Crítica | Ana y el apocalipsis
Crítica
Género de opinión que describe, elogia o censura, en todo o en parte, una obra cultural o de entretenimiento. Siempre debe escribirla un experto en la materia

Cantando en el fin del mundo

La película juega al maridaje de la comedia musical y el terror zombi

Imagen de 'Ana y el apocalipsis'.
Imagen de 'Ana y el apocalipsis'.

En los primeros minutos de Zombies Party (Una noche… de muerte) (2004), Edgar Wright hilvanaba una serie de imágenes de londinenses ensimismados en las pantallas de sus móviles o con la percepción amortiguada por los cascos de sus walkmans, imágenes que ponían sobre la mesa una constatación afilada: la diferencia entre el zombi y el ciudadano contemporáneo podría resultar inapreciable a simple vista. A continuación, el desencadenamiento de una crisis zombi pasaba en primera instancia inadvertida por sus personajes principales, siempre atendiendo otros asuntos (menores) mientras los informativos desgranaban imágenes apocalípticas a sus espaldas. Una vez establecidos los frágiles circuitos de empatía entre el espectador y los personajes de la pantalla, el heroísmo seguía sin hacer su aparición: el objetivo de su protagonista no era otro que el de reconciliarse con su novia y la catástrofe circundante no era más que la forma extrema de un mal día para un perdedor medio.

ANA Y EL APOCALIPSIS

Dirección: John McPhail.

Intérpretes: Ella Hunt, Malcolm Cumming, Sarah Swire, Ben Wiggins.

Género: comedia. Reino Unido, 2017.

Duración: 93 minutos.

La secuencia más afortunada de Ana y el Apocalipsis –trabajo que juega al maridaje de la comedia musical y el terror zombi- muestra a la protagonista, con los auriculares puestos, entonando una canción de exaltación emocional mientras la cámara sigue su recorrido y, a fondo de plano, los primeros signos de una plaga zombi se manifiestan sin que ella dé acuse de recibo. Es una clara herencia de la película de Wright y, por desgracia, el único momento en que este trabajo está a la altura de su premisa. En su segundo largometraje como director, John McPhail se nutre del espíritu de una representación de fin de curso para jugar al contrapunto entre todos los lugares comunes de una comedia de instituto y el imaginario asociado a terror zombi, utilizando el código de musical como punto de fricción al que solo se recurre con eficacia en esa escena.

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