Opinión
Texto en el que el autor aboga por ideas y saca conclusiones basadas en su interpretación de hechos y datos

El anti-Ortega

Ferlosio detestaba a Ortega y Gasset, y sobre ese desagrado profundo escribió páginas descacharrantes

Desde la izquierda, los escritores Rafael Sánchez Ferlosio, Juan García Hortelano y Javier Pradera, en la presentación de un libro en 1986.
Desde la izquierda, los escritores Rafael Sánchez Ferlosio, Juan García Hortelano y Javier Pradera, en la presentación de un libro en 1986.Luis Magán

Rafael Sánchez Ferlosio fue uno de los mayores escritores españoles de su generación, una generación de grandes escritores. No se sentía novelista, pero su libro todavía más conocido hoy es El Jarama (1956), al que muchos consideran con razón la cima de la llamada novela social, un tipo de novela realista, más o menos antifranquista y en general bastante pedestre; al propio Ferlosio le gustaba poco El Jarama, a la que prefería, también con razón, su primera novela, Alfanhuí (1951).

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En alguna parte se definió a sí mismo como “un tertuliano enloquecido”; se trata de una forma humilde —Ferlosio fue un hombre humilde, pero un escritor soberbio, en los dos sentidos de la palabra— de llamarse ensayista, que es lo que ante todo fue. De hecho, si tuviera que definirlo de una sola vez, yo diría que, en el contexto de la cultura española, fue el anti-Ortega. Como se sabe, Ferlosio detestaba a Ortega y Gasset, y sobre ese desagrado profundo escribió páginas descacharrantes; pero, igual que otros escritores de su generación, algunos muy próximos a él (como Juan Benet o Luis Martín-Santos), lo detestaba tanto porque lo había leído a fondo, y quizá porque le debía más de lo que le hubiera gustado admitir.

Ferlosio y Ortega son pensadores aparatosamente distintos, pero también secretamente análogos, incluso en aspectos solo en apariencia superficiales: igual que, según observó Juan Ferraté, el problema de Ortega fueron los orteguianos, el problema de Ferlosio son los ferlosianos, algunos de los cuales han intentado convertirlo en una especie de gurú, desvirtuando a menudo su obra. Es verdad que la prosa de Ferlosio exige una lectura atenta, lo que es una bendición, y que su sintaxis a veces se enreda demasiado, lo que resulta un poco fastidioso; pero no es menos verdad que Ferlosio es un escritor de una gran cordialidad, y que su sentido del humor —del que para mi gusto se habla demasiado poco— casi no tiene parangón: por favor, lean El escudo de Jotán, un relato digno de Kafka —incluido en Vendrán más años malos y nos harán más ciegos (1993)— que contiene una reflexión insuperable sobre el poder de la risa. En este sentido, como en otros, Ferlosio está mucho más cerca de Unamuno que de Ortega, quien a su modo fue un anti-Unamuno. Unamuno, Ortega y Ferlosio: esa es la línea más fuerte del pensamiento español del siglo XX, tal vez la única indispensable.

Además de un escritor, Ferlosio fue un personaje, en sus últimos años casi una leyenda, lo que perjudicó su obra, porque toda leyenda es hija de un malentendido. Yo solo estuve largamente con él en una ocasión, y me impresionó tanto que, con los años, de ese encuentro surgieron dos novelas. En una de ellas le describo como un hombre destartalado en cuyo físico se mezclaban “el aire de un aristócrata castellano avergonzado de serlo y el de un viejo guerrero oriental”. Dejando de lado El Jarama, su obra, me temo, se lee poco, y mucho menos fuera de nuestro país, incluida Latinoamérica; yo fracasé casi siempre en mis intentos de promoverla en otras lenguas, pero me enorgullece recordar que formé parte del jurado que, en el año 2004, le concedió el Premio Cervantes. Al fin y al cabo, quizá no fue uno de los grandes escritores españoles de su generación, sino uno de los grandes escritores españoles a secas.

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