Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

Robles de generosidad

Eduardo Arroyo fue el alma de los encuentros musicales en el valle leonés de Laciana que reunían a figuras de la cultura y el arte

El artista Eduardo Arroyo, en el Museo Lázaro Galdiano, de Madrid, en 2017, en una exposición con su colección de fotografías.
El artista Eduardo Arroyo, en el Museo Lázaro Galdiano, de Madrid, en 2017, en una exposición con su colección de fotografías.

El hombre que desarrolló su obra pictórica en París, aunque allí había llegado para crecer como escritor, que triunfó en Europa con su arte, regresó, a finales del siglo pasado "al paisaje, a  lo antiguo, al mundo mitológico", como él mismo dijo; volvió a la casona familiar en lo alto del pueblo de Robles de Laciana (León), al hogar en el que, de niño, se quedaba absorto mientras su abuela mataba las molestas moscas que zumbaban al calor de las vacas. Unas moscas que reprodujo muchas veces, años después, en enormes piezas, como parte de su vida y como alegoría de una España inquietante. Las moscas de Arroyo protagonizaron, por ejemplo, el estand de EL PAÍS en la última edición de Arco, celebrada el pasado febrero, y varias de ellas daban la bienvenida a quien se acercaba a su casa de Robles, pegadas en la pared.

El retorno de Arroyo al pueblo de sus ancestros influyó en su forma de pintar, él lo reconoció, y quizás para dar gracias a la tierra que tantas sensaciones, olores y colores le había transmitido, se embarcó en la organización, en 1997, de unos encuentros musicales junto a su amiga la excelente pianista Rosa Torres-Pardo. Poco a poco, los conciertos gratuitos de Robles se convirtieron en una esperada cita en la zona, el último fin de semana de julio, a la que acudieron músicos, artistas, escritores, amigos y las gentes del pueblo y de los valles cercanos. Cada año, el cartel que anunciaba los encuentros lo encargaba Arroyo a algún artista: Úrculo, el fotógrafo Jordi Socias o lo elaboraba él mismo.

Sin embargo, lo más significativo para los que, sin conocer al artista, acudían al jardín, entre nogales, de su casa y a la iglesia del pueblo a escuchar a cantantes y solistas, era la extraordinaria generosidad de Eduardo Arroyo. Se le notaba que disfrutaba teniendo a su alrededor gente que lo pasaba bien y se desvivía para que nadie se sintiese extraño.

Si en alguna ocasión el concierto al aire libre se suspendía por la lluvia, se refugiaba con los amigos en casa, pero no le importaba acoger también a cualquier vecino llegado para escuchar a Torres-Pardo al piano, o reírse con las divertidas actuaciones del tenor Enrique Viana, a la mezzosoprano Marina Pardo, o a entonces principiantes como la violinista Leticia Moreno o el violonchelista Adolfo Gutiérrez. Y si no caía agua, pero hacía frescacha, se veía a Arroyo pidiendo mantas para los invitados sentados en las sillas de madera.

Cuando acababa el recital del viernes, la generosidad de Arroyo se trasladaba al pequeño jardín de la casa rural La bolera, donde se servía abundante comida y bebida para todos los que por allí pasaban. Además, en los corrillos uno podía encontrarse con Rosa Montero, Jordi Socías, Almudena Grandes, Víctor Manuel, Ana Belén, Luis García Montero, Máximo Pradera...

A lo largo de las casi dos décadas en que se celebraron los encuentros, fueron muchos los momentos especiales en las actuaciones al aire libre o en la iglesia románica de San Julián. Como escuchar, a las puertas de este templo del siglo XI, a Torres-Pardo tocar el piano de cola mientras se escuchaban lejanos los cencerros de las vacas, en armonía, rodeados de verdes valles y en un pueblo en el que, era evidente, la presencia y empuje de Arroyo lo había transformado en uno de los más bonitos y cuidados de la zona, agradable para pasear y para tomarse unos frisuelos con chocolate. Aunque hace pocos años, hubo una actuación de las que no se pueden olvidar. En una iglesia abarrotada, porque afuera llovía fuerte, la cantaora onubense Rocío Márquez ofreció un concierto maravilloso, amplificado por la sonoridad de las paredes de la iglesia.

Solo la debilitada salud de Arroyo quebró la posibilidad de organizar los encuentros en los últimos tiempos, aunque él seguía apegado a esa tierra. En la última edición de Arco, volvió a mostrar su enorme generosidad ("vente a comer este verano, pero no me digas sí, sí... te vienes cuando quieras"). Ojalá sus numerosos amigos ideen una forma de continuar con los encuentros de Robles, que deberían llamarse, lógicamente, Encuentros Eduardo Arroyo.

Se adhiere a los criterios de The Trust Project Más información >