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“El gran ‘boom’ de los jóvenes directores de orquesta ha pasado”

El director de orquesta español Gustavo Gimeno inicia el domingo su tercera gira española con la Filarmónica de Luxemburgo

El director de orquesta Gustavo Gimeno trabaja una partitura en el Teatro Colón de Buenos Aires, en 2016.
El director de orquesta Gustavo Gimeno trabaja una partitura en el Teatro Colón de Buenos Aires, en 2016.

El director de orquesta es un músico silencioso. Mark Wigglesworth acaba de utilizar este oxímoron para titular su libro en defensa de los directores (Faber & Faber). Nadie duda que sigue siendo la figura más relevante y mediática de la clásica. Pero también que, aparte de lo que vemos sobre un podio, dedica muchas más horas a trabajar en silencio, lápiz en mano, frente a un montón de pentagramas. “Tal es así que mi hija, cuando tenía cinco años, le dijo a un amigo que el oficio de su papá era estudiar”, ironiza sonriente Gustavo Gimeno (Valencia, 1976). El titular de la Orchestre philharmonique du Luxembourg, desde 2015, recibe a EL PAÍS cerca de su apartamento en el Gran Ducado dentro de un local de nombre más que atinado: Café Interview. Acaba de ser nombrado director principal de la Toronto Symphony Orchestra a partir de 2020 y el próximo domingo, 11 de noviembre, iniciará con Ibermúsica una nueva gira española junto a la Filarmónica luxemburguesa por San Sebastián, Madrid, Valencia y Oviedo.

“La Sinfónica de Toronto es una orquesta de gran cultura musical, pues suma casi 100 años de influencias vienesas, alemanas, checas y británicas. Entienden a la perfección cualquier detalle de estilo. Y, además, tocan de maravilla”, admite Gimeno. El valenciano no sólo unirá su nombre a otros directores españoles que han ocupado titularidades norteamericanas en orquestas importantes, como Enrique Jordá, Rafael Frühbeck de Burgos o Jesús López Cobos, sino también a figuras internacionales que han desempeñado el mismo puesto en Toronto, tales como Seiji Ozawa, Karel Ančerl o Andrew Davis. Pero no ha sido nada sencillo. “El proceso resulta exhaustivo y estresante, eso que allí llaman nerve-racking, pues han analizado con lupa todo tipo de cuestiones artísticas y personales”, reconoce el director valenciano.

Todo comenzó con su exitoso debut en Estados Unidos, en agosto de 2015, con obras de Beethoven y Dvorak, al frente de la Orquesta de Cleveland en Blossom. “Debí causar buena impresión a su director ejecutivo, Gary Hanson, que después de su jubilación tuvo una interinidad en la Sinfónica de Toronto”, puntualiza. Hanson siguió a Gimeno después en muchas de sus actuaciones con orquestas norteamericanas importantes. Pero fue su debut con la orquesta canadiense, en febrero pasado, lo que quizá inclinó la balanza. “Estaba preocupado por debutar allí con una obra tan expuesta como la Cuarta sinfonía, de Beethoven. Pero fue muy bien. En pocos minutos de ensayo me sentí fascinado con la orquesta y con su excelente concertino, Jonathan Crow”. Ya esperan allí su regreso, en junio próximo, para dirigir el Concierto para violín, de Sibelius, con Crow como solista, junto a El pájaro de fuego, de Stravinski. “Me siento cada vez más identificado e ilusionado con el proyecto”, confiesa.

Pero Gimeno compaginará su trabajo en Toronto con la Filarmónica de Luxemburgo, al menos hasta 2022. “Estoy cómodo aquí y la orquesta ha mejorado tanto a nivel musical, como en profundidad y repertorio. Creo que hemos alcanzado el Momentum”. Lo comprobamos en su reciente producción semiescénica de Rigoletto, de Verdi, en colaboración con el Théâtre des Champs Elysées parisino, pero también en sus recientes grabaciones de Mahler, Stravinski y Debussy para el sello Pentatone. E incluso con el incremento de sus giras internacionales que les llevarán próximamente hasta Sudamérica. Ahora inician su tercera tournée española en tres años con las sinfonías Cuarta de Mahler y Quinta de Chaikovski, junto con su primera colaboración con la violinista noruega Vilde Frang, que alternará el Concierto n° 1, de Bartók, con el de Beethoven. “Para mí la Cuarta, de Mahler, nos sumerge desde el principio en un mundo incierto. Y en Chaikovski admiro la extraordinaria precisión de sus partituras para plasmar esa emotividad que todo el mundo admira en su música”, asegura.

Pero nada de música española. “Creo que eso de que un director español tenga que dirigir música española es algo de otro tiempo. Yo dirijo obras de Manuel de Falla o Francisco Coll, por supuesto, pero mi repertorio es internacional y lo selecciono en función de mi conveniencia”, admite. Gimeno visitará esporádicamente España los próximos años. En mayo dirigirá la Novena, de Mahler, a la Orquestra de la Comunitat Valenciana y tiene planes futuros para dirigir ópera en el Liceu de Barcelona y el Teatro Real de Madrid.

Habla también de la situación de la dirección orquestal sometida a escándalos sexuales y ceses fulminantes, como el de Gatti al frente del Concertgebouw. “Es un cambio muy positivo, pues casos así habrían quedado hace años en algo interno sin consecuencias. Pero también me interesa que en estos tiempos, donde prima lo superficial y las redes sociales, las orquestas reivindiquen la profundidad musical”. Pone como ejemplo la llegada de Kirill Petrenko a la titularidad de la Filarmónica de Berlín. “Creo, incluso, que el gran boom de los directores jóvenes ha pasado. Y las orquestas vuelven a mirar a directores de mediana edad o de cierta madurez. Buscan alguien que les inspire”, concluye.

De Rattle a Jansons y Gimeno

Otra figura silenciosa de la Orchestre philharmonique du Luxembourg, pero también determinante, es su director ejecutivo, Stephan Gehmacher (Salzburgo, 1970). Un prestigioso gestor musical que ha trabajado con Simon Rattle en la Filarmónica de Berlín, con Mariss Jansons en la Radio de Baviera y ahora en Luxemburgo con Gimeno. “Me limito a ofrecer mi experiencia a Gustavo para desarrollar su trabajo”, asegura con refinada humildad. Pero confiesa además las diferencias entre los tres directores. “Simon es de los que sabe exactamente lo que quiere para negociar con la orquesta. Mariss es casi lo contrario, pues busca siempre el consenso de los músicos. Gustavo es muy abierto y cercano, aunque tiene muy claros sus objetivos. Cuatro horas con Mariss, se resuelven en veinte minutos con Simon, aunque Gustavo es mucho más juguetón. Con él nuestras reuniones son constantes, pero no pasan de tres minutos”, admite sonriendo.

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