El exorcismo mexicano de Joan Fontcuberta

El artista visual presenta Mictlán, una exposición y un libro sobre la memoria de las imágenes a través de cosmovisión del inframundo mexica

Joan Fontcuberta, en la exposición Mictlán.
Joan Fontcuberta, en la exposición Mictlán.Hector Guerrero (EL PAIS)

Sobre un fondo rojo, dos manos sostienen un corazón. En la fotografía se ven siete dedos en primerísimo plano sujetando una masa negra y con una especie de mordisco blanco en el centro. Parece un zoom de La Dolorosa, la Virgen María con el corazón taladrado por siete puñales. Pero en realidad es la imagen de una autopsia. En realidad, es una segunda foto sobre esa primera imagen, cerrando el encuadre al máximo para que solo se aprecien los dedos y el corazón.

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El fot—grafo espa–ol Joan Fontcuberta posa para una fotograf’a durante la inauguraci—n de su m‡s reciente muestra el d’a 06 de marzo de 2020 en Ciudad de MŽxico. Fontcuberta present— Mictl‡n, una exploraci—n de archivos fotogr‡ficos que realiz— durante 2019 en Pachuca, MŽrida y Ciudad de MŽxico. Este trabajo, que consta de un libro y una exposici—n,  forma parte de Trauma, proyecto de Fontcuberta que se enfoca en la memoria, los vestigios de la imagen y sus v’nculos con la realidad.
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La original es sobre todo una foto enferma, moribunda, agónica, una imagen con alzheimer, sin memoria. Una de las 1.200 fotografías seleccionadas por Joan Fontcuberta tras investigar en media docena de archivos de Pachuca, Mérida y Ciudad de México como parte de su proyecto Trauma. Un ejercicio de espeleología de la imagen rescatando materiales −desde el siglo XIX a los años 60− castigados por la humedad, los hongos o el calor, que provocan en las antiguas películas de acetato de celulosa el llamado “síndrome del vinagre”: las superficies se hinchan y se deforman, aparecen burbujas y los colores pierden intensidad y languidecen en tonos pálidos.

“Lo que hago es identificar los materiales que me interesan e intervenirlos, un poco en la tradición del arte encontrado de los surrealistas o los ready-mades”, explicaba Fontcuberta (Barcelona, 1955) el viernes pasado durante la presentación de Mictlán, una exposición en la galería Hydra de Ciudad de México, que da título también a un fotolibro. Si Marcel Duchamp colocó una rueda de bicicleta sobre un taburete de cocina o una taza de wáter en la sala de un museo para cambiar el significado de los objetos al desplazarlos de su contexto, Fontcuberta se apropia de “los archivos para extraer otros sentidos abocados a la narrativa de las postmemoria”, un terreno cercano a la alquimia, más volcado a la invención que al recuerdo.

El artista visual y teórico de la imagen catalán −Premio Hasselblad (el Nobel de la disciplina) o Premio Nacional de Fotografía y de Ensayo en España− lleva más de tres décadas en una cruzada contra los pilares tradicionales de la fotografía: la verdad y la memoria. Ambas son, para él, un bulo. Las imágenes son construcciones ideológicas, un campo de batalla político. Porque 10 fotógrafos delante del mismo hecho contarán 10 realidades distintas. Sus trabajos le han colocado como una de las primeras espadas de la llamada posfotografía. Antes de la invasión de las fake news, se inventó astronautas soviéticos que aparecían en supuestos documentos y fotos descalcificadas por el Kremlin; o a un fotógrafo valenciano, con su libro de familia, su entrada en Wikipedia, artículos académicos y 15.000 fotografías.

En un mundo saturado de imágenes, él ya no se dedica a sacar más fotos, sino a manipularlas, resucitarlas, practicarles un exorcismo. Para su proyecto mexicano recurre desde el título a la cosmovisión del Mictlán: las nuevas etapas del inframundo que debían transitar los muertos. Nezahualcóyotl, el rey-poeta de Texcoco, lo describía así: “ya os fuisteis al lugar obscurísimo que no tiene luz, ni ventanas, ni habéis más de volver de allí”. Como las imágenes en descomposición de su muestra y su libro “los difuntos se vuelven los descorporizados, los descarnados: despojos de cadáveres”, apunta el artista.

De la mano de la tradición mexica, su ejercicio de posmemoria invoca a otros significados de las fotos del archivo. Las originales son fotos de la Revolución de 1911, de bodas y bautizos, retratos, paisajes, fusilamientos o desnudos. La imagen de la autopsia acompaña la etapa del Mictlán en la que los corazones de los difuntos son devorados por jaguares. Un retrato tan dañado que ya casi se ha convertido en un fundido en negro, atravesado por una línea blanca en horizontal, simboliza la fase en la que las carnes son cortadas por vientos de obsidiana. “La posmemoria –explica Fontcuberta en uno de los textos del libro– no se conecta con los hechos mediante una mera constancia de datos sino a través de una implicación creativa, da voz a los marginados y produce nuevas empatías con el pasado”.


Sobre la firma

David Marcial Pérez

Reportero en la oficina de Ciudad de México. Está especializado en temas políticos, económicos y culturales. Ha desarrollado la mayor parte de su carrera en El País. Antes trabajó en Cinco Días y Cadena Ser. Es licenciado en Derecho por la Universidad Complutense de Madrid y máster en periodismo de El País y en Literatura Comparada por la UNED.

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