo al ron—.

Padrón se fogueó en diversas revistas humorísticas en los años sesenta hasta que un día, haciendo una historieta de samurais, creó en 1970 el personaje de Elpidio Valdés, un coronel mambí de los tiempos de la guerra de Independencia que combatía contra una tropa incapaz de españoles al mando del general Resoplez. Las primeras aventuras de Elpidio no se desarrollaron en la isla, sino en Estados Unidos, por una cuestión de rigor. “No sabía cómo dibujar a los españoles. Estuve muchos meses leyendo y estudiando los diarios de campaña, buscando información de los uniformes, de cómo eran las armas…”. Ese era Padrón. Cuando se sintió listo, Elpidio desembarcó en Cuba y ya nunca más la abandonó. El personaje protagonizó varios largometrajes y numerosos episodios de dibujos animados, y con la valiosa información histórica recopilada publicó también El libro del mambí.

Los cubanos nacidos con la revolución no tuvieron Superman ni el Pato Donald, pero por suerte contaron con Padrón para sacarles del aburrimiento de los muñequitos soviéticos, que entonces se ponían en televisión. Elpidio Valdés se convirtió en el héroe cubano, y esto le llenaba de satisfacción. Todavía hace un par de semanas ibas con él por la calle y la gente le paraba para felicitarle y hacerse fotos. Bromeando, con los hielitos sonando en el escocés, recordaba que no siempre fue así, pues también pasó su travesía del desierto. Al comienzo de su carrera hizo chistes de piojos —uno le preguntaba a otro: “habrá vidas en otras cabezas”—, y también de verdugos y de vampiros. Un funcionario se los censuró uno tras otro con diferentes argumentos —“que si los piojos parecían una burla, cuando Cuba luchaba por ser potencia médica; que si los verdugos eran una desconsideración, con tantos muertos que había habido por la tiranía de Batista; que si no era el momento de los vampiros, porque Fidel acababa de dar un discurso diciendo que por Vietnam Cuba estaba lista a dar hasta la última gota de sangre, y parecía choteo”—. Resulta que, al tiempo, en un viaje, se encontró con el censor, que se había exiliado. “Al acercarse a saludarme, se me cayó el trago en su camisa. Hay que cuidarse de los iluminados”, contaba.

Colaboró artísticamente con Quino —animó Mafalda e hicieron juntos decenas de chistes llamados Quinoscopìos—. A él se deben la serie de Elpidio Valdés, Filminutos, Más se perdió en Cuba; los largometrajes Una aventura de Elpidio Valdés, Elpidio Valdés contra dólar y cañón, Vampiros en La Habana y Más vampiros en La Habana, incontables historietas y varias novelas. En estos momentos finalizaba un cómic autobiográfico y acababa de entregar varios cortos sobre los 500 años de La Habana realizados para Acción Cultural Española. Cuba y su cultura quedan huérfanas. Pierden al hombre que en los últimos 50 años más alegró la vida de la gente y contribuyó a forjar su imaginario, y por eso hay que seguir su consejo: dos o tres copas a tu salud, pero no más.

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