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Profesores de la lidia

López Chaves, Chacón y Escribano ofrecieron una lección de torería ante nobles y descastados ‘miuras’

Manuel Escribano da un pase a su segundo toro en Bilbao.
Manuel Escribano da un pase a su segundo toro en Bilbao. EFE

MIURA / L. CHAVES, CHACÓN, ESCRIBANO

Toros de Miura, muy bien presentados, desiguales en los caballos, nobles, templados y con escaso recorrido en tercio final.
López Chaves: media estocada caída y dos descabellos (ovación); dos pinchazos y estocada (ovación).
Octavio Chacón: pinchazo y casi entera tendida y caída -aviso- (silencio); estocada (petición y vuelta).
Manuel Escribano: media estocada (ovación); estocada caída (oreja).
Plaza de Bilbao. 25 de agosto. Novena y última corrida de feria. Menos de un tercio de entrada.

Son reconocidos profesores de la lidia. Titulares indiscutibles de la universidad de la tauromaquia; especialistas en el temario más dificultoso de la asignatura. Expertos, con un admirable oficio y una derrochadora solvencia, de modo que cada clase es una fuente enciclopédica de sabiduría. Son brillantes y ofrecen más conocimiento que lucimiento, más arte del toreo que estética. No en vano, les ha tocado explicar la parte ‘hueso’ de esta misteriosa ciencia que es la lidia de un toro.

Solo hubo un trofeo, el que paseó con todo merecimiento Manuel Escribano a la muerte del sexto de la tarde, pero toda la corrida fue un compendio de torería, impartida por tres toreros que en Bilbao dictaron una lección magistral. Los tres destacaron ante una miurada excelentemente presentada, que cumplió de manera desigual en los caballos, y derrocharon tanta nobleza como escaso recorrido y entrega en el tercio final.

Hace 21 años que Domingo López Chaves tomó la alternativa, y se le nota, y de qué modo, su veteranía y cómo se mueve como pez en el agua delante de los toros. Es un sobrio castellano que, quizá, es más torero de campo que de público, que no vende bien su sapiencia, pero es una delicia verlo en la plaza.

Colocó al primer miura ante el caballo como solo lo puede hacer un maestro, en el terreno justo, generoso con el toro, y este y el picador Javier González protagonizaron un emocionante y vistoso tercio de varas. Escudriñó a su oponente con mirada de científico y trazó los muletazos justos. Su disertación no fue lucida, pero sí muy lúcida. Ante ese primer toro, noble y con recorrido, pero que se negó a humillar en las embestidas, desplegó una labor suave y templada, propia de un conocedor profundo de la materia.

Más áspero fue el cuarto, con la cara alta y espeso en los andares, y López Chaves volvió a citar a los clásicos para salir airoso del trance con la seriedad que corresponde a su origen.

Otro profesor es Octavio Chacón, que, aunque gaditano, se pone muy circunspecto en la cara del toro. No es para menos cuando te estás jugando el tipo ante un miura de gran alzada y mirada penetrante. Y se le nota al torero su buena condición y larga experiencia. Su trasteo al segundo fue muy meritorio porque el toro buscaba siempre las alturas, con poca entrega y menos disposición para obedecer las indicaciones del torero.

También descastado y con poca afición a humillar fue el quinto, pero Chacón volvió a asentarse en la oscura arena bilbaína y explicó a todo quien quisiera escucharlo cómo es la lidia profesional ante un toro que no ofreció facilidades para el lucimiento. Cuando mató de una estocada, le pidieron la oreja, pero el presidente estimó que no había mayoría, quizá porque algunos no estuvieron atentos en clase.

Y Escribano, el más joven, profesor asociado todavía, conectó más con los tendidos con una explicación animosa y cálida. Recibió a sus dos toros de rodillas frente a la puerta de toriles. Sin novedad reseñable en la larga cambiada al tercero, pero el sexto ignoró al torero genuflexo, que aguantó la posición en un derroche de valor y vergüenza, y solo sus vivos reflejos le permitieron salir indemne del encuentro cuando el animal hizo por él.

Manejó con soltura el capote y clavó banderillas con acierto y vistosidad; especialmente al último, en un tercer par al quiebro sentado en el estribo verdaderamente espectacular. Conocido es que no brilla por su exquisitez con la muleta, pero estuvo digno frente al descastado primero y muy solvente y firme ante el de más recorrido de la tarde. Mató con gran efectividad y paseó el último trofeo de la feria.

Acabó el ciclo de las Corridas Generales. Bilbao sigue siendo el prestigioso Bilbao, pero más para los toreros y aficionados que para el público. Este domingo, un día más, pocos espectadores en los tendidos. La reflexión debe ser larga.

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