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OPINIÓN i

El largo viaje de Eduardo Arroyo

Las cruzadas del pintor han tenido poco que ver con la religión y mucho con la política y el arte

El pintor Eduardo Arroyo, el pasado 10 de septiembre.
El pintor Eduardo Arroyo, el pasado 10 de septiembre. EFE

El derrotero vital y artístico de Eduardo Arroyo, recordando el título de la primera novela de su gran amigo el escritor Jorge Semprún, se puede calificar también como el largo viaje. Entre andén y andén, entre París, Berlín, Roma, Robles de Laciana o Madrid, entre un estudio y otro, la vida de Arroyo era un constante ir y venir. Ni el paso de los años, con sus decepciones, ni los quebrantos de la salud le han impedido seguir viajando por España y Europa como el quijotesco personaje que pintó no hace más de un año de La vuelta de las cruzadas, delicioso pastiche del picador retratado por Zuloaga en su célebre La víctima de la fiesta. Las cruzadas de Arroyo han tenido poco que ver con la religión y mucho con la política y el arte. Cruzada contra la Cruzada del franquismo que le llevó al exilio. Cruzada, a contracorriente, para hacer progresar una vez más a la antigua disciplina de la pintura, o como decía Jean Hélion, que “el cuadro sea la prueba material de la exactitud de la idea”.

Arroyo es, sin duda, el artista español más internacional de su generación. Desde su juvenil escapada a París, en 1958, el mismo año que Oteiza culminaba su propósito experimental, hasta la gran exposición retrospectiva celebrada en la Fundación Maeght, en Saint-Paul-de-Vence, hace un año, nuestro polifacético artista, además de no bajarse del tren, no ha dejado de estar presente en los más exigentes escenarios del arte europeo. Compañero generacional, entre otros, de los pintores Luis Gordillo y Antonio López, pero también de Valerio Adami o David Hockney, ya no podríamos reconstruir la visión de España de los últimos cincuenta años sin su obra multidisciplinar, fundada en los albores revolucionarios del París del 68. Una visión, en cualquier caso, radicalmente crítica e irónica sobre la historia y la realidad, donde la propia condición del artista y sus orteguianas circunstancias, devienen pronto en principal argumento de su pintura, tan narrativa siempre y conceptual a veces.

Pastichista consumado, nunca dejo de iluminar metáforas sorprendentes sobre la pintura y los pintores, convertidos ahora en solitarios Robinsones, aguerridos boxeadores, cuando no en elegantes deshollinadores o toreros haciendo el paseíllo con sus cuerpos tachonados de pintura. Citaba sin descanso a sus escritores y pintores favoritos, ilustró el Ulises, de Joyce, copió La ronda de noche, de Rembrandt, a tamaño natural, reconstruyendo las partes perdidas, y escribió entre otros libros una biografía del boxeador Panama Al Brown y una personal guía del Museo del Prado titulada Al pie del cañón. Arroyo, quien, en un cuadro de mediados de los años sesenta, se retrató en los brazos de Velázquez, reconociendo una legítima paternidad artística, no ha dejado de estar, eso, al pie del cañón, esperando con escepticismo el merecido premio que recompensara su "vida y obra", la de una de las figuras más relevantes del arte y del pensamiento español y europeo de este último cambio de siglo.

Pero, además de resistírsele algún que otro reconocimiento, le han quedado otras muchas cosas pendientes, como el último gran cuadro sobre los héroes de la Revolución Soviética que empezó a pintar en Robles este verano, o el más quimérico deseo de ilustrar La comedia humana de su adorado Balzac. Lo cierto es que a este auténtico Cyrano, tan poeta como pendenciero, en su particular largo viaje no le faltaron nunca causas abiertas por las que seguir luchando, hasta hoy, que nos deja a los demás componiendo su última Vanitas. Gracias, Eduardo por dejarnos llevar las maletas.

Miguel Zugaza es director del Museo de Bellas Artes de Bilbao.

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