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OPINIÓN i

Un hombre entero hablando

La noche de Coria parecía la habitación de su espíritu, salvaje, radical, poético, rabiosamente Rafael Sánchez Ferlosio

El escritor Rafael Sánchez Ferlosio, en Barcelona, en 2003.
El escritor Rafael Sánchez Ferlosio, en Barcelona, en 2003.

Un hombre hosco, la ternura de los hoscos. Un hombre entero en silencio. Hablando con sus ojos desorbitados. Y ahora otra vez en paz, el bastón es el epicentro de su energía, y de su mirada. Fijo en un punto, taladra el hielo y los ladrillos, la piedra visible de la casa caliente. El pelo revuelto, los pijamas. El paso veloz, desordenado, para un hombre de aquella edad, ferragosto, 1990 en Coria. Está a punto de estallar la guerra de Irak del padre de Bush.

El día va acumulando calor en su cuerpo abrigado. Demetria es, una y otra vez, la referencia, refresco de seguridad para el atleta que piensa. Demetria. Su nombre es benéfico. En algún momento ella prepara una excursión al río. El camino hurta las sombras, hasta que se divisa el agua. No es difícil juntar la literatura, el Jarama —pero cualquiera dice el Jarama…— y esa orilla aireada de Coria.

El escritor hace tiempo e incluso gestos para que el fotógrafo, Miguel Novack, lo retrate haciendo que su bastón parezca un fusil de madera. Lo ves y sabes que su puntería no sólo es sintáctica. Tira, pero no sale metralla, al contrario que en la escritura. En aquel calor de Coria no hay ni pájaros, ni aire para los pájaros.

La tarde avanza, se retraen las sombras. Va almacenando su voz y sus ideas. Se le oye pensar, es un murmullo. Tú le miras. Más tarde hablamos, dice. Y así más tarde y más tarde y más tarde. Llegó el anochecer. Las mesas y la casa, los recortes, los periódicos, los libros, las gramáticas. El orden, el desorden. Él se estaba preparando para hablar de la guerra. De aquella, de todas.

La casa vieja estaba ya más fresca, la cena, las palabras domésticas, de nuevo el don apacible de Demetria, los nombres propios de los numerosos amigos. Un eco redondo de nombres propios. El cansancio superado por la necesidad de contar en qué momento exacto se encontraba la estupidez del mundo, su ruido.

Pasó la medianoche. Entonces ya sólo estaba resguardado por la ropa blanca, su cuerpo a la intemperie declarándose en silencio. Y de pronto fue un hombre entero hablando, casi desnudo también su lenguaje. Su mente ordenando palabras precisas. Como Beckett dictando, el periodista empeñado por el compromiso de anotar exactamente la tenacidad intachable de sus verbos, de los sustantivos. Ideas que parecía haber cincelado con el arma que más sobresalía: la inteligencia.

Cuando terminó de responder las preguntas volvió al silencio. Palabra a palabra había sido un hombre entero hablando. La noche de Coria parecía la habitación de su espíritu, salvaje, radical, poético, rabiosamente Rafael Sánchez Ferlosio.

Ninguna palabra de las que dijo se quedarían durmiendo. Así fueron sus últimas respuestas:

—¿Qué le irrita de los españoles?

—Es que me irritan lo mismo los italianos o los franceses o los alemanes. E incluso los árabes.

—¿Cuál es el objeto de su rechazo?

—La cultura de la victoria.

Entonces empezó a dar vueltas por aquel cuarto de abajo y miró al periodista como si más allá de los cuerpos hubiera otra idea que esa noche dormiría hasta convertirse, vete a saber cuándo, en una palabra escrita con cincel en la frente fresca de su pensamiento.

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