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Reglas humanas, normas divinas

Es en el choque emocional, donde la película resulta más rotunda, incluso en su ambigüedad

El veredicto La ley del menor
Fionn Whitehead y Emma Thompson, en 'El veredicto (La ley del menor)'.

La preponderancia de un postulado teológico sobre el cuidado y la conservación de la vida de un ser humano menor de edad. La elección de un mal menor dentro del estrecho margen de la ley penal. La fina línea que separa a veces la pureza de la insensatez, el orgullo del disparate. La intromisión de las estrictas reglas morales en el terreno aún más riguroso de las normas legales, y viceversa. Separar la delicadeza de la profesionalidad, el sentido común del saber estar; cuándo utilizar la sutileza de la mano izquierda y cuándo la tenacidad de la mano derecha. El a veces imposible equilibrio entre las decisiones judiciales y sus consecuencias en el terreno de lo personal, lo emocional y lo moral.

EL VEREDICTO (LA LEY DEL MENOR)

Dirección: Richard Eyre.

Intérpretes: Emma Thompson, Stanley Tucci, Fionn Whitehead, Jason Watkins.

Género: drama. Reino Unido, 2017.

Duración: 105 minutos.

De todo esto habla El veredicto (La ley del menor), novela del prestigioso escritor británico Ian McEwan, que él mismo ha adaptado a la gran pantalla en una película dirigida por Richard Eyre. En un panorama cinematográfico como el actual, donde no es habitual esa acumulación de subtextos, esa altura de miras, esa ambición y tal madurez, su estreno es motivo de celebración, incluso con sus imperfecciones, que las tiene. Aún más cuando todavía está cercana la presencia en salas de En la playa de Chesil, otra notable novela de McEwan adaptada por él mismo, estrenada en junio, y de semejante trascendencia sobre el sentido de esenciales aspectos de la vida.

Una veterana jueza especializada en derecho de familia debe lidiar cada día con semejantes conflictos, pero el del chico de 17 años y muchos meses, de familia de Testigos de Jehová, que se niega a una transfusión de sangre que puede ser el principio de la curación de una leucemia, va a suponerle una angustia especial.

McEwan, en su novela, rodea a la magistrada de unas características personales que, sin embargo, quedan un tanto desdibujadas en su traslación al cine: dolor enquistado por la ausencia de maternidad, y cierta repulsión por la decadencia del cuerpo, del suyo y del de su marido. De modo que, aunque se mantenga con pulcritud y finura el paralelo descabalgamiento de su relación matrimonial, ciertas interioridades del personaje quedan un tanto descoloridas. Algo en lo que tampoco ayuda la ausencia de detalles formales en la puesta en escena de Eyre, influyente director teatral que nunca ha llegado a esas cotas en cine (Iris, Diario de un escándalo), con feos fundidos, fotografía desangelada y ausencia de gusto para el encuadre en el sustancial monólogo final de la mujer ante el marido.

“La religión de mis padres era un veneno y usted fue el antídoto”, escribió McEwan en su novela. Y es en ese aspecto, en el del choque emocional, donde la película resulta más rotunda, incluso en su ambigüedad. Ante conflictos de tal envergadura es imposible ser definitivo. Y esa indefinición es lo mejor de una película quizá imperfecta pero siempre seductora en sus misterios interiores.

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