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Cien años de matanzas entre hermanos

Dos historiadores españoles recorren en un ensayo las principales guerras civiles desde 1917 hasta hoy

Entierro en Sarajevo de víctimas de la guerra civil en la exYugoslavia, en junio de 1992.
Entierro en Sarajevo de víctimas de la guerra civil en la exYugoslavia, en junio de 1992. GETTY IMAGES

“Lo malo de las guerras civiles es que nunca se sabe si el enemigo soy yo o eres tú”, le dice un soldado a otro en una viñeta de Gila. Sin ánimo de banalizar un fenómeno tan terrible, el humorista sintetiza la principal característica de estas confrontaciones, “son esquivas, porosas, ninguno de los combatientes la define como civil, sino que se suele hablar de liberación, y casi nunca se saldan con acuerdos de paz", dice el historiador Javier Rodrigo, autor junto a su colega David Alegre del ensayo Comunidades rotas (Galaxia Gutenberg), un volumen de 736 páginas que recorre la gran mayoría de los enfrentamientos fratricidas desde 1917, la guerra civil rusa tras la Revolución de Octubre, hasta 2017, con la llaga en Siria que no deja de supurar cadáveres.

De estas guerras “han nacido parte de las naciones actuales y, desde 1945, es el fenómeno bélico por antonomasia”, añade Rodrigo. “Ha habido unas 190 en todo el mundo, con 20 millones de muertos” que, además, “han generado grandes conflictos internacionales, como Vietnam, cuando antes pasaba justo al revés”, se pasaba de lo general a lo particular. Sobre todo han sido guerras de guerrillas, “en las que los frentes son difíciles de definir” y dentro de esta heterogeneidad y dificultad para una definición común, Rodrigo apunta unas evidencias que suelen repetirse: “La reclamación de un territorio, la lucha para expulsar al enemigo, potencia de fuego y la utilización del terror contra la población civil”.

¿Dónde se ha puesto en práctica este manual con más crueldad? “La de China”, cuyos primeros compases son de 1927 y acaba en 1958, “las africanas (Congo, Ruanda…) y las de la exYugoslavia en los años noventa”, asegura este catedrático en la Universidad Autónoma de Barcelona y autor de una decena de libros. Rodrigo destaca de esta obra que “sitúa la Guerra Civil española en su contexto, el de un conflicto que abre la puerta a otras guerras civiles en las que se enfrentan el fascismo y el antifascismo”. También han querido “enterrar clichés, como el de la predisposición atávica de los españoles por matarse, un relato franquista que exime de responsabilidad a los que la tienen; es una mirada de una sociedad abocada a enfrentarse, cuando ninguna lucha es inevitable y pueden ser procesos que tengan marcha atrás. Sin el golpe de Estado no habría habido Guerra Civil". Esa inevitabilidad se aplicaba también por parte de la historiografía a los rusos. “Su guerra civil (1917-1926) empezó con caballos y acabó siendo masiva. Para Lenin, era una herramienta más de la revolución, un modus operandi que se reproducirá en otros lugares”.

En Afganistán, un enorme agujero negro que empezó en 1978 y continúa en la actualidad, han tenido un papel capital en el envío de armamento

David Alegre, historiador

En comparación con otros conflictos, Rodrigo y Alegre sostienen que la española guarda “muchos paralelismos” con la de Corea (1948-1953). “Una retaguardia definida, frentes claros, violencia masiva… por todo ello acaba siendo convencional. Una excepcionalidad a la que se añade que fue la única de las europeas en las que vence el fascismo” y, como siempre se ha dicho, “un laboratorio de lo que vendría después”.

Ambos historiadores plantean una serie de factores indiciarios de una gran tormenta. “Inestabilidad política crónica o, como sucedió en los Estados poscoloniales africanos, la brusca marcha de la metrópoli que deja unas élites no preparadas para gobernar y que acaban disputándose el poder y los recursos; también están los casos originados en la disolución de entidades supraestatales, como la URSS o el Imperio otomano”.

Asimismo, en estas guerras entre vecinos y hermanos suele haber intervención extranjera. El libro incide en la participación de Estados Unidos (sobre todo en su “patio trasero”, Centroamérica) y la antigua Unión Soviética en conflictos fuera de sus fronteras. “Las guerras civiles en países pobres son insostenibles desde dentro, como ocurre hoy en Siria y Yemen… o la española”, apunta David Alegre. “En Afganistán, un enorme agujero negro que empezó en 1978 y continúa en la actualidad, han tenido un papel capital en el envío de armamento. La URSS apoyó a un régimen aliado, mientras Pakistán y Arabia Saudí armaron a la resistencia afgana”. Sin embargo, hay un riesgo en esa implicación, lo que estos historiadores denominan “efecto contagio”. Como sucedió en Vietnam, “que empezó por causas endógenas, pero acabó generalizándose en toda la zona, con China apoyando a los comunistas vietnamitas”, explica Alegre.

¿Por qué esas superpotencias no llegan a invadir por completo los países que armaban para intentar llegar a un final? “Es curioso, pero en la Guerra Fría la amenaza de la bomba nuclear fue un factor disuasorio, les impedía implicarse más sobre el terreno por temor a que el enemigo la usase”, añade Alegre, doctor en Historia por la Universidad de Barcelona.

Como se recalca a lo largo del libro, lo imprevisible de una guerra civil no permite pronosticar qué pasará en Siria o Yemen, agravado por la presencia del yihadismo, “que se superpone a esos conflictos”. “Lo que está claro”, señala Alegre, es que “las guerras civiles del arco mediterráneo van a condicionar la política europea en décadas, por los refugiados y expulsados” que llaman a las puertas de Polonia, Rumanía, Alemania, Turquía… “Es un problema muy complejo y por lo que Europa ha hecho hasta ahora, no pinta bien”.

Los serbios como chivo expiatorio

David Alegre subraya que se hizo historiador cuando en su adolescencia vio por televisión los muertos de las guerras en la exYugoslavia. Un conflicto del que predominó el relato que sitúa a los serbios como grandes responsables. “Se les ha usado como chivo expiatorio porque es un discurso que oculta la complejidad de conflicto. Se propagó la idea de los odios ancestrales, cuando lo que había era una lucha por el control en procesos de descomposición política”. Según Alegre, un descentralizado Estado yugoslavo sembró el camino para que los agentes comunistas y los nuevos nacionalistas se disputaran el poder”. Además, “el papel de Alemania contribuyó a que la guerra se generalizara por reconocer a Eslovenia y Croacia sin contar con la UE, fue como echar gasolina al fuego”. Ese ir por libre de los germanos “dejó a Bosnia con pocas opciones, que también se declaró independiente y propició un efecto dominó”.

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