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ESTAR SIN ESTAR COLUMNA i

Tinta en llamas

Víctor Hugo habla sobre Notre Dame de la llama inmensa, la que se eleva hasta la punta de la llamada flecha que ahora parece un fósforo encendido, un cerillo del diablo en persona

Tinta en llamas

Lo escribió Victor Hugo en su novela Nuestra Señora de París de 1831: "Todas las miradas se dirigían a la parte superior de la catedral y era algo extraordinario lo que estaban viendo: en la parte más elevada de la última galería, por encima del rosetón central, había una gran llama que subía entre los campanarios con turbillones de chispas, una gran llama revuelta y furiosa, de la que el viento arrancaba a veces una lengua en medio de una gran humareda".

Dos siglos después, las miradas se clavan sobre la pantalla de los teléfonos con los que todo mundo graba en video la realidad que le queda enfrente y la extraordinaria llama que sube por encima de los campanarios, con sus turbillones de chispas, es ahora contemplada desde las nubes por drones como abejas y, en el epicentro del templo, hacia el altar va rodando un vehículo que podría conquistar Marte, escupiendo medidos chorros de agua para evitar que se quemen las entrañas del templo.

Más adelante, Víctor Hugo habla de la llama inmensa, la que se eleva hasta la punta de la llamada flecha que ahora parece un fósforo encendido, un cerillo del diablo en persona: "Por debajo de aquella llama, por debajo de la oscura balaustrada de tréboles al rojo, dos gárgolas con caras de monstruos vomitaban sin cesar una lluvia ardiente que se destacaba contra la oscuridad de la fachada inferior. A medida que aquellos dos chorros líquidos se aproximaban al suelo, se iban esparciendo en haces, como el agua que sale por los mil agujeros de una regadera". Ahora, según los iluminados conspiracionistas, Notre Dame ardió en 2019 precisamente porque se habían retirado sus gárgolas para ser restauradas en su entera fealdad y quizá también porque Quasimodo, en su horrorosa belleza demediada no para de arrojar aceite hirviente y bolas de fuego intenso a la plebe de turistas en fila, fanáticos de Disney, fotógrafos improvisados y babosos en tropel que increpan la hermosura intacta de Esmeralda y el triunfo indiscutible de la belleza de un templo de siglos que es perfecto y hermoso aun envuelto en llamas, en medio de un incendio que se mira desde lejos, como tinta en llamas.

Concluye el novelista que: "Por encima de las llamas, las enormes torres, de las que en cada una se destacaban dos caras, una toda negra y otra totalmente roja, parecían aún más altas por la enorme sombra que proyectaban hacia el cielo. Sus innumerables esculturas de diablos y de dragones adquirían un aspecto lúgubre y daba la impresión de que la inquieta claridad de la llama les insuflara movimiento. Había sierpes que parecían reír, gárgolas que podría creerse que aullaban, salamandras que resoplaban en las llamas, tarascas que estornudaban por el humo; y entre todos aquellos monstruos, despertados así de su sueño de piedra por aquella llama y por aquel clamor, había uno que andaba y al que, de vez en cuando, se le veía pasar por el frente de la hoguera como un murciélago ante una luz. Seguramente aquel extraño faro iba a despertar, a lo lejos, al leñador de las colinas de Bicetre, temeroso al ver temblar sobre sus brezos la sombra gigantesca de las torres de Nuestra Señora…" y al sosegado lector que se hunde en la tristeza no le queda ya más memoria que la que se encierra en un párrafo al vuelo, cuyas sílabas se van hilando ya para siempre como tinta en llamas.

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