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Viaje a la cara B del cine español

El documental 'Sesión salvaje' repasa cuarenta años de wésterns almerienses, películas de terror de bajo presupuesto, el destape y el cine quinqui

Peter Cushing y Christopher Lee, en 'Pánico en el transiberiano', de Eugenio Martín

Dice Alex de la iglesia: "El cine se justifica por sí mismo", a lo que Nacho Vigalondo incide: "Se puede ser autor y director de cine de explotation". Sesión salvaje, de Paco Limón y Julio César Sánchez, es un documental que recorre cuatro décadas de cine español de serie B, una colección de películas de todo tipo de géneros, más o menos conocidas hoy, pero muy populares en su momento: filmes de terror, de ciencia ficción, las comedias de Esteso y Pajares, el wéstern, eurothrillers, el destape o el cine quinqui. Mucho de aquel cine se hizo en inglés con la intención de que fuera exportable. De saber idiomas y de tener la mente abierta de miras se aprovecharon cineastas como Ignacio F. Iquino, Juan Piquer Simón, Eugenio Martín, Jess Franco, Jordi Grau, Paul Naschy, Antonio Isasi-Isasmendi, Joaquín Romero Marchent y su hermano Rafael o Chicho Ibáñez Serrador y actores como Simón Andreu, que confirma ante la cámara: "Yo hablaba inglés, y eso me ayudó a entrar en los rodajes internacionales, donde aprendí el trabajo actoral". Aunque a continuación hace una de las numerosas y divertidas confesiones que aparecen en el filme: "A veces, en los rodajes, sencillamente, contábamos: '1, 2, 3, 4, 5, 6". Y luego los doblaban. "Pero era una gozada trabajar ahí afuera".

En pantalla, van pasando los supervivientes de aquel cine y los actuales creadores que disfrutaron de él. Como Eugenio Martín, prolífico director con películas como El precio de un hombre (1966) o la enorme Pánico en el Transiberiano (1972), que firma como Gene Martin para que no se sepa su procedencia, y en la que coinciden Christopher Lee, Peter Cushing, Terry Savalas, Silvia Tortosa y Helga Liné. Martín cuenta: "Imitábamos a los italianos". Durante muchos años ese cine se alimentó de grandes técnicos de sueldos bajos en un país barato -España- para los productores españoles, y de una censura que no dejaba mostrar terror ni violencia... salvo si no se desarrollaban en España. Joaquín Romero Marchent se beneficia del aspecto crematístico, y como se escucha en Sesión salvaje, realiza unos wésterns "a la altura de Sergio Leone", como confirma Tarantino, que le homenajea en Érase una vez en... Hollywood.

Hay también espacio para el terror. En 1972 Vicente Aranda rueda La novia ensangrentada, dos años después Jordi Grau estrena No profanéis el sueño de los muertos, estupendo filme. Grau dice que en realidad el único que se tomó en serio este género fue Jacinto Molina, más conocido como Paul Naschy. Pero las dos obras maestras de aquellos años llegaron del talento de un mismo director: Chicho Ibáñez Serrador y sus La residencia (1969) y ¿Quién puede matar a un niño? (1976). Cuenta De la Iglesia que uno de sus aciertos es que aquellos trabajos "no tenían la pretenciosidad de autor, y Chicho simboliza ese desapego por la autoría".

Algunos, como Jesús o Jess Franco, rodaban por el placer de rodar (ante la cámara, Franco, que murió en 2013, dice: "He hecho lo que me ha salido de los huevos"), aunque eso hiciera que bastantes películas fueran enloquecidas. Vigalondo explica. "El cine busca ofrecer lo que no daba la televisión", y por esa senda entran los trabajos de Iván Zulueta con Arrebato, de Bigas Luna y del recientemente fallecido Javier Aguirre. Del cine quinqui se recuperan sus dos figuras: José Antonio de la Loma (algo más comercial) y Eloy de la Iglesia (más auténtico). De la ciencia ficción se destaca al mitico Juan Piquer Simón -"El que mejor comprendía el mundo anglosajón y no iba a colarla, que superaba la media en planificación y actuación"-, con títulos como Supersonic Man (1979), Slugs, muerte viscosa (1988) o La grieta (1990), de quien el guonista Diego San José apunta: "Nunca aburrió".

Finalmente, el análisis pasa por la comedia del prolífico Mariano Ozores (Fernando Esteso le denomina "El azote de la crítica") y del destape. Todos aquellos cines populares fueron rematados por la Ley Miró, que priorizó un tipo de cine de autor. Martín lo tiene claro: "Ella hundió el cine industrial". Aunque Esteso sugiere: "Todo tiene su tiempo".

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