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El amor entre mujeres que ha conmovido a Paraguay

El drama ‘Las herederas’ obtuvo tres premios en la Berlinale, y ha provocado un terremoto social en su país natal

Ana Brun (izquierda) y Ana Ivanova, en una imagen de 'Las herederas'.
Ana Brun (izquierda) y Ana Ivanova, en una imagen de 'Las herederas'.

Tras obtener en febrero de 2018 tres premios en el festival de Berlín, entre ellos el de la crítica internacional y el Oso de Plata a la mejor actriz para Ana Brun, el equipo de Las herederas volvió a su país, Paraguay, y fue a la Cámara de Senadores de Asunción a recibir un merecido homenaje. Allí se encontraron numerosos sitios vacíos entre los 45 escaños, frases subidas de tono de parte de una senadora del Partido Liberal y algún saludo cariñoso que sí celebraba un triunfo histórico.

Meses más tarde, estrenada la película en su país y acabado su periplo festivalero, el director debutante Marcelo Martinessi (Asunción, 45 años) reflexiona en España sobre todo ese largo camino que ha supuesto hacer cine en Paraguay y las trabas ideológicas que se cruzaron en su país, porque las herederas que dan título a su drama son dos lesbianas mayores de clase alta muy venidas a menos económicamente. Una de ellas, Chiquita, la más lanzada, acaba en la cárcel por un delito menor relacionado con las deudas. En ese momento, Chela, deprimida, insegura, comienza su propia exploración y aprende a vivir por sí misma. Incluso, a plantearse un último romance. Demasiado para Paraguay, país que se autodefine como el más católico de Sudamérica, según el Latinobarómetro. “Por un lado, no tenemos estructuras ni sistema de ayudas. Por otro, es un milagro producir cine, y eso provocó un entusiasmo extra”, recuerda el director. “Tuve mucho tiempo para ensayar con las actrices y muchas ayudas particulares, esfuerzos de gente que quería que Las herederas se hiciera. Nunca pensamos en el impacto que al final hemos logrado en todo el mundo”.

Familias de apellidos largos y bolsillos cortos

Para Marcelo Martinessi, Las herederas roza el drama decimonónico en el retrato de una clase social en declive que apoya a las dictaduras. “Ha pasado no solo en Paraguay, sino en más países. Son familias tradicionales que nosotros llamamos familias de apellidos largos y bolsillos cortos, que han perdido el manejo de los medios de producción y viven de restos del esplendor pasado”, incide el cineasta. “No son solo herederas de su clase social y de posesiones, sino también de prejuicios y limitaciones. Por eso dudé mucho con el título de la película, porque aún me suena pretencioso y a película vieja y rimbombante”. Como sus mujeres, que heredan un tiempo y una condición.

Al inicio del proyecto, Martinessi se planteó que la pareja fuera heterosexual. “Pero entraba en una compleja cuestión de género que me parecía muy complicada en estos tiempos. Y, además, me apetecía rodar en la cárcel de mujeres. Me gusta filmar los rostros femeninos, y me gusta el cine de Fassbinder, Haynes, Casavettes, directores con profundos personajes femeninos. Y películas como ¿Qué fue de Baby Jean? o Grey Gardens, con potentes enfrentamientos femeninos”, confiesa Martinessi. “Y de ahí su relación de pareja opresión-protección, que en realidad es la relación que hemos vivido con nuestros dictadores, especialmente con la clase burguesa. Uno de los retos de mi película era mostrar a personajes de clase alta sin juzgarlos ni imitarlos”.

Y por supuesto, Chela, encarnada por Ana Brun, la mujer que reflorece como pocas veces se ha visto en el cine, como The Mother, de Roger Michell. “Vivía en Londres cuando se estrenó aquella película con Daniel Craig y guion de Hanif Kureishi, y me había olvidado de aquella referencia. Mi ventaja: cuento con la mirada de Ana, que hizo que su personaje se relacionara con el mundo a través de los ojos”, rememora. “Brun llevaba 15 años retirada del teatro. Un buen amigo leyó mi guion hace un lustro y me dijo: ‘Es Ana Brun’. Con ella contratada buscamos el resto del reparto, actrices con las que conectara a través de la piel”.

Martinessi, que fue el primer director de la televisión pública paraguaya (2010-2012), ha necesitado más de seis años para alcanzar el estreno. Su guion ha pasado por diversos laboratorios de festivales, que impulsaron su "cine arriesgado”. Al cineasta paraguayo le preocupa que la película se sienta fruto de una moda, que se relacione con el movimiento #MeToo. “Respeto y apoyo esta lucha, pero el cine debe vivir de esencias, no ir pegado a la moda”, considera. “El pez grande para el cine es el tiempo, que hace la criba”.

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