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Stephen Dixon: un excéntrico secreto

El novelista estadounidense, autor de 'Interestatal', falleció el pasado 6 de noviembre

El escritor Stephen Dixon, en mayo de 2017 en Saint Malo (Francia).
El escritor Stephen Dixon, en mayo de 2017 en Saint Malo (Francia). Getty Images

Autor de dieciocho novelas y alrededor de seiscientos relatos breves, Stephen Dixon (Nueva York, 1936) falleció este 6 de noviembre, a los 83 años, a raíz de algunas complicaciones derivadas de la enfermedad de Parkinson.

El novelista Jonathan Lethem se refirió a Dixon como a "uno de los grandes maestros secretos", y en internet lo poco que hay sobre él parece haber sido incorporado a partir de su muerte. El propio autor señalaba que su aislamiento creativo era voluntario tanto como subrayaba su orfandad literaria. Enfatizaba el hecho de que -como lector y profesor de escritura creativa en la John Hopkins University- había leído a enormes autores pero no buscando padres artísticos ni influencias de ningún tipo.

Por eso en general decía desconocer a sus contemporáneos y se mostraba reacio a nombrar a otros escritores cuando los periodistas caían en la tentación de forzar comparaciones o escuelas. En distintas ocasiones se limitó a mencionar su particular interés por Chejov, Kafka, Bernhard, Hemingway, García Márquez y, en alguna oportunidad agregó, Bolaño. Así como confesó que escribía para obedecer a una necesidad interna, no para satisfacer a otros: ni a lectores, ni a editores, ni a colegas. Concentró tiempo en escribir, no en compartir lo que escribía, mensaje más que sugestivo en la actualidad. En parte por esa postura ensimismada y porque a veces sus cuentos se ocupan de personajes que escriben, se lo bautizó como un writer's writer (escritor de escritores).

Basta leer algunos de sus relatos para confirmar lo original del estilo. En lengua española, la labor de rescate la hizo la editorial argentina Eterna Cadencia gracias a la sugerencia del escritor Eduardo Berti. Entre 2014 y 2015, publicaron dos volúmenes con cuentos editados en inglés entre las décadas de 1970 y 1990: Calles y otros relatos y Ventanas y otros relatos. Tras la excelente recepción de esos libros, salió la novela Interestatal (escrita en 1995), una de las obras quizás más singulares de la historia de la literatura, con la que fue finalista del National Book Award por segunda vez. La vez anterior había rozado el premio con otra de sus novelas renombradas: Frog (1991). Varias de las magníficas traducciones al español son de Ariel Dilon.

Dixon además obtuvo la mayoría de los premios literarios importantes de su país, incluyendo el O. Henry Award y el Pushcart Prize, y recibió los honores de la Fundación Guggenheim, la Fundación Nacional para las Artes y la Academia Americana de las Artes y las Letras.

En 2018 Eterna Cadencia publicó una de sus últimas colecciones de cuentos: Historias tardías, escrita en 2016, donde la lupa está puesta en el paso del tiempo, la vejez, la pérdida (de seres queridos, del vigor, de la lucidez) y la muerte. El autor comentaba que, si bien había trabajado como periodista político y le importaban los grandes acontecimientos, a la hora de escribir solo se proponía hacerlo sobre "lo que piensa un hombre cuando está despierto y lo que sueña cuando duerme". Las pequeñas cosas de la vida común aunque -él sabía bien- lo que ocurre en la mente del ser humano es lo que determina el acontecer de casi todo lo demás en dominó.

Sus relatos bucean en la sinuosidad del pensamiento y la manera en que las emociones continuamente desobedecen los mandatos de la razón. De esa contradicción, sutil y tirante a la vez, son fiel reflejo sus personajes, mientras que la narración va siguiendo el torbellino de sus mundos interiores con un realismo extraordinario. La inseguridad, las paranoias, los fantasmas personales, el juego de roles en una pareja (donde uno siempre ocupa el lugar opuesto al otro para compensar sus carencias y excesos), los miedos por los hijos, la insatisfacción y el fracaso, son temas sobre los que Dixon vuelve una vez y otra desde un ángulo distinto, con recursos narrativos siempre novedosos. A menudo también contrapone los diversos puntos de vista alrededor de un suceso que los enfrenta y los reúne como en una danza de sensaciones. Por todo esto suele hablarse de su hiperrealismo experimental.

A pesar de la hondura que surge de su exploración, ninguna circunstancia en Dixon, por dramática o turbia que sea, está privada de humor. Al contrario, la angustia es motor del humor. Y en virtud de que muchos de sus protagonistas son hombres atormentados, de origen judío, en Nueva York, también se lo ha comparado con Woody Allen. Todo está teñido de absurdo, disparate y carcajada, abunda el grotesco en cada situación. En ese sentido, leerlo es un movimiento que succiona hacia lo visceral y libera mediante la risa, generando un mecanismo rítmico incomparable con cualquier otro autor.

Empezó a publicar de mayor y luego, durante décadas, fue un grafómano compulsivo que escribía enérgicamente un cuento detrás de otro sin descanso. Es fácil imaginarlo encerrado sobre sí mismo, golpeando las teclas de la máquina de escribir con los índices, focalizado en calcar esa complejísima naturaleza humana que "ocurre entre las paredes del cerebro" y, claro está, la forma en que eso se vuelca en las conductas hacia el afuera, con resultados inexplicables para los demás.

Dixon se fue del mismo modo en que vivió, envuelto en un reverencial sigilo, dejando tras de sí un voluminoso continente de obras todavía ávidas de traducciones, de estudios y en particular de nuevos lectores que sin duda lo adorarán.

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