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El enigma del escritor implausible

La película de Bezançon apuesta por una ligereza que no quiere hacer sangre

'La biblioteca de los libros rechazados'
Fabrice Luchini y Camille Cottin, en 'La biblioteca de los libros rechazados'.

Un thriller claustrofóbico –Basada en hechos reales (2017), de Roman Polanski-, una comedia (aparentemente) ligera –Dobles vidas (2018), de Olivier Assayas- y un whodunit libresco y matizadamente bufo –La biblioteca de los libros rechazados, de Rémi Bezançon- han ido desfilando por la cartelera para dar fe, a partir de sus contrastadas estrategias, de lo firmemente enraizada que está la pasión bibliófila en la cultura francesa, aprovechando, de paso, el inagotable potencial narrativo que posee toda inmersión en los entresijos –en apariencia, tan poco cinematográficos- de la industria editorial. En los tres casos, el viejo trazo satírico, comúnmente orientado a señalar la fatua petulancia de los círculos intelectuales, da paso a algo más, a una mirada que sabe trascender el maniqueísmo sosteniéndose sobre un palpable conocimiento de causa alérgico a los clichés mecánicos. Otro rasgo que permite relacionar tres trabajos tan distintos pasa por su respectiva habilidad para proponer productivos diálogos con géneros cinematográficos de clara vocación popular, iluminador indicio que de que, en el país vecino, la lectura se sigue considerando cosa de todos, valor democrático.

LA BIBLIOTECA DE LOS LIBROS RECHAZADOS

Dirección: Rémi Bezançon.

Intérpretes: Fabrice Luchini, Camille Cottin, Alice Isaaz, Hanna Schygulla.

Género: comedia. Francia, 2019.

Duración: 100 minutos.

Partiendo de una novela del mismo David Foenkinos que inspiró (y llevó al cine en colaboración con su propio hermano cineasta) La delicadeza (2011) y alcanzó el reconocimiento crítico con su reivindicación de la figura de Charlotte Salomon, La biblioteca de los libros rechazados se centra en la investigación en torno a la autoría real de un manuscrito sorprendente: una novela que armoniza la muerte de Aleksandr Pushkin con la crónica de una ruptura sentimental en presente, firmada por un pizzero difunto que, en vida, no había manifestado ningún tipo de inquietud literaria. La película de Bezançon apuesta por una ligereza que no quiere hacer sangre, aunque su trama fija dos dianas para lanzar sus dardos críticos: las convicciones jerárquicas de un crítico literario mediático y la ciega obsesión de la industria editorial por encontrar el próximo fenómeno de mercado.

Si bien la resolución del misterio resulta apresurada y ortopédica, la película luce algún pico de finura estilística, como el que protagoniza ese reportaje televisivo en torno al fundador de la biblioteca en cuestión.

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