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La música clásica toma un Berlín festivo y alegre

Bajo un simbólico emplazamiento, el concierto fue un canto a la unión en una Europa herida por las divisiones

Unos asistentes al concierto graban con sus móviles.
Unos asistentes al concierto graban con sus móviles.

Y la música invadió Berlín. La Novena sinfonía de Beethoven se coló por las arboledas del Tiergarten, por los vanos de la puerta de Brandeburgo y acompañó a los visitantes de la cúpula del Reichstag. El estreno del nuevo director de la Filarmónica de Berlín, el ruso Kirill Petrenko, se abrió a todos los públicos. Todo el que quisiese podía tender una manta en el asfalto en pleno centro de Berlín o simplemente pararse a escuchar. Miles de personas lo hicieron.

Como telón de fondo, el corazón de la capital alemana, partido en dos hasta hace 30 años, cuando cayó el Muro de Berlín. La puerta de Brandeburgo como símbolo máximo de la división y posterior reunificación de un país que no acaba de coserse, ni de borrar sus cicatrices. Pero en este anochecer el ambiente era otro, festivo y alegre.

El acto era gratis y en un lugar idílico. El público no faltó a la cita

Dos horas antes de dar comienzo el concierto, la avenida 17 de junio, la que va desde la puerta de Brandeburgo, atravesando el Tiergarten hasta el oeste, ya estaba repleta de gente tirada por el suelo. Muchos jóvenes, jubilados, niños a hombros, turistas. Una fiesta. Con sus mantas, sus picnics, una larguísima cola para comprar cerveza y una enorme expectación ante la presentación del nuevo director, en una ciudad con tres óperas y ocho orquestas y en la que la música clásica ocupa un lugar protagonista.

"Esto es algo impresionante, que no se puede ver todos los días", decía visiblemente emocionada Eva, empleada de un banco, que dice que va solo de vez en cuando a conciertos de música clásica, pero que hoy no ha querido perdérselo. Dos amigas, de unos cincuenta no pueden creerse su suerte. "Es una buen orquesta, un buen director y encima hace buen tiempo. ¿Qué más se puede pedir?", dice una de ellas cerveza y un brezel, el típico bollo alemán en la mano. A sus espaldas, la puerta, imponente, iluminada de violeta. A las ocho y cuarto salió Petrenko y el público corrió a sacar fotos y vídeos porque al aire libre sí se puede. Después un silencio absoluto dio paso a la música.

Unos metros más allá unos turistas noruegos, encantados de haberse topado con este concierto. "Me hubiera gustado más la quinta, porque es más dramática, pero tal vez la Novena ilustre mejor la historia de Berlín y de Alemania y claro, por ver a Petrenko. No soy ninguna experta, pero hace tiempo que le sigo", explica Ragnhild Kolden, de 63 años.

La cita estaba cargada de simbolismo y significado. Sonó la Novena sinfonía de Beethoven, con el final coral en su último movimiento, el Himno a la alegría. La oda de Friedrich Schiller, convertida en banda sonora del ahora malherido espíritu europeo y que todo el mundo es capaz de tararear y hasta de cantar.

El himno que la Unión Europea hizo suyo en 1985 para celebrar los valores compartidos y bajo la batuta de Herbert von Karajan, director durante décadas de la filarmónica de Berlín, resonó la noche del sábado con especial pertinencia.

Cuando Reino Unido está a punto de desgajarse de la Unión Europea, cuando los vientos ultranacionalistas y contrarios al espíritu de los padres fundadores arrecian y la ultraderecha del este de Alemania amenaza con exhibir músculo en las urnas en una semana, la Novena sinfonía de Beethoven resultó algo balsámica. "Freude [ALEGRÍA], Freude", cantó el coro. Por un momento, en Berlín, la emoción fraguó una suerte de comunión entre las personas llamadas "a ser hermanas". 

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