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LA LIBRERÍA COLUMNA i

“Fumar una pipa, cansado de Europa”

Los dibujos de Günter Grass se exhiben en Santa Cruz de la Palma, uno de los lugares en los que se refugiaba el escritor alemán

Günter Grass junto a un pescador en la isla de La Palma en 2007, en una fotografía realizada por su hijo.
Günter Grass junto a un pescador en la isla de La Palma en 2007, en una fotografía realizada por su hijo.

Günter Grass era poeta, narrador, pintor, paseante, gruñón. Premio Nobel de Literatura. De adolescente fue encandilado por los uniformes. Cayó a esas edades en el pozo de la guerra entorchada de Alemania. Pronto observó que el sueño estaba relleno con la maldad de la mentira. Escribió El tambor de hojalata para eternizar el grito del chico que no quiso crecer y que seguramente era él mismo.

Al tiempo que escribía ese libro, en 1959, nacía en París su hijo Raoul, que desde hace 30 años tiene una casa en Puntallana, La Palma. En medio de una de las más graves tormentas de su vida, Günter y Ute, su esposa, fueron a pasar unos meses con Raoul y con la pareja de este, Beatriz. Era 2007, un año después de que hubiera aparecido en Alemania Pelando la cebolla. En ese libro de memorias Grass había cerrado el ciclo que nació con El tambor de hojalata y explicaba, desde la primera línea, su presencia adolescente en el infierno de Hitler.

Fue una tormenta perfecta. Grass había dicho lo mismo en entrevistas y en otros libros, cuando eso en Alemania no despertaba recelo. Pero esta vez no le perdonaron el pasado. Este cayó sobre su cabeza y sobre un libro que él consideraba de expiación y que amplificó su culpa. El fuego que quemó su ánimo halló cierta calma en Faro, donde tuvo una casa en su “Portugal perdido”, y en Puntallana, con Raoul y Beatriz.

Igual que había hecho en Lanzarote, en momentos mucho más felices, Grass buscó en La Palma rincones por los que caminar solo, “encorvado, paso a paso”, parándose a veces para conversar con campesinos o pescadores, y para pintar paisajes y tipos.

De esas paradas hace crónica su hijo Raoul en el catálogo que el Museo Insular de La Palma le ha dedicado a la obra pintada del escritor más importante de Alemania (y el más insultado) de la última parte del siglo XX, cuyo premio Nobel de 1999 tembló cuando él publicó Pelando la cebolla. Raoul lo vio "salir del sofocante vientre del avión, sacó su omnipresente cuaderno de dibujo y su lápiz, utensilios que llevaba siempre encima, y comenzó”. Aparte de otros dibujos históricos, que aluden al tambor, al rodaballo, a la ratesa, personajes o símbolos de sus libros, esos testimonios de su arte de mirar están en la exposición patrocinada por el Cabildo, dirigida por Isabel Santos para el Museo Insular y abierta hasta este 26 de julio en la Fundación Cajacanarias de Santa Cruz de la Palma. En la isla dibujó el volcán, las playas, los miradores, los dragos…, y en la vida hizo escultura o pintura de casi todo. Tanto en sus autorretratos como en el resto de sus cuadros estaba este hombre “enfurruñado” mirando por “su agujero para deslizarse a otros mundos”.

Miguel Sáenz, académico, su traductor al español, llevó a La Palma, para explicar su relación con Grass, y la relación de este con la vida y con el mundo, un libro del que proceden algunos subrayados de esta crónica. Ese libro es De la finitud (que él tradujo para Visor), y en algún momento dice, describiéndose: “Con sanguina, plomo, grafito, / con trazo de tinta y rasgo de pluma, / con lápices afilados, saturado pincel, / y carbón de bosques siberianos, / con acuarela mojado sobre mojado, / luego otra vez entre negro y blanco / […] buscar la salida, flotando ligero, / como las plumas, que escapan al azul”.

De la finitud salió, póstumo en España, tras la muerte de Grass, en abril de 2015. En ese libro, contó Sáenz en medio de la exposición, está el viejo lobo gruñón despidiéndose de la vida, en medio de los estertores del tiempo que contó en cada una de sus obras. Ahí está él, riéndose de sí mismo, metiéndole miedo a los nietos con su diente solitario, escapándose de la actualidad y del aburrimiento, de la catarata de las noticias, del dinero y del miedo. En los cuadros están la luz y los bailes, en ese largo poema de despedida está el hombre convencido de que la única razón que espera al artista a esa edad es “saltar de la cama / y con lápiz afilado / aclarar la nada oscilante”. Esa es, añadió, “la ventaja de la vejez, dormir es un derroche de tiempo”.

En La Palma hizo eso, aclarar la nada oscilante, “fumar una pipa, cansado de Europa”, conversando al borde del mar sobre la invariable identidad de los peces. Alejado del ruido que él mismo había descrito golpeando hasta el infinito el tambor de hojalata que, en distintos tamaños, está en la exposición de La Palma como si se tratara un autorretrato.

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