Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra
REPORTAJE

Lo que ocultaba el bufón de Hassan II

El escritor marroquí Binebine novela la historia de su padre, que divertía al rey mientras su primogénito languidecía en prisión por atentar contra el monarca

Mahi Binebine, autor de ‘Yo, bufón del rey’, el jueves ante la Casa Árabe en Madrid.
Mahi Binebine, autor de ‘Yo, bufón del rey’, el jueves ante la Casa Árabe en Madrid.

Hay historias más poderosas que sus personajes, y la de la familia Binebine pertenece a ese género único, excepcional. El patriarca de la saga fue bufón del rey Hassan II, pero le siguió divirtiendo y riendo las gracias en los años de plomo,cuando el monarca marroquí envió a las mazmorras a su primogénito, Aziz Binebine, por participar en 1971 en el golpe de Estado que pretendía derrocarle. Y mientras Binebine padre seguía arrullando al monarca hasta que cogía el sueño con cuentos mil veces versionados, Binebine hijo iba languideciendo en la prisión secreta de Tazmamart, donde la oscuridad, las temperaturas extremas, el hambre, el silencio y la ausencia de horizonte temporal le fueron minando sin doblegarle del todo.

Aziz fue uno de los pocos supervivientes de esa represión ciega del dictador marroquí. Y su hermano pequeño, el conocido artista Mahi Binebine, ha novelado la historia de ese padre que entretenía al rey mientras no hacía reír precisamente a sus hijos, de los que renegó en público para mantener su posición. Yo, bufón del rey (Alfaguara) es la historia de ese drama sin dramatismos, porque Binebine ha elegido el humor y el tono de cuento oriental para dibujar su historia.

Mohamed Binebine, bufón del rey y padre del autor Mahi Binebine.
Mohamed Binebine, bufón del rey y padre del autor Mahi Binebine.

“Cuando mi hermano salió de la cárcel y le trajeron a casa, 18 años después, medía casi 50 centímetros menos, parecía partido en dos, era como un superviviente de un campo nazi, era un muerto en vida”, cuenta Binebine. “Los únicos cuatro que habían sobrevivido de su pabellón fueron los que no albergaban odio”.

En las primeras semanas, el hermano regresado reprodujo sus condiciones de vida en prisión: se tumbaba en el suelo en la habitación más escondida, en penumbra, y pasaba las horas en silencio, pero también cumplió las dos urgencias que se abrieron paso al ir recuperando la capacidad de vivir en libertad: la primera fue el abrazo de su madre, la única que había mantenido la fe ciega en que estaba vivo y que le guardaba comida cada día aunque no supiera nada de él. Y la segunda, la reconciliación con el padre. Su madre, entonces enferma de cáncer, vivió su regreso como un regalo antes de morir (falleció tres meses después). Su padre, que había formado otra familia, era asunto más difícil.

Pero tan libre de odio estaba el recién liberado que pidió a su hermano pequeño que le llevara a verle. “Yo no quería porque, para mí, mi padre era el que nos había abandonado, había renegado de nosotros, había roto el libro de familia en la televisión. Y sin embargo, mi hermano mayor estaba ahí diciéndome: ‘Llévame a verle’. Y le tuve que llevar. En cuanto ambos se vieron, padre cortesano e hijo golpista se abrazaron sin parar de llorar. “Descubrí que mi padre era un ser excepcional”.

Cuando el odio te domina, aprendió Binebine de su hermano, “sobre todo te destruye a ti, rara vez afecta a los demás”. Por ello, el pintor y escultor, cuya obra forma parte de la colección permanente del Guggenheim de Nueva York, decidió entregar póstumamente a su padre la voz narradora de su libro, para conseguir así ese aroma a Las mil y una noches, de múltiples cuentos dentro de un cuento. “Mi padre era un cuentista y por ello el libro tenía que ser como un cuento. El narrador es él, le dejé contar su versión”, ríe Binebine.

Así acaba una historia de un hermano moralmente engrandecido mientras menguaba de tamaño; de un padre bufón que no supo divertir a sus hijos; de un hermano pequeño que ha regalado a la literatura una amargura llena de ternura; de un daño tan extraordinario como el perdón que requirió; y de una saga de bufones donde ese patriarca trabajó para el rey y este hijo pequeño se dice “bufón de mis lectores”. Es, en última instancia, “un libro de reconciliación, de redención, de paz. Yo también estoy en paz”.

 

Se adhiere a los criterios de The Trust Project Más información >