Crítica | Dios no está muerto: una luz en la oscuridad
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Melodrama cristiano

Con aspecto de telefilme de los 90 bien realizado y propósitos de proselitismo, la película acude al complejo de persecución por parte de la iglesia cristiana estadounidense

Imagen de 'Dios no está muerto: una luz en la oscuridad'.
Imagen de 'Dios no está muerto: una luz en la oscuridad'.

“¿Qué pinta una iglesia en el campus de una universidad pública?”, se pregunta un joven manifestante en la película estadounidense Dios no está muerto: una luz en la oscuridad. El joven activista se refiere a una congregación evangélica cristiana de raíz luterana, y a una universidad estadounidense en el estado de Arkansas financiada con fondos estatales, pero la memoria es fuerte (o frágil, según se mire), y la mente se va inmediatamente a la Complutense de Madrid y a los actos de protesta que llevaron a juicio a la actual concejal del ayuntamiento de la capital Rita Maestre, tras su asalto a la capilla católica de la institución universitaria española.

Es solo uno de los muy interesantes asuntos (en lo social y en lo político, casi nunca en lo cinematográfico) planteados por la película dirigida por Mike Mason y producida por la empresa de David R. White, su actor protagonista: Flix Entertainment, especializada en historias de corte evangelizador. Con aspecto de telefilme de los años 90 bien realizado y evidentes propósitos de proselitismo, la película acude a un tema en boga: cierto complejo de persecución por parte de la iglesia cristiana estadounidense. De hecho, el relato se inicia, sorprendentemente, con la detención del pastor protagonista a causa de sus sermones, y está edificada a partir de un castillo de naipes que no se sostiene: un presunto atentado contra el templo del campus, con resultado de muerte de una persona, que no es más que un cúmulo de improbables casualidades que únicamente sirven a sus autores para proclamar la palabra de dios.

Aunque lo más curioso, y positivo, de la película, tercera entrega de la saga de relatos independientes Dios no está muerto (las dos primeras no llegaron a España), es que está bien planteada en lo dramático, e incluso en lo propagandístico. En el guion están buena parte de las cuestiones esenciales del cristianismo: la fe, el remordimiento, la ira, la piedad, la confesión y la redención. Se desarrolla casi en forma de parábola bíblica, ciertamente tramposa, pero al mismo tiempo sencilla. Y aunque el sermón también sea manifiesto, se adentra en el curioso subgénero cinematográfico que solemos llamar “convencer al convencido” con armas relativamente novedosas: ofreciendo en sus diálogos y acciones defensas de fuste y calidad a los personajes alejados de la fe, a los ateos. Y en ese sentido es más hábil, en su variante ostensiblemente conservadora, que ciertos productos cinematográficos profundamente progresistas, llevados hasta el panfleto y el maniqueísmo pese a sus loables propósitos sociales.

Eso sí, presentar a sus personajes eclesiales como gente sin dinero y sin influencia es una falacia, empezando por la propia existencia de la película.

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