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El significado de lo insignificante

Con ‘Historias tardías’, una colección de relatos nacidos de los recuerdos de un escritor, Stephen Dixon se revela como uno de los mejores cuentistas estadounidenses actuales

Stephen Dixon, visto por Sciammarella. Ampliar foto
Stephen Dixon, visto por Sciammarella.

Philip Seidel es un conocido escritor que se ha quedado viudo hace dos años. En el primer relato de este libro asistimos a los últimos momentos de su esposa; en el segundo, una llamada telefónica le comunica la muerte de su hija mayor (tiene dos hijas, independizadas) en un accidente de carretera. A partir de estas dos vivencias vamos a asistir a una serie de secuencias de su vida actual de escritor, jubilado en su casa de Baltimore. No hay un orden cronológico, los cuentos se suceden y son aspectos de su vida, de sus obsesiones, de sus recuerdos, de su vejez y decadencia. Vive refugiado en su casa de Baltimore, a veces sale a la calle, pero no se aleja mucho, no viaja, soporta la soledad, recibe a sus hijas y carga con su memoria como el caracol con su concha. Los 31 relatos contienen la historia de su vida y, en cierto modo, tejen una especie de confesión. No es una novela en sí, sino un rastro húmedo de su desplazamiento en torno a sí mismo y su reducido mundo, que impregna todas y cada una de las páginas de este libro admirable y singular que revela a Stephen Dixon como uno de los dos grandes cuentistas norteamericanos de hoy. El otro es George Saunders.

Dixon construye sus textos a partir de las percepciones de la realidad que el solitario Seidel vive o recuerda, conectadas con las sensaciones y las emociones que aquella le suscita, por lo que la cronología de los sucesos sólo es importante por seguir el hilo de su vida, como si fuera el lector el que ha de tirar de él para situar cada uno de los episodios que, por supuesto, son autosuficientes. Este seguimiento, por mantener la imagen del caracol propuesta, es como la curiosidad por seguir el rastro de baba que el animal va dejando. La búsqueda es tan importante como el caracol.

Lo que Dixon cuenta es la cotidianidad de ese escritor tanto antes como ahora, a la vez, lo que resulta ser un hallazgo expresivo. Lo utiliza para mostrar desde la intimidad de su cotidianidad lo significativo de la parte aparentemente insignificante de su vida como llave para entender esa vida, pues por debajo de la insignificancia lo que se despliega es, justamente, su complejidad. La lección maestra de Dixon es que la sugerencia es el meollo de la escritura literaria (una verdad fundacional de la ficción) y la elección del punto de vista, la vejez, es un acierto genial. Porque no es que el autor hable de la cotidianidad de un personaje (lo cual suele hacerse desde la descripción del exterior de la misma, filtrada de muchas maneras: los sentimientos, el monólogo, la autoridad de las sensaciones…), sino que —nuevo y fascinante acierto— consigue transmitir la cotidianidad desde el interior mismo de la cotidianidad, desde el alma de la cotidianidad; es decir, como señalé antes, desde el significado de lo insignificante.

El significado de lo insignificante

Para ello recurre también a la mezcla de personas y tiempos verbales, salta de primera a tercera persona y de pretérito a presente con toda soltura, con total libertad, logrando efectos de gran verosimilitud que alejan al lector de cualquier compresión o rigidez de lectura. Se requieren lectores tan inteligentes como desprejuiciados.

Su personaje, Seidel, trae el pasado al presente y lo filtra por su situación actual, que está condicionada por su propio autoanálisis, sus dudas, sus vacilaciones, las inseguridades que alimentan su desamparo en la medida que pierde capacidades físicas y personales: esas manos que ya no sujetan con firmeza, esas dudas sobre lo que debió o no debió de hacer, los deseos (cotidianos) que no va a cumplir aunque los enumera con ganas, la presencia de los síntomas de la vejez como leitmotiv (y en un cuento concreto, ‘Sentirse bien’, como motivo principal)…

Hay un cuento, ‘Terapia’, muy revelador del partido que saca a sus recursos. En él, Seidel, empujado por sus hijas, decide acudir al terapeuta. Lo interesante es lo que nos cuenta en la tarde anterior al día en que debe acudir a la consulta, lo que él prevé que va a ser el encuentro, y el relato se convierte en una confesión de vida semejante, in mente, a lo que él supone que será la sesión; pero lo supone con tal viveza que en realidad nos enteramos de todo lo que el terapeuta debiera saber, pero sin terapeuta, sin un intermediario condicionante. Esa actitud preventiva es la de un hombre escondido (volvamos al caracol) que saca mentalmente los cuernos al sol para mostrar al lector la interioridad de sí mismo enamorado de su mujer, que se siente incompleto sin ella, intimidado por la vida y casi retirado de la misma por sus manías, todo lo cual es revelado por la necesidad de prever lo que vaya a ocurrir como medio de autodefensa ante la inseguridad, la vacilación y la necesidad de darse ánimos. Un rasgo psicológico del que el autor extrae oro molido.

Dixon cuenta con frases cortas, medidas, como quien respira corto de aliento, que es el modo de mostrar esta vida que se agota. Seidel, a su pesar, ha asumido la decrepitud, pero aún sigue escribiendo: la imaginación es ese perro viejo que no le abandona. Sugiero leer el libro poco a poco, para paladearlo y evitar abrumarse por un texto tan rico y natural.

Historias tardías. Stephen Dixon. Traducción de Ariel Dilon. Eterna Cadencia, 2018. 384 páginas. 17,90 euros.