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EL CORREO DEL ZAR COLUMNA i

Cómo meter un fantasma en un submarino

Las memorias del as Teddy Suhren y la novela de terror 'The passenger’, entre lo mejor de la literatura sobre sumergibles alemanes

El submarino alemán U-534, hundido en 1945, rescatado del fondo del mar en 1993 y expuesto en Birkenhead, Gran Bretaña.
El submarino alemán U-534, hundido en 1945, rescatado del fondo del mar en 1993 y expuesto en Birkenhead, Gran Bretaña.

El otro día un amigo reparó en la gorra de oficial de submarinos alemán que tengo en la mesita de noche, una gorra de capitán de U-Boot, con funda blanca y la insignia del pez espada de la 9ª flotilla, y me preguntó, no qué hacía ahí la prenda -le parecería indiscreto-, sino cuál es mi libro preferido del tema, del tema submarinos alemanes, se entiende.

Tengo muchos títulos favoritos, desde Así fue la guerra submarina, de Harald Busch (Juventud, 1974), con el que me inicié de adolescente en el asunto de los tiburones de acero a Wolf, U-boat Commanders in World War II, de Jordan Vause (US Naval Institute Press, 1994), pasando por el fenomenal y revelador Count not the dead, the popular image of the German submarine, de Michael L. Hadley (McGill-Queen’s University Press, 1995). Pero hay dos libros que me gustan especialmente, unas memorias y una novela. Las memorias son las de Reinhard Teddy Suhren, Ace of Aces (Frontile Books, 2017), tan distintas de las de, pongamos por caso, Prien, que son las de un nazi de tomo y lomo. Suhren (1916-1984), aunque era un capitán de submarino de la flota de Hitler, y eso no se lava fácilmente ni que estés todo el día bajo el agua, era un tipo sorprendentemente rebelde y gamberro, un verdadero antihéroe, una especie de Hans-Joachim Marseille del mar, algunas de cuyas actitudes y ocurrencias no dejan de despertar simpatía. Es célebre la ocasión en que al regresar a Brest de una patrulla de tres meses, Suhren preguntó con el megáfono desde la torreta de su sumergible mientras entraba en puerto entre las fanfarrias y las flores: “¿Todavía mandan los nazis?”. Había que tener redaños para hacer esa bromita, aunque te mimara Doenitz y te cobraras un montón de tonelaje en el mar.

Es verdad que el chiste y la personalidad de Suhren, que se ganó el sobrenombre por su forma de caminar como el famoso osito de peluche, no parecerían tan graciosos si fueras uno de los muchos marinos aliados a los que el capitán envío al fondo del océano con sus barcos. De hecho, ganó la Cruz de Caballero en 1940 (luego se la aumentarían con hojas de roble y espadas) de manera bastante excepcional, no estando aún al mando de un submarino sino siendo solo oficial de torpedos, con los que era un verdadero hacha. Logró un “súper disparo” a bordo del U-48 con el capitán Rössing, tras recorrer el letal siluro 4.900 metros durante 5 minutos.

En sus memorias, Suhren, que era incapaz de resistirse a hacer bromas y jugar con fuego, recuerda vivencias como la ocasión en que durante la concesión de medallas por Hitler en la que les premiaban a él y a Rommel (“esta vez Hitler le dio las hojas de roble con diamantes y no veneno”) le cogió el bastón de mariscal al zorro del desierto y se dedicó a saludar jocosamente a la gente con esa insignia de mando. También el famoso episodio en el que él y su amigo Erich Topp, el tercer gran as de las profundidades tras Kretschmer y Lüth, asistieron a una reunión social en el Berghof organizada por Bormann y departieron y coquetearon alegremente con una chica que resultó ser... Eva Braun. Topp intentó incluso ligársela, antes de que le informaran de que era la amante de Hitler, y Suhren la sacó a bailar el Submarine Swing, un boogie-woogie que contravenía todas las normas del doctor Goebbels al ser una “danza no germánica”. Bormann observaba todo con una sonrisa de reptil encantado de que los dos inconscientes jóvenes capitanes y héroes de guerra se metieran en la boca del lobo, y nunca mejor dicho, y se estuvieran jugando el hacer la siguiente patrulla en el frente ruso. “Suhren, cada vez me caes mejor”, le dijo cínicamente a nuestro submarinista. Tras la guerra, el pequeño, picante e impertinente Teddy, que sobrevivió, aunque su mujer se fue con un soldado estadounidense, montó una próspera destilería clandestina de Schnapps.

El capitán alemán Teddy Suhren.
El capitán alemán Teddy Suhren.

La novela a la que me refería es The passenger, un absoluto descubrimiento. Y casual: estaba hablando con Frank Tallis, un prestigioso psicólogo clínico británico especialista en el mal de amores, autor de El romántico incurable (Ático de los Libros), cuando me mencionó que además de una serie de thrillers ambientados en la Viena de Freud tiene esa novela de submarinos. La conseguí inmediatamente y la leí con fruición. ¡Es sensacional! Tallis, que la ha firmado como F. R. Tallis, se ha documentado una barbaridad y leerla es realmente como estar metido en un sumergible alemán de la II Guerra Mundial. Un submarino con fantasma, por eso, porque la inmensa gracia del relato es que Tallis mezcla una canónica historia habitual de guerra constreñida y claustrofóbica tipo Das Boot, con el cuento sobrenatural en la más pura tradición de M. R. James, Le Fanu o Arthur Machen.

En la novela (Picador, 2016), precedida por una frase de Jung sobre el mar y el subconsciente que es todo un leit motiv, o una hoja de ruta, subimos a bordo del infortunado U-330 (un submarino que en realidad nunca llegó a navegar), del tipo VII C, mandado por el Kapitänleutnant (Kaleun) Siegrfried Lorenz, un marino profesional y honesto que trata de hacer la guerra lo menos inhumana posible y pone por los altavoces de su sumergible música de Cole Porter (también prohibida en el Reich). Su tripulación es de cincuenta hombres, entre ellos los habituales veteranos, novatos, el nazi, el corresponsal de guerra tipo Lothar Günther Buchheim, el marinero con gonorrea y un joven tripulante que lleva como recuerdo un sujetador de su novia. Tallis consigue crear una trama que combina lo mejor del género bélico –hay los clásicos ataques con cargas de profundidad y aviones (los recurrentes Sunderlands), lanzamiento de torpedos, descensos letales hasta los 260 metros, el océano ardiente de petróleo en llamas, los gemidos del torturado metal del casco, “la vaporización del acero y la carne entre el sonido de algo convirtiéndose en nada”- con lo mejor y más sutil de la historia de fantasmas clásica. La historia que hubiera escrito Shirley Jackson si la meten en un submarino.

Al U-330 lo separa el mando  de su misión de guerra para encargarle una operación secreta en la que están involucradas las SS. Tienen que llevar a Brest a unos extraños prisioneros, un oficial británico y un científico noruego especialista en runas, que les transbordan en alta mar desde un buque de superficie. Y empiezan a suceder cosas alarmantes.

La forma en que el autor describe el interior del submarino iluminado con luces rojas como el infierno, las supersticiones de los marinos, la lucha por la supervivencia y contra el terror, es magistral. Y ominosa: el submarino y el relato mismo están sumergidos –y valga la palabra- en una atmósfera espesa de presagios y mal agüero, con hedor a humedad, a grasa, a sudor, a sitio cerrado y a descomposición. Nunca un submarino ha parecido tanto una tumba, ni la experiencia de navegar bajo las olas tan terrorífica.

La historia de un submarino con fantasma tiene, curiosamente, un precedente real: en la I Guerra Mundial hubo un sumergible alemán, el U-65, al que se consideró poseído por fuerzas demoníacas y se lo llegó a exorcizar. The passenger deja imágenes poderosas, terrores indeterminados, puestas de sol de un "hemorrágico carmesí", el mar entre la niebla como un sudario pálido y algunas frases que se quedan firmemente grabadas: “El submarino no solo llevaba a los hombres a través del abismo, sino también sus más extraños y oscuros sueños”.

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