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Tres reflejos del jazz afroamericano de hoy

Ambrose Akinmusire, Makaya McCraven y Kamasi Washington, de más a menos en un estelar programa para clausurar el Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz

Kamasi Washington, el sábado en Vitoria.
Kamasi Washington, el sábado en Vitoria.

Si a uno le dicen que van a llevarlo a un concierto en el que uno de los trompetistas más inquietos de su generación presenta un proyecto en el que conviven jazz, hip-hop, música contemporánea y free-jazz, con una banda en la que hay instrumentos electrónicos, una rapera y un cuarteto de cuerdas, parece lógico pensar que hablamos de una verdadera situación de riesgo, por no decir pura osadía. Ambrose Akinmusire es un adalid de ambas cosas, y su proyecto Origami Harvest es exactamente lo descrito anteriormente, pero perfectamente hilvanado y extraordinariamente interpretado.

La última tarde del 43º Festival de Jazz de Vitoria-Gasteiz se inauguró precisamente así, con una poderosa descarga en la que todos esos géneros se hicieron uno al abrigo del grupo de Akinmusire. Este se mostró elocuente y brillante como solista y muy centrado como director del experimento, que a pesar de su densidad discurrió grácil y con toda naturalidad entre ritmos sincopados, estupendas improvisaciones del líder, composiciones y arreglos intrincados y las rimas de la rapera Nappy Nina. Todo ello en un caleidoscopio de sonidos que sonó en directo mucho más maduro y avanzado de lo que se puede escuchar en su estreno discográfico del año pasado, anticipando un gran desarrollo para este proyecto de Akinmusire.

En Mendizorrotza abría la velada una de las propuestas más estimulantes del momento en la escena internacional: la del baterista, compositor y visionario productor Makaya McCraven. Su música tiene más de texturas, patrones y desarrollos que de la típica ortodoxia jazzistica a base de exposición de tema y solos; sin embargo, en Vitoria hubo algo de esta ortodoxia, cosa comprensible si tenemos en cuenta los públicos y recintos que se plantean en una gira europea de verano. Al fin y al cabo, la propuesta de McCraven nació en clubes y pequeños espacios con mucha manga ancha para la experimentación, y un festival de jazz con miles de asistentes no da pie a reproducirla tal y como cabría esperar.

Esto no quiere decir que su concierto fuera un ejercicio rutinario: gran parte de la personalidad del baterista se manifestó pieza a pieza, tanto en su pericia como instrumentista —magnética y apabullante de principio a fin— como en la forma de dirigir sus composiciones, interpretadas por una banda menos estelar que las que pueblan habitualmente sus discos, pero de su completa confianza. Formada por algunos grandes nombres de la segunda línea de Chicago —músicos muy activos y respetados en la ciudad, pero básicamente desconocidos fuera de ella—, como Irvin Pierce, Matt Gold, Junius Paul o el gran Greg Spero, el quinteto mostró en todo momento mucha empatía con el líder, permitiendo que hasta en los momentos solistas fuese la banda al completo la verdadera protagonista. La música de McCraven es, ante todo, un artefacto colectivo impulsado por sus ingeniosos patrones rítmicos y, a pesar del formato del repertorio y de intérpretes quizá menos brillantes de lo esperado, así es como sonó en Vitoria: como un grupo granítico y contundente.

La estrella de la noche era sin duda Kamashi Washington, probablemente el músico de jazz más popular del siglo XXI. Washington ha roto las barreras promocionales entre géneros y ha conseguido llegar mucho más allá de las sencillas audiencias del jazz, creando adeptos entre públicos de músicas más populares mediante una propuesta fuertemente estética, que musicalmente bebe sin tapujos del jazz afroamericano de primeros de los 70. Por otro lado, el saxofonista es uno de los pocos ejemplos del mundo del jazz en que sus grabaciones de estudio son, por norma, mucho más sólidas e interesantes que sus directos, que tienden a hundirse ante la evidencia de las limitadas capacidades de Washington y de muchos de los músicos que habitualmente lo acompañan.

En Vitoria esta frustrante sensación se repitió, con un concierto tedioso, poco inspirado, por momentos verbenero y con demasiado cartón piedra (dos baterías sin un propósito claro, aparte de generar presión acústica injustificada, eliminando cualquier asomo de dinámicas en el grupo; la mayoría de solos llegaban al paroxismo en unos pocos segundos, sin desarrollo, sin discurso, sin nada más que un efectismo que busca, sobre todo, ocultar la incapacidad del solista para exponer algo interesante). Todo sonando muy fuerte todo el rato, sin más motivo aparente que ese: que todo suene muy fuerte todo el rato.

Tanto la música como el grupo de Washington son correctos, ortodoxos y predecibles; no tienen nada que sea rematadamente malo, pero sí están inmersos en cierto adocenamiento. De hecho, da la sensación de que el saxofonista se ha tragado el anzuelo de ese presunto camino para conectar con las grandes audiencias que es hacerlo todo muy simple, en el fondo, y muy grandilocuente en la forma. Toda la sofisticación y buen gusto que tienen sus discos se ahogan en directo, víctima de una vulgarización de la propuesta y de la evidente falta de altura interpretativa por parte de algunos de los miembros de su banda. Quizá incluso del propio Washington.

Sea por el motivo que sea, la amarga sensación está ahí. La de que cada año que pasa sus conciertos son más esclavos de una fórmula, más huecos, como un chiste que, repetido una y otra vez, ha dejado de tener la más mínima gracia.

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