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Muerte y resurrección del jazz actual

El crítico Nate Chinen traza en un ensayo la historia del género desde los años ochenta

Kamasi Washington, en octubre en Nueva Zelanda.
Kamasi Washington, en octubre en Nueva Zelanda. WIREIMAGE

El jazz, como la novela, la crítica de arte o el papel prensa, anda tanto tiempo muriendo que la noticia de su última e inesperada resurrección sorprendió a Nate Chinen. El periodista estadounidense había empezado a escribir el libro Playing Changes (Alpha Decay), una radiografía del jazz del siglo XXI, con idea de que su publicación coincidiera con la celebración de sus primeros veinte años. Pero entonces llegó el saxofonista Kamasi Washington, hizo saltar todo por los aires con su álbum The Epic (2015) y tocó cambiar los planes.

Cinco discos para el nuevo milenio

El epílogo del libro incluye más de cien referencias para escuchar el siglo XXI. Nate Chinen escoge aquí cinco para seguir escuchando:

Danilo Pérez, Motherland (Verve, 2000).

Robert Glasper, In My Element (Blue Note, 2007).

Vijay Iyer Trio, Historicity (ACT Music, 2009).

Maria Schneider Orchestra, The Thompson Fields (ArtistShare, 2015).

Melissa Aldana, Visions (Motéma, 2019).

El caso de Washington, cuyo éxito abrió las ventanas del género para ventilar las habitaciones con olor cerrado, está ahora en el primer capítulo del libro. El intérprete abandera un nuevo tiempo de audiencias jóvenes a ambos lados del Atlántico, hibridaciones con el rap, músicos desprejuiciados y una refrescante vuelta al calcetín del canon.

Afortunadamente para Chinen, Washington tiene más que ver de lo que parece con el anteúltimo mesías, Wynton Marsalis, trompetista que marcó época con su vuelta al orden en la era Reagan y su idea de que “el jazz era la música clásica de América”. Marsalis ya no tiene el poder que solía, pero aún sigue manejando los hilos (institucionales) desde la imponente sala de conciertos Jazz at Lincoln Center, en Nueva York. “Ambos músicos se fijan en la tradición de los años setenta, la primera época en la que el jazz dejó de ser un lenguaje que solo miraba hacia adelante”, explica Chinen en una entrevista realizada por Skype. “Aunque lo que en Marsalis es pura preservación y mímesis, en Washington es revisión y expansión”. Ambos, también, comparten el ser hijos de músicos (el pianista Ellis Marsalis y el saxofonista Rickey Washington) de menor fortuna que la de sus descendientes. 

Entre uno y otro hito se mueve el libro, en el que Chinen repasa la “crisis de confianza” del cambio de siglo, un tiempo en el que el jazz, que había perdido definitivamente su influencia en la cultura pop, al menos disfrutó de la última ronda de la edad de oro de las discográficas, que apostaron por las individualidades (como Joshua Redman o James Carter) antes del naufragio. “Hoy, en estos tiempos de streaming y de subsistencia a base de conciertos, rigen mucho más las escenas y el trabajo en equipo”, explica el crítico, que cifra la cuota del mercado del género entre el 1,4 y el 3%.

Revolución pedagógica

Playing Changes se organiza en capítulos consagrados a algunos de los más destacados protagonistas, como Brad Mehldau, Vijay Iyer, Robert Glasper o Esperanza Spalding. El recorrido también se detiene en historias sobre revoluciones pedagógicas (como la del Berklee College of Music, en Boston, que pudo restar emoción autodidacta al jazz, pero también preparó a una generación de músicos más abierta de mente), así como en los enfrentamientos que se dieron en los ochenta y noventa entre clanes, convenientemente localizados geográficamente en Manhattan: la parte alta de la isla (Uptown), con el traje y la corbata de la conservación de las esencias, frente a la baja (Downtown), con su decadencia urbana y su improvisación de ética punk.

Chinen (Honolulu, Hawái, 42 años) también tiene en cuenta la revolución de Internet, que ha democratizado el acceso a la historia; frente a los libros con los que uno se adentraba en orden cronológico y jerárquico, la Red y el floreciente nicho de reediciones en vinilo permiten un acceso desordenado en el que una rareza de tercera fila puede llegar más hondo para un nuevo oyente que los nombres canónicos. “Antes esos álbumes eran imposibles de encontrar; hoy, en este mundo de jerarquías planas, están al alcance de cualquiera. Los intérpretes no tienen que escoger una escuela, pueden quedarse con todas; tocar rock por la mañana, free jazz por la tarde y standards por la noche”.

Ese supermercado abierto 24 horas ha traído consigo curiosas consecuencias, como la revalorización de figuras como la de Alice Coltrane. La pianista y arpista fue durante años considerada sobre todo la viuda de John Coltrane,integrante de sus últimas bandas que luego desarrolló una simpática y excéntrica carrera en el jazz espiritual. Hoy, una nueva camada de músicos (no solo de jazz, también de electrónica o rap) la escuchan con veneración. “Mucha gente ha llegado a ella por [el productor de hip-hop] Flying Lotus, su sobrino-nieto, del mismo modo que a Kamasi Washington le benefició su asociación con [el rapero ganador de un Pulitzer] Kendrick Lamarr”, opina Chinen. Algo parecido ha sucedido, argumenta en el libro, con el ejemplo artístico y de estilo de vida de Sun Ra, el Art Ensemble of Chicago u Horace Tapscott, líder desde los años 70 y hasta su muerte en 1999 de una big-band del área de Los Ángeles, que goza últimamente de la justicia poética negada al pianista en vida.

Playing Changes (traducido por Javier Calvo), también se ocupa del lugar cada vez más central de las mujeres en el jazz, género tradicionalmente masculino; la historia empieza con una (la cantante Cécile McLorin Salvant), y termina con otra (la extraordinaria guitarrista Mary Halvorson). El recorrido peca, eso sí, de desviarse poco de Nueva York, y de olvidar fenómenos tan interesantes, casi sociológicos, como la nueva escena de Londres. Chinen lo reconoce: fue crítico de The New York Times entre 2005 y 2016, y lo que escribe “es fruto de su trabajo en ese contexto. Sería presuntuoso pensar que puedo contar la parte europea”. Insiste, con todo, en destacar la aportación de los músicos latinos en estos años, entre ellos, el pianista panameño Danilo Pérez, fiel escudero de la leyenda Wayne Shorter, y la saxofonista chilena Melissa Aldana.

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