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Inútiles totales

El autor de ‘La trilogía de la guerra civil’ se estrenó como novelista con ‘Inútiles totales’, una obra de tintes autobiográficos autopublicada en 1951. Nunca fue reeditada. Reproducimos el comienzo

Un grupo de soldados republicanos realiza ejercicios físicos en Carabanchel en junio de 1937 Ampliar foto
Un grupo de soldados republicanos realiza ejercicios físicos en Carabanchel en junio de 1937 EFE

Bajo el cielo cubierto, gris y frío, al pie de la extraña torre solitaria, la fila indisciplinada de los “­Inútiles totales” esperaba que pasasen lista y recoger el panecillo que un hombre colorado iba dando por una ventana del antiguo convento.

La mañana estaba fría y movida. Un cañoneo lejano fue acercándose y el horizonte pareció retemblar en un estampido constante. El suelo estaba fangoso y removido por los obuses que habían caído la víspera y, en la espera, los pies hormigueaban y se hacían sensibles. Al fin, llegó el teniente, apresurado, diciendo cuchufletas que en la fila fueron recibidas bien porque no era muy tarde.

—Quinta del cuarenta, ¡a cubrir!

Las manos se apoyaron en el hombro del que estaba delante y los brazos se estiraron, alargándose así al doble la cola absurda que no parecía de soldados. El teniente, que era fuerte y blanco, igual que una campesina holandesa, repasó con sus ojos la mezcla de hombres que le miraban atentos: la mano de un labriego atónito sujeta el hombro de un muchachito enano con gafas voluminosas; delante de él, un tuberculoso con cara cenicienta, un tullido con bufanda hasta los ojos… Sobre los demás, la cara pálida y fofa de un gordo fenomenal que pretende darse cuenta de todo con sus ojillos diminutos. En cada uno de esos hombres a medias, vestidos de cualquier manera, ahora contentos de no ir a la guerra, hay un recelo —acaso una vergüenza— en sus gestos bruscos y en sus exclamaciones.

Hace dos o tres años, el teniente no se hubiera detenido un solo momento en el aspecto triste de los “Inútiles”, pero la guerra le ha hecho rodar mucho y ver tantas cosas que se ha acostumbrado a mirar a los hombres con otra mirada de la que tenía cuando estaba en el taller. Entonces, le parecían todos, todos iguales, indiferentes, como si careciesen de sentimientos que en él mismo no advertía. Después de pasar años en el frente, hasta que fue herido, cada hombre o mujer, de aquellos que se encontraba en las retiradas, eran ya en todo igual a él, con la misma posibilidad de sufrir o de caerse rendidos sobre la tierra. Ahora se veía reflejado en cualquiera que le dirigiera la palabra y era un efecto como si se dividiese en muchos trozos, se fraccionase, y los demás fuesen él mismo. Solamente después de haber pasado por la guerra, podía quedarse contemplando la fila de los “Inútiles” casi con interés cuando antes tenía desprecio por todos los enfermos.

La fila se movió. Hablaban algo que no alcanzaba a oír. A lo largo de ella, trotaba un tipo anémico y alto que llevaba unas botas desmesuradas. Tenía gafas y eso le indispuso con los otros.

—¿Dónde has robado eso, chaval?

Pero él buscó el final de la cola y se unió a ella con la nariz encendida.

El teniente pasó lista. Algunos faltaban.

—Maldita sea… Esos…

Enfrente, las otras quintas iban entrando despacio por la puerta de la tapia arruinada para recoger el pan. El cañoneo arreció; hubo miradas de odio, desconfiadas, de cansancio, temor a que empezaran a caer obuses. Quietos, tendrían aún que esperar a que pasasen los otros reemplazos delante. La fila se rompió. Unos se sentaron en el borde de la acera; otros formaron un grupo alrededor de un loco que vivía por allí. Vestido con una guerrera destrozada y un gorro, andaba con ojos torvos y murmuraba:

—Soy un soldado, un soldado nada más.

Le hacían preguntas obscenas, se reían de él, pero no contestaba nunca e iba de un lado a otro buscando algo en el suelo.

—¡Qué tipo! —le dijo uno al de las botas de pocero, señalándoselo.

— Sí —contestó, distraído.

Delante de ellos un joven abotargado y obeso, con un largo gabán, hablaba con otros dos:

—Estudié mucha Historia Natural… Eso se me da bien. Verás, los peces se dividen…

—Yo también sé eso —exclamó un chico que llevaba una lechera al brazo.

Dibujo de Juan Eduardo Zúñiga para la primera edición de 'Inútiles totales'.
Dibujo de Juan Eduardo Zúñiga para la primera edición de 'Inútiles totales'.

Pero hubo un revuelo en el centro de la cola. Tres bromeaban a gritos y se pegaban jugando. Uno, vestido de soldado, con buena ropa, se burlaba de otro. Se formó un círculo presenciando los insultos y la cara rubia del muchacho que se pavoneaba delante de cincuenta prontos a reír. Buscaba las frases y casi las gritaba al otro, un hombre mayor que le miraba excitado.

El sol acabó por lucir entre las nubes y hacer brillar el casquete encarnado de la torre, en cuyo campanario abandonado anidaban unos pájaros negros y grandes.

Uno de los “Inútiles”, pequeño y enfermizo, lo contemplaba ensimismado. Se volvió al que tenía detrás, el de las botas de pocero, y le dijo:

—Es de estilo bizantino, ¿eh? —­co­- mo estando seguro de que el otro entendería. Este miró la torre, dudó y dijo:

—Sí, pero con elementos góticos. Es una fantasía —y tomó un aire distraído. De pronto bajó la mirada al que le preguntó y frunció las cejas.

—¿Cómo sabes tú eso? —y se le quedó mirando fijo. El joven delgadito hizo un gesto.

—He estudiado algo… soy aficionado al arte. Pero tú también parece que sabes… —Se contemplaron con simpatía, rodeados de un grupo que hablaba a voces. El que había hablado de estilo bizantino hizo una señal al que llevaba las botas.

—Aquí se cansa uno. Vamos ahí enfrente.

Comenzaron a charlar con cierta desconfianza, observándose, pero al cabo de un rato la sinceridad venció el recelo y se confiaban sus ambiciones y su manera de pensar

El otro accedió y se sentaron en el borde de la acera, al sol. Comenzaron a charlar con cierta desconfianza, observándose, pero al cabo de un rato la sinceridad venció el recelo y se confiaban sus ambiciones y su manera de pensar. Era la primera conversación y tenían prisa por conocerse y saber el uno del otro; se pedían parecer, se preguntaban, olvidaron la cola y la guerra, contentos de oír en boca de otra persona las palabras que estuvieron a punto de decir tantas veces. Resultaron de la misma edad, con iguales aficiones. Ambos tenían idéntico aspecto desmedrado y sucio, con ropa gastada y manos esqueléticas y oscurecidas que salían un gran trecho de las mangas y se movían con nerviosismo. Los de la cola miraban con gesto de burla cómo accionaban y se exaltaban interrumpiéndose en la conversación. Los dos muchachos no se apercibían de que llamaban la atención y que automáticamente se habían hecho antipáticos a toda la cola.

El de las botas preguntó al otro:

—¿Dónde vives tú?

El otro le contó que era hijo de un maestro y vivía en las afueras, pasado Vallecas.

—Bueno, te iré a ver un día.

—Vente esta tarde. Así continuaremos charlando —insistió el joven, que tenía una escasa barba crecida.

A la tarde le costó bastante a Cosme dar con la casita de su amigo. Cruzó descampados y bordeó huertecillos, cercados con maderas y alambres y latas clavadas de pie. A lo lejos oía los ruidos del frente que nunca cesaban a pesar de haber tranquilidad aquellos días. Gente miserablemente vestida pasaba cerca de él llevando sacos a la espalda. En las puertas de las casuchas que formaban el barrio había niños jugando y mujeres sentadas, cosiendo. Hacía sol, pero aquellas casas de una sola planta, con ventanucas colgadas de ropas, tenían una luz triste y desolada. Encontró la de su amigo porque lo vio a él en la puerta, esperándole. Se puso muy contento al verle y le hizo entrar en la casita, que debía tener sólo tres o cuatro habitaciones. Se notaba frío y humedad en la que le introdujo. Era la suya, y allí había libros amontonados por todos sitios y, en cambio, sólo una cama de hierro, una mesita y una banqueta. (…) En la lejanía se veían las sombras de grandes edificios, sin duda fábricas. Pero este aspecto desagradable no tuvo importancia para Cosme en cuanto vio que los libros allí reunidos eran los de su preferencia. Y sin más, empezaron a charlar sentados en la cama, con los pies sobre la banqueta. (…) En la casa no se oía ningún ruido; de vez en cuando el aire hacía sonar los cristales de la ventana y una ráfaga más fría les daba en la cara. Sin embargo, ellos no lo notaban.

El amigo de Cosme, que se llamaba Carlos, era un hombre delgadito y pequeño que hablaba mucho y con gran vehemencia, empleando palabras exactas y asombrando a Cosme con su cultura. El mismo ardor que ponía en lo que decía le obligaba a tartamudear; se inclinaba hacia delante, exaltado, queriendo trasmitir su emoción a la otra persona, y entornaba los ojos. Cosme comprendió enseguida que sería su amigo y que había encontrado un tipo poco corriente.

Le parecía que con aquella amistad perdía un poco de su equilibrio íntimo y, al tener un interés y un afecto por algo fuera de él, su propia vida disminuiría en importancia

Hablaron de muchas cosas con entusiasmo y estuvieron de acuerdo en casi todas. Luego Carlos le acompañó hasta el Metro y quedaron citados para el otro día en la cola de los “inútiles”.

La sensación que después tuvo Cosme era extraña. Le parecía que con aquella amistad perdía un poco de su equilibrio íntimo y, al tener un interés y un afecto por algo fuera de él, su propia vida disminuiría en importancia. Ya no pensaría tanto, o exclusivamente, en él y participaría de la existencia de un amigo. Sentía una gran alegría, y nuevas ideas y motivos de conversación brotaron en su mente.

Había conversado poco; estuvo siempre solo y retraído, mirándolo todo como un conejo desde la madriguera, y dio a la amistad un gran valor. Ahora se sentía contento y veía como aumentadas sus fuerzas. Como por ser alto se inclinaba algo hacia adelante, se diría al verle que soportaba el peso de una gran tragedia íntima. A pesar de lo cual era optimista y sus fantásticos proyectos no estaban en relación con su cuerpo anémico. Vivía para desear ardientemente propósitos que nunca había conseguido y que le hacían marchar con ilusión hacia el futuro.

Sentado con Carlos en su cuartito, le vino a la cabeza la idea de que estaba consiguiendo uno de sus sueños. La charla entusiasta sobre los libros conocidos, el ambiente pobre y sincero de la habitación, el nuevo amigo con quien congeniaba tanto le recordaron que infinitas veces lo había deseado. Y en el Metro, rodeado de gente desconocida, se convenció de que en la vida llega todo y, aunque tarde, es un triunfo el haber tenido la constancia de desearlo día tras día.

Próximamente el sello Cátedra recuperará en un volumen las novelas ‘Inútiles totales’ y ‘El coral y las aguas’ en edición de Luis Beltrán Almería y Ángeles Encinar.